04 septiembre 2008

Joe Simpson (Touching the Void, 1988)

Tocando el vacío
Desnivel ediciones, 2005


Se puede encontrar en tiendas de montañismo.

Un libro fascinante, de esos que se leen en una noche, porque no lo puedes dejar de lado hasta terminar.

Simpson describe la travesía que hizo, junto a su compañero Simon Yates, para alcanzar la cara occidental del Siula Grande, en Los Andes peruanos, su accidente y la lucha por tratar de llegar con vida al campamento base.

Este libro está catalogado como una de las obras maestras del montañismo. Tiene el plus de que su autor es un escalador experimentado, que además escribe bien, y no es sólo un buen escritor que ve externamente la historia vivida por otros. Además, otro punto muy a favor es que su lectura se hace más objetiva cuando, en aquellos momentos de paroxismo absoluto, se tiene la visión de su compañero (Yates).

Algunos fragmentos:

Sólo nosotros y las montañas… La vida aquí parece mucho más simple y más real. Es fácil dejar que los acontecimientos y las emociones fluyan sin pararse a mirar…

Envidié esa actitud de Simon de tomar las cosas tal y como venían. Tenía la fuerza suficiente para encajar los acontecimientos por el lado bueno, y la libertad de espíritu para disfrutarlos sin andar rumiando dudas y preocupaciones. Era más fácil verle riendo que enfadado, burlándose de sus propias desgracias tanto como de las de los demás. Alto y de complexión fuerte, poseía la mayoría de las ventajas de la vida y pocos de sus inconvenientes. Era un buen amigo: fiable, sincero, siempre dispuesto a ver la vida como algo divertido. Tenía el pelo rubio, ojos muy azules y risueños, y ese toque de locura que hace tan especiales a tan pocas personas. Yo estaba contento de haber decidido venir aquí como un equipo de dos. No había mucha más gente con la cual hubiera podido convivir tanto tiempo. Simon era todo lo que yo no era, todo lo que a mi me hubiera gustado ser.

Cuando de nuevo miró al frente y vino hacia mí descubrí la tensión en su rostro. El día no había sido agradable ni divertido, y cuando llegó a mi lado el miedo fue contagioso. Nuestra alarma se expresó en parloteos de voces trémulas, rápidas cascadas de maldiciones y frases repetidas una y otra vez hasta que nos calmamos.

En aquel momento, acuclillado junto al hoyo del que acababa de salir, y tratando de recobrar el aliento, miré hacia atrás y quedé atónito al darme cuenta que, a través de la arista, podía ver el bostezo del abismo que se abría por debajo de ella.

No lloraba de dolor: me compadecía a mí mismo, puerilmente, y ante aquel pensamiento no podía evitar las lágrimas. La muerte me había parecido tan lejana, y sin embargo ahora todo estaba teñido de ella.

Me miró. Tal vez su mirada fue demasiado larga y dura, porque volvió el rostro con rapidez. No con la suficiente rapidez, no obstante: tuve tiempo de ver su cara fugazmente, pero en aquel instante supe lo que estaba pensando. Tenía un curioso aire de desapego. Me sentí acobardado al verlo, súbitamente me sentí extraño, muy distinto a él. Sus ojos estaban llenos de pensamientos. Pena. Pena y algo más: esa distancia que se concede a un animal herido al que no se puede ayudar. Simon había tratado de ocultarlo, pero yo lo vi, y retiré la vista lleno de miedo y preocupación.

Encantado y asombrado, sentí ganas de reír. En un pequeño intervalo de tiempo mi ánimo oscilo de la desesperación a un confuso optimismo, y la muerte pareció quedar relegada a una vaga posibilidad en lugar de un hecho inevitable.

Grité en la oscuridad y oí una voz lejana e ininteligible. No supe bien si había sido Simon o el eco de mi propio grito.

Cada vez que pensaba en la muerte, la suya o la mía, la idea llegaba desprovista de toda emoción, cuajada de realismo. Estaba demasiado cansado para preocuparme.

Las palabras se deshicieron en medio de la nieve y el viento, dirigidas a nadie en particular, con el furor estremecido de la amargura y el agravio. Palabras estúpidas, tan exentas de significado como el viento vacío y sibilante que me rodeaba. La cólera crecía en mí. Me reconfortaba, me agitaba, expulsando el frío en una diatriba de obscenidades y lágrimas de frustración.

El golpe me aturdió. Durante un lapso de tiempo el dolor desapareció. Mientras tanto mi cerebro navegaba mareado y enfermo, a medio camino entre la conciencia y el olvido.

Por encima de mí volaron luces brillantes, y la habitación comenzó a navegar ante mis ojos. Tenía que decir algo… Tenía que detenerles. La oscuridad se filtró bajo las luces y lentamente todos los sonidos se ahogaron en el silencio.

Karel Čapek (La guerra con las salamandras, 1936)

Vàlka s Mloky
Zig-Zag, 1944

Comentarios en:
http://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op00450.htm

Algunos fragmentos:

- ¿Dónde están las islas Gilbert?
- Resp: En Inglaterra. Inglaterra no se atará las manos en el continente. Inglaterra necesita diez mil aviones. Visiten la costa Sur de Inglaterra.
- ¿podríamos ver su lengua, Andy?
- Resp: Sí, señor. Limpien sus dientes con pasta Flit. Es económica, es la mejor; es inglesa. ¿Quiere tener un aliento agradable? Use pastillas Flit.
- Gracias, con eso basta. Y ahora díganos, Andy…
Etcétera. El acta de la conversación con Andrias Scheuchzeri constaba de dieciséis páginas cabales y se publicó en “The Natural Science”.

Poseían sus ciudades submarinas y subterráneas, sus metrópolis acuáticas, sus Essen y sus Birmingham en el fondo del mar, a una profundidad de veinte a treinta metros; tenían sus barrios de comunicaciones y aglomeraciones urbanas que ascendían a millones de individuos; en una palabra, tenían su mundo, más o menos desconocido para nosotros, pero, al parecer, técnicamente muy avanzado. No poseían, ciertamente, altos hornos ni fundiciones, pero los hombres les suministraban metales a cambio de su trabajo. No tenían explosivos, pero estos también se los vendían los hombres. Su carburante era el mar con su flujo y reflujo, con sus corrientes submarinas y diferencias de temperatura; las turbinas las recibían, claro está, de los hombres, pero supieron emplearlas; pues, ¿qué es la civilización sino la facultad de aprovechar cosas inventadas por otros?

Pocos años después de quedar establecidas las primeras colonias de molges en el Mar del Norte y el Báltico, comprobó el investigador alemán doctor Hans Thüring que la salamandra báltica mostraba – seguramente por la influencia del ambiente – ciertas diferencias morfológicas; parecía, entre otros síntomas, más rubia, andaba más erguida y su índice frenológico mostraba un cráneo más largo y estrecho que el de otras salamandras. Esta variedad recibió el nombre de SALAMANDRA NÓRDICA o SALAMANDRA SUPERIOR (Andrias Scheuchzeri var. Nobilis erecta Thüring).
Con este motivo también la prensa alemana comenzó a ocuparse fervorosamente de la salamandra báltica. Se recalcaba con particular énfasis que precisamente gracias a la influencia del ambiente alemán pudo este molge producir un tipo racial diferente y superior, que aventajaban sin discusión a todas las demás salamandras. Los diarios escribían con desdén acerca de los molges mediterráneos, degenerados física y moralmente; de las salvajes salamandras tropicales y, en general, acerca de los molges bajos, primitivos y bárbaros de otras naciones. De la salamandra gigante a la supersalamandra alemana, fue la alada consigna del día. ¿No era acaso la tierra alemana la protopatria de todas las salamandras de la época? ¿No está su cuna en Oeningen, donde el sabio alemán, doctor Juan Jacobo Scheuchzer había descubierto su magnífica huella ya en el mioceno? No puede existir duda alguna de que el primitivo Andrias Scheuchzeri haya nacido antes de las edades geológicas en la tierra germana; al dispersarse más tarde por otros mares y zonas, tuvo que expiarlo con el retroceso de su desarrollo y la degeneración; pero al establecerse de nuevo en la tierra de sus ancestros, vuelve otra vez a ser lo que fue: el noble molge nórdico Scheuchzer, el rubio, erguido y dolicocéfalo. Pues sólo en el suelo alemán pueden las salamandras volver a su tipo más puro y superior, tal como lo descubrió el gran Juan Jacobo Scheuchzer en la huella fósil de las canteras de Oeningen. Por eso necesita Alemania costas nuevas y más largas, necesita colonias, necesita los océanos, para que en todas partes, en las aguas territoriales alemanas, pueda desarrollarse la nueva generación de salamandras alemanas genuinas y racialmente puras. Necesitamos espacio vital para nuestras salamandras, escribían los periódicos alemanes; y para que el pueblo alemán no perdiese de vista este hecho, se erigió en Berlín un espléndido monumento a Juan Jacobo Scheuchzer. En él podía verse al gran doctor con un grueso libro en la mano; a sus pies descansaba, erguido, el noble molge nórdico mirando las inmensas costas del mar océano, perdidas en lontananza.

Después sólo se oyó el rumor oscuro e infinito de las aguas subiendo.

Libros recomendados anteriormente:

Septiembre 2008 / Touching the Void, 1988 - Joe Simpson
Agosto 2008 / La guerra con las salamandras, 1936 - Karel Čapek
Julio 2008 / El señor presidente, 1946 - Miguel Ángel Asturias
Junio 2008 / El jugador, 1866 - Fedor Dostoievski
Mayo 2008 / El sentimiento que te di - Alfonso Alcalde
Abril 2008 / Diario de un loco - Nicolás Gogol
Marzo 2008 / Amor a la vida - Jack London
Febrero 2008 / Hacedor de estrellas - Olaf Stapledon
Enero 2008 / La conjura de los necios, 1980 - John Kennedy Toole
Diciembre 2007 / El auriga Tristán Cardenilla y otros cuentos - Alfonso Alcalde
Noviembre 2007 / Poética del cine, 1995 - Raúl Ruiz
Octubre 2007 / Jane Eyre, 1847 - Charlotte Brontë
Septiembre 2007 / Pygmalion, 1917 - Bernard Shaw
Agosto 2007 / La imaginación al poder, 1968 - Daniel Cohn-Bendit / Jean-Paul Sartre / Herbert Marcuse
Julio 2007 / El señor de las moscas, 1954 - William Golding
Junio 2007 / La tierra permanece, 1949 - George R. Stewart
Mayo 2007 / Matadero cinco, 1969 - Kurt Vonnegut
Abril 2007 / El fin de la infancia, 1953 - Arthur C. Clarke
Marzo 2007 / Cuentos de amor, locura y muerte, 1918 - Horacio Quiroga
Febrero 2007 / Moby Dick or The Whale, 1851 - Herman Melville
Enero 2007 / Fahrenheit 451, 1953 - Ray Bradbury
Diciembre 2006 / El Guardián entre el Centeno, 1959 - Jerome David Salinger
Noviembre 2006 / Frankenstein o el moderno Prometeo, 1818 - Mary Shelley

Kurt Vonnegut (Dios le bendiga Mr. Rosewater o “echando margaritas a los puercos”, 1965)


(God bless you, Mr. Rosewater)
Ed. Bruguera, 1977

Acuñó una palabra nueva para la enfermedad de Silvia: “Samaritrofia”, que significaba, en su opinión: “indiferencia histérica ante el dolor de los que son menos afortunados que uno mismo”.

Entonces me propuse, como meta de mis tratamientos, mantener prisionera a la conciencia, pero alzar un poco la tapa de la mazmorra de modo que sus gritos se oyeran a penas, cosa que conseguí con algunas pruebas y errores, mediante la quimioterapia y el shock. No me sentí orgulloso, pues había transformado a una mujer muy profunda en un ser anodino, había bloqueado los ríos subterráneos que podían conectarla con los océanos Atlántico, Pacífico e Índico, dejándola muy satisfecha de ser una piscinita de un metro de largo por diez centímetros de profundidad, pintadita de azul y con agua purificada con cloro.

Nosotros no meamos en sus ceniceros.
Así que, por favor, no tire cigarrillos en nuestros retretes.

Una de sus obras favoritas de Kilgore Trout trataba únicamente de la ingratitud. Se titulaba “El primer Tribunal Federal de Gracias”, y era un tribunal ante el que se podía llevar a los que no se hubieran mostrado suficientemente agradecidos por algo que uno les había hecho. Si el acusado perdía el caso, el tribunal le daba a elegir entre dar las gracias al demandante en público o ir a prisión, incomunicado a pan y agua, durante un mes. Según Trout, el ochenta por ciento de los convictos elegían la celda.

Jack Kerouac (Los Subterráneos, 1958)



The Subterraneans
Ed. Anagrama, 2006


Los hombres son tan locos, desean la esencia, la mujer es la esencia, ahí la tienen directamente entre las manos, pero ellos se precipitan en todas direcciones erigiendo inmensas construcciones abstractas.

El sol suave, las flores y yo que me alejaba por la calle y pensaba: “por qué me habré permitido alguna vez aburrirme en el pasado?”, y como compensación me emborrachaba o tomaba esas cosas o me daban ataques o todas esas artimañas que usan las personas porque desean algo, cualquier cosa, salvo la serena comprensión de lo que realmente existe, que después de todo es tanto, y las cavilaciones provocadas por las odiosas convenciones sociales, las rabias, el hacerse mala sangre por los problemas sociales y por mi problema racial, todo eso importaba tan poco; aunque ahora podía sentir esa gran seguridad y el oro de la mañana terminaría alguna vez por desvanecerse, y ya había empezado a hacerlo; hubiera podido construir toda mi vida como esa mañana solamente sobre la base de la pura comprensión y el deseo de vivir y seguir adelante, dios, todo era la cosa más hermosa que jamás me había sucedido, a su manera; pero todo era también siniestro.

Heinrich Mann (El ángel azul, 1905)

(Professor Unrat)
Quimantú, 1973

- Señor profesor: yo no dije que olía a basura. Dije que Lohmann no paraba de decir…
- Cállese – tronó basura, tembloroso. Movió la cabeza de un lado a otro; logró serenarse, y continuó, con voz ahogada -: El destino se cierne sobre ustedes rozando sus cabezas. Pueden retirarse.
Los tres se fueron a almorzar; cada uno con su destino cerniéndose sobre su cabeza.
Parecía rejuvenecido. Con la corbata de través, varios botones desabrochados y el peinado revuelto, mostraba un aspecto inhabitual de hombre extraviado lejos del camino recto, vencedor en lamentables victorias, triste juguete de una pasión inconfesable.

"Este miserable lo sabe todo. Ahora doy media vuelta, voy a casa, subo al desván y apoyo el cañón de la escopeta contra mi pecho. Y abajo, en el salón, Dora canta al piano. Su canción sube hasta mí como una mariposa, y el polvillo dorado de sus alas brilla ante mis ojos hasta que la muerte los cierra… "

Hasta aquel día, hasta aquel terrible momento, había sido un trozo de su propia carne y, de repente, se desprendía de él, desgarrándolo. Basura veía sangrar la herida y no comprendía.

Y también porque Basura, viejo niño ingenuo, avivaba torpemente aquel sentimiento con sus continuas sospechas y porque la vida se negaba a ofrecerle a ella esa tranquilidad que tanto ansiaba.

Una cosa es indudable: que aquel que ha conseguido alcanzar las cúspides más luminosas, conoce también los más profundos e intrincados abismos.

Y esta desmoralización de toda una ciudad, que nadie podía impedir por ser muchos los que se hallaban complicados en ella, era obra de Basura y constituía su triunfo. La pasión que le dominaba en secreto, aquella pasión que su cuerpo reseco, sólo muy raras veces delataba con una mirada de venenoso brillo verde gris, desafiaba y se imponía a toda una ciudad. Basura era fuerte; podía ser feliz.

Aquella mujer había recibido de él, sin darse cuenta, lo mejor de su alma. Y ahora que estaba ya exhausto lo pretendía. Lohmann amaba las cosas por el eco que dejaban. El amor de las mujeres, sólo por la amarga soledad que le sucedía. Y la felicidad, todo lo más, por el anhelo angustiado que tras de sí dejaba.

En todo aquello prefería prescindir de Von Ertzum, el cual, al ver a Rosa, había empezado a manejar nerviosamente el sable, enronqueciendo de repente. Era muy capaz de volver a su pasión de antaño. Para él todo era presente. En cambio Lohmann, a solas con Rosa en la confitería, saboreaba únicamente el lejano regusto de las emociones pasadas.

Bayer, Osvaldo (Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia)


Galerna, 1970.

No es un delito sacrificar una fruslería de prejuicio y convencionalismo anarquista por un amor inmenso, más cuando en el amor grande e infinito está basada la anarquía misma.

Vivir en monotonía las horas mohosas de lo adocenado, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir la vida, es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa informe de carne y de huesos. A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita de la rebelión del brazo y de la mente.

08 julio 2008

Miguel Ángel Asturias (El señor presidente, 1946)



(Unidad Editorial, 1999)

- Pero eso, ¿cómo lo supo…? – murmuró el estudiante, mientras que el sacristán se enjugaba el llanto con la punta de los dedos, destripándose las lágrimas en los ojos.

¡Yo, que perdí los ojos en una borrachera sin saber cómo, la pierna derecha en otra borrachera sin saber cuándo, y la otra en otra borrachera, víctima de un automóvil, sin saber ónde!...

…Y todo él temblaba en su interior. Se tocó un pie con otro. Le comía la falta de clavo en la cruz en que estaba. “Los borrachos tienen no se qué de ahorcados cuando marchan – se dijo -, y los ahorcados no se qué de borrachos cuando patalean o los mueve el viento”

Lo arrebató sin demora de la claridad, apretujándolo contra sus senos pletóricos de leche. Quejábase de Dios en un lenguaje inarticulado de palabras amasadas con llanto; por ratitos se le paraba el corazón y, como un hipo agónico, lamento tras lamento, balbucía: ¡hij!… ¡hij!… ¡hij!… ¡hij!…

En el corazón del viejo Canales se desencadenaban los sentimientos que acompañan las tempestades del alma del hombre de bien en presencia de la injusticia. Le dolía su país como si se le hubiera podrido la sangre. Le dolía afuera y en la médula, en la raíz del pelo, bajo las uñas, entre los dientes.
La víspera le habían trasladado de la Segunda Sección de Policía a la Penitenciaría Central, con gran aparato de fuerza, en carruaje cerrado, a altas horas de la noche; sin embargo, tanto le alegró verse en la calle, oírse en la calle, sentirse en la calle, que por un momento creyó que lo llevaban a su casa: la palabra se le deshizo en la boca amarga, entre cosquilla y lágrima.

Abatido por la pena sentía que el cuerpo se le enfriaba. Impresión de lluvia y adormecimiento de los miembros, de enredo con fantasmas cercanos e invisibles en un espacio más amplio que la vida, en el que el aire está solo, sola la luz, sola la sombra, solas las cosas.
El médico rompía la ronda de sus pensamientos.

No pudo hablar. Blanca, como el pañuelo que rasgaba con los dientes, se quedó quieta, inerte, ausente, gesticulando con las manos perdidas en los dedos.
Después de todo, ya estando allí, se le hacía imposible que fusilaran a su marido, así como así; así, de una descarga, con balas, con armas, hombre como él, gente como él, con ojos, con boca, con manos, con pelo en la cabeza, con uñas en los dedos, con dientes en la boca, con lengua, con galillo… No era posible que lo fusilaran hombres así, gente con el mismo color de piel, con el mismo acento de voz, con la misma manera de ver, de oír, de acostarse, de levantarse, de amar, de lavarse la cara, de comer, de reír, de andar, con las mismas creencias y las mismas dudas…

Fedor Dostoievski (El jugador, 1866)


(Salvat, 1969)

Dostoievski es en buena medida el Alexei Ivánovich de la novela, un ruso pobre pero culto que deambula por el extranjero, atolondrado, incongruente, presa de una agitación febril que le hace perder las mejores oportunidades, que supedita su vida al azar de la ruleta, a un juego que anula su voluntad y al que apuesta todas sus esperanzas, su amor, su futuro. Pero la novela no se limita al estudio de un carácter, y la autobiografía se ensancha para describirnos, en una serie de tipos, una especie de infierno al que los mismos personajes se condenan voluntariamente, del que se resisten a salir, del que en realidad sólo salen, expulsados del casino y ya sin dinero – es decir, deshonrados -, para sentir el resto de sus vidas la nostalgia de aquellos momentos supremos de emoción y riesgo (prólogo).

¡Sí, en esos instantes uno olvida todas las desgracias anteriores! Porque esto lo había conseguido arriesgando más que la vida; me había atrevido a correr el riesgo y ¡de nuevo era hombre!

Vivo, claro, en una constante zozobra; juego muy poco y espero algo, hago cálculos, permanezco días enteros ante la mesa de juego y observo; el juego no me abandona ni en los sueños, pero me parece como si me hubiera insensibilizado, como si permaneciese hundido en una ciénaga.

Walter M. Miller Jr. (Cántico a San Leibowitz, 1959)


(Bruguera, 1972)

El aliento necesario para gritar sería mejor emplearlo en correr.

- Está bien – le interrumpió el sacerdote. Sólo una sombra de revulsión cruzó su vieja cara.

¡Simples! ¡Sí, sí! ¡Soy simple! ¿Eres simple? ¡Construiremos una ciudad y la llamaremos “Ciudad Simple” porque para entonces todos los bastardos inteligentes que causaron esto estarán muertos! ¡Simples! ¡Vamos! ¡Esto les servirá de lección! ¿Hay alguien aquí que no sea simple? ¡Si lo hay, coged al bastardo!

Para escapar de la ira de aquella multitud de simples, los hombres cultos que quedaban con vida huyeron a cualquiera de los santuarios que les ofrecían asilo. La Santa Iglesia los recibió, los vistió con hábitos monacales y trató de ocultarlos en tantos monasterios y conventos como habían sobrevivido y que podían ser habitados de nuevo, porque las religiones no eran muy despreciadas por la multitud a no ser que la desafiasen o aceptasen el martirio.
A veces el santuario era seguro, pero en general no resultó así. Los monasterios fueron invadidos, los archivos y libros sagrados quemados, los refugiados apresados y juzgados sumariamente y colgados o quemados. Al poco tiempo de iniciada, la Simplificación dejó de tener un plan o un propósito y se convirtió en un loco frenesí de crímenes en masa y destrucción, como suele ocurrir cuando los últimos restos de orden social desaparecen. La locura se transmitió a los niños, acostumbrados como estaban, no sólo a olvidar, sino a odiar, y oleadas de furia se reprodujeron esporádicamente hasta la cuarta generación después del Diluvio. Entonces, la ira se dirigió, no contra los sabios, pues ya no quedaba ninguno, sino contra los que sabían leer y escribir.

Su cometido no anunciado, y al principio sólo vagamente definido, era conservar la historia humana para los tataranietos de los nietos de los simples que querían destruirla… Sus miembros eran o bien “contrabandistas de libros” o “memorizadores”, según la tarea asignada. Los contrabandistas introducían clandestinamente libros al sudoeste y los enterraban allí en barriles. Los memorizadores se aprendían de memoria volúmenes enteros de historia, escrituras sagradas, literatura, ciencia, por si algún infortunado contrabandista de libros era apresado, torturado y obligado a delatar dónde estaban los barriles.

Puedes emplear el tiempo que te sobre en hacer duplicados de cualquiera de las copias que estén en malas condiciones. Si algo más se mezcla en el conjunto, procuraré no darme cuenta.

Aún el susurro de la propia respiración parecía ser suavemente devuelto por el eco de los distantes ábsides.

Porque la duda no implica negación. La duda es una poderosa herramienta que debería ser aplicada a la historia.

“¡Qué tonterías, viejo! – se reprendió a sí mismo -. Cuando estás cansado de vivir, los simples cambios te parecen malévolos, ¿no es así? Porque cualquier cambio estorba la paz letal del cansancio de la vida. Existe el diablo, claro que sí, pero no le carguemos con más de lo que su condenación merece. ¿Tan cansado estás de la vida, viejo fósil?”

….Si trata de guardar la sabiduría hasta que el mundo sea sabio, padre, el mundo nunca la tendrá.

Samuel R. Delany (La intersección de Einstein, 1967)


(Minotauro, 1973)

Estaba demasiado cansado para comer, demasiado hambriento para dormir. Junto con esta paradoja el sueño y la comida dejaron la categoría de placer, que era donde yo siempre los había puesto, y se transformaron en obligaciones, partes de ese trabajo loco en el que yo, parecía, estaba metido. Mojé el pan en el guiso, lo llevé a la boca, mordí, y me estremecí.

Perdí el aliento en alguna parte, y tardó mucho en volverme a los pulmones. Al fin me bajó rugiendo a la garganta, en boqueadas, y giró en torbellino dentro del pecho magullado. ¿Costillas rotas? Sólo dolor. Y un nuevo rugido cuando volví a respirar. Los ojos se me llenaron de lágrimas.


Mientras miraba comenzó a llover. A veces ocurren catástrofes dolorosas. Luego sigue algo pequeño, quizá agradable, y uno llora. Como la lluvia. Lloré.

No es que el amor yerre a veces, sino que es, por esencia, un error. Nos enamoramos cuando sobre otra persona nuestra imaginación proyecta inexistentes perfecciones. Un día la fantasmagoría se desvanece, y con ella muere el amor (Ortega y Gasset / Estudios sobre el amor).

- Oh, tengo un pequeño sitio donde se sientan los cansados, comen los hambrientos, beben los sedientos, y se entretienen los aburridos.

…Tienes que darle esta exacta importancia: es indefinible; te implica necesariamente; es maravilloso, terrible, profundo, inefable si quieres explicarlo; opaco si quieres ver a través; sin embargo te incita a viajar, decide tus puntos de escala y de partida, puede impulsarte con amor y odio,…

José Saramago (Casi un objeto, 1983)


Objecto Quase
Punto de Lectura, 2006

Silla
Embargo
Reflujo
Cosas
Centauro
Desquite

Embargo

Cuando sintió todo esto empezó a llorar bajito, con un gañido, miserablemente, y así estuvo hasta que un perro escuálido, llegado de la lluvia, fue a ladrarle, sin convicción, a la puerta del coche.

Cosas

Salió de la plaza por una calle larga con dos hileras de árboles que hacían más espesas las tinieblas. Por allí nadie le exigiría que mostrase la mano. Pasaba gente rápidamente, pero la rapidez no significaba que tuviesen dónde estar o supiesen adónde ir. Andar deprisa era apenas, en todos los sentidos, una fuga.

Una pequeña laguna luminosa cintila sobre la piel, se desliza muy lentamente hacia la boca, la calienta.

12 mayo 2008

Alfonso Alcalde (El Sentimiento que te di)

Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1972
Universidad Católica de Valparaíso


Relatos en esta edición: Un Vals del Adiós / El sentimiento que te di / Ternura sucesiva / Los dos únicos viudos / Cupido, Cupido, ¿qué hay detrás del muro? / La imagen categórica

Un Vals del Adiós

El perro ronda la novia; le cuenta la historia en colores cuando escaló el Himalaya. Por los gestos, pierna arriba, el que sabe sabe, ella como que barre y sale a mirar el mar, indiferente ante la sorpresa de la gaviota, sólo mueve la cola. Caminan del brazo, el letrero dice: “Hotel”, pide autorización para descender doscientos metros, cambio. Anotan sus nombres en el libro, entre los vidrios, ella deja su cartera en el velador, fumará, pedirá un trago fuerte, pueden sacarse la ropa a oscuras, pero en la arena es distinto. La gaviota no puede contener la risa, el esfuerzo del galán como si la estuviera estrangulando, la dificultad en el trabajo, algunos niños miran, no es de su incumbencia, el perro la zamarrea, le dan deseos de llevársela para su casa, saca la lengua jadeante, y otra vuelta, cambio, inútil resistencia, emperifollados, dale que dale como si no tuviera otra cosa que hacer, sobran las palabras, colige la gaviota.


No se le veían aún las alas, esa predisposición para levantar el vuelo, tomar carrera en el cabezal, calentar los motores, pedir el pase correspondiente a la torre de control, agitar las alas, encasquetarse el cuerpo de una gaviota y partir. Inclinarse dos veces a la izquierda en señal de despedida póstuma y luego enfilar la proa y dejar caer el lastre, todos los recuerdos, algunos olvidos imprescindibles y hundirse por fin casi en la oscuridad, doblar el timón para acercarnos al mar, rozar las olas y ser la misma espuma entre sus rúmulas como tremendas campanas que no conocen sosiego, sin permitir siquiera que el océano vaya a cambiar su volumen o bien de altura o bien de peso.

El sentimiento que te di

El caballo trató de resumir su tragedia: - Estoy en crisis – dijo.
- ¿En crisis? – corearon los hombrecitos. – Estai pidiendo por abajo, agregó el más experimentado, pero sin rencor.
- Pégate la explicada por lo menos, dijo el que sostenía la botella.
- Dejé de creer, afirmó el caballo con lentitud. Perdí la fe. ¿Me entienden?
- ¿Y pa qué querís las fe, cara de corneta?, si lo único que necesitai es ñeque pa empujar la carreta.


- ¿O queris que nosotros tiremos la carretela?
- Eso no, aclaró el caballo. Pero yo no trabajo y punto.
- ¿Y por qué no le dijiste eso mismo a tu antiguo dueño?, preguntó el más desmoralizado de los propietarios.
- Es que ese gallo era duro en entenderla; no quería entrar en razones. Y estaba metalizado. Si se lo pasaba contando las lucas de atrás pa adelante y de adelante pa atrás. Ustedes son otra cosa.
- Y por eso mismo abusai de nosotros que somos comprensistos. Pero aquí la cuestión es muy clara: o le ponís el hombro o te vai de charqui.


- Porque en esta cuestión, al que le toca le toca. Tú te juiste de caballo, nosotros nos juimos de hombre y otros nacieron de riel, de poste pa la luz.
- Y la mosca de mosca. ¿Tú creís que la mosca no ha pensado más de una vez en cambiar de ambiente, de ser a lo mejor matapiojo o sargento? Claro que lo tiene que haber pensado. Pero sigue siendo mosca y morirá de mosca y pa’ más recacha, le harán un entierro de mosca.

11 mayo 2008

Nicolás Gogol (Diario de un Loco)


Empresa Editora Nacional Quimantú Ltda., 1973
Post Golpe de Estado: Editorial Nacional Gabriela Mistral


Relatos en esta edición: El Abrigo / La Nariz / El carruaje / Por qué riñeron Ivan Ivanovich e Ivan Nikiforovich / Diario de un Loco

El Abrigo

El pobre joven se tapó la cara con las manos y más tarde se estremecía a menudo al conocer cuánta inhumanidad entrañaba el corazón humano, y cuánta dureza y brutalidad existían aún en los que habían recibido una educación esmerada y distinguida y, ¡Dios mío!, hasta en quienes por lo general pasaban por bondadosos y honorables.

Por qué riñeron Iván Ivanovich e Iván Nikiforovich

-¡Ya, ya!... – dijo con enojo Iván Nikiforovich, sin saber qué hacer y levantándose contra su costumbre - ¡Eh!... ¡Baba! ¡Muchacho!
Al oír estas palabras, por detrás de la puerta asomaron la flaca baba y el muchacho de pequeña estatura, envuelto en una larga y ancha levita.
-¡Coged por el brazo a Iván Ivanovich y sacadlo fuera!
-¡Cómo! ¿A un noble? – exclamó furioso y con gran dignidad Iván Ivanovich -. ¡Que se atrevan siquiera! ¡Que se atrevan! ¡Les haré polvo a ellos y a su estúpido señor! ¡Ni el cuervo siquiera sabrá dónde encontraros! – Iván Ivanovich hablaba muy fuerte cuando su alma padecía.

Dicho proceder despertó en Iván Ivanovich una cierta maldad y un deseo de venganza. No mostraba ningún disgusto, aunque, además de otras cosas, el corral ocupaba parte de su terreno; pero el corazón le latía tan fuerte, que le era muy difícil conservar la calma exterior. Así pasó el día. Llegó la noche y… ¡Oh! Si fuera yo pintor, con qué maestría sabría expresar todo el encanto de la noche. ¡Expresaría cómo duerme todo Mirgorod, cómo miran inmóviles sobre él las incalculables estrellas, cómo en el silencio se escucha el ladrido cercano y lejano de los perros, cómo por delante de ellos camina de prisa el sacristán enamorado y atraviesa la cerca con caballeresca valentía, cómo los blancos muros de las casas, bañados con la luz de la luna, parecen más blancos, y más oscuros los árboles que les dan sombra, y cómo ésta cae más negra sobre el suelo! ¡Cómo las flores y la dormida hierba se tornan más aromáticas, y los grillos (estos incansables caballeros de la noche) empiezan por todos los rincones su chirriante cantar! Yo hubiera expresado también cómo en una de estas casitas de arcilla se aparecen en sueños a una ciudadana de negras cejas y joven y palpitante pecho, dormida en un lecho solitario, un bigote y unas espuelas de húsar, mientras la luz de la luna ríe sobre sus mejillas. Yo hubiera expresado también cómo sobre el camino blanco pasa rauda la sombra negra de un murciélago que va a sentarse sobre las chimeneas blancas de las casas… Pero lo que sería difícil que yo pudiera expresar es cómo salió aquel día Iván Ivanovich con una sierra en la mano. ¡Cuántos sentimientos distintos se veían escritos en su rostro!
…Estaba ocupado de separar las más finas espinas y en depositarlas en un plato, cuando, sin querer, miró frente a sí. ¡Dios mío! ¡Qué extraño le pareció! Delante de él estaba sentado Iván Nikiforovich. En aquel mismo instante miró también Iván Nikiforovich.
¡No! ¡No puedo!... ¡Que me den otra pluma! ¡Esta es demasiado insípida y muerta para describir este cuadro!


Entonces el alcalde hizo una seña a Iván Ivanovich (no aquel Iván Ivanovich, sino el otro, el del ojo torcido), y éste se colocó detrás de Iván Nikiforovich, mientras el alcalde se colocaba detrás de Iván Ivanovich, empezando ambos a empujarles para obligarles a llegar el uno junto al otro y verse precisados a estrecharse las manos.

Diario de un Loco

Pero me está disgustando sumamente un acontecimiento que tendrá lugar mañana. Mañana, a las siete, se producirá un fenómeno terrible. La Tierra va a sentarse sobre la Luna. Acerca de esto ha escrito el célebre químico inglés Wellington. Confieso que sentí cómo mi corazón empezaba a latir de inquietud al pensar en la delicadeza y falta de resistencia de la Luna. Todos sabemos que la Luna se fabrica generalmente en Hamburgo, y, además, muy mal. Me sorprende cómo Inglaterra no presta atención a ello. La fabrica un tonelero cojo, y es evidente que el muy tonto no tiene el menos conocimiento de la Luna. Ha puesto una cuerda de alquitrán y el resto es de aceite de madera, y por eso huele tan mal por toda la Tierra, de tal forma que uno tiene que taparse las narices. Pero la Luna es un globo tan delicado, que es imposible que la gente viva allí, y ahora sólo viven las narices. Esta es la razón por la cual no podemos ver nuestras narices, ya que todas están en la Luna.

09 mayo 2008

Raymond Chandler (Peces de colores)


Bruguera, 1981
Goldfish

Peces de colores

Su falta de expresión me dijo que no estaba equivocado. Era uno de esos golpes de suerte que uno imagina en sueños, pero que ni siquiera en sueños se saben montar como es debido.

Tiroteo en el Club Cyrano

Malvern sonrió muy lentamente y puso sus billetes en la mano del hombre obeso.
- Usted lo guardará, Skeets. Yo soy Ted Malvern, hijo del Viejo Marcus Malvern. Sé disparar más de prisa de lo que usted puede correr… y arreglarlo después.

08 mayo 2008

R. F. Young - R. Bradbury – I. Asimov - R. Abernathy – A. Budrys (30 días tenía septiembre)


Selección cuentos de ciencia ficción
Quimantú 1973

Relatos en esta edición:
30 días tenía septiembre - Robert F. Young
El ruido del trueno – Ray Bradbury
Multivac – Isaac Asimov
La Sirena – Ray Bradbury
El año 2000 – Robert Abernathy
El distante rumor de los motores – Algis Budrys

La Sirena


- ¡Es imposible! – exclamé.
- No, Johnny, nosotros somos imposibles. El es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros.

18 marzo 2008

Jack London (Amor a la vida)


Ed. Akal, 1985


Relatos en esta edición: Amor a la vida / Diable, un perro / Una odisea del norte / Al hombre en camino / Hacer una hoguera


Algunos fragmentos:

El hombre sabía que las bayas no alimentaban, pero las mascaba pacientemente, con una esperanza que superaba al conocimiento y desafiaba a la experiencia.

Y entonces llegó Leclère el Negro, a posar su pesada mano sobre el pedazo de palpitante vida de cachorro, para apretarla, pincharla y moldearla hasta llegar a convertirla en una gran bestia erizada, experta en bellaquería, rebosante de odio, siniestra, malvada y diabólica. Con un amo apropiado el cachorro hubiera podido llegar a ser un perro de trineo bastante normal, eficiente. Nunca tuvo esa oportunidad, Leclère se limitó a confirmarle en su congénita iniquidad.

17 marzo 2008

Clifford D. Simak (El tiempo es lo más simple)



“Time is the simplest thing”
EDHASA, 1964 (Nebulae)

- La muerte como propósito – continuó Blaine -. La muerte es un proceso, una función que ha causado la evolución y el desarrollo de las especies, y la diferenciación de tales especies sobre mi planeta. Ello significa el término. Es como algo que borra todas las equivocaciones, disipa todos los errores, para dar lugar a nuevos comienzos…

- No me refería a eso – dijo Blaine -. Me refería al tiempo. Yo… quiero decir, nosotros dos… tenemos cierto control sobre el tiempo. Por dos veces me ha salvado la vida.
- Ahí lo tienes – dijo el Color de Rosa -. El conocimiento está en tu mente. Sólo tienes que hallarlo.
- Pero el tiempo…
- El tiempo – dijo la criatura – es la cosa más simple que hay. Yo te diré…

- Con Godfrey fue diferente. Fue algo que comprendió y reconoció demasiado bien. Era la bondad absoluta.
- ¡La bondad!
- Un mundo débil – añadió Harriet -, una clase especial de mundo fantástico, mortecino y feliz.
- La bondad – repitió nuevamente Blaine, dándole vueltas a la palabra como si quisiera captar su olor y su sabor.

Miguel Delibes (Los santos inocentes)

Seix Barral, 1985

¿y qué me dices de tu cuñado, Paco, ese retrasado, el de la granja? Tú me dijiste una vez que con el palomo podía dar juego, y Paco, el Bajo, ladeó la cabeza,
el Azarías es inocente, pero pruebe, mire, por probar nada se pierde,
volvió los ojos hacia la fila de casitas molineras, todas gemelas, con el emparrado sobre cada una de las puertas, y voceó,
¡Azarías!
y, al cabo de un rato, se personó el Azarías, el pantalón por las corvas, la sonrisa babeante, masticando la nada, …

16 marzo 2008

Ribeyro, Valdelomar, Alegría, Arguedas, Zavaleta, Vargas Llosa (Los Gallinazos sin plumas - Cuentos del Perú)

Minilibros, Ed. Quimantu, 1973

El Cristo Villenas
Carlos Zavaleta

- ¡Eso es! A ver… ¡ustedes! – nos llamó en voz alta -. ¡Pasen los que estén en la puerta! – Dudosos entramos al fin -. ¡Siéntense! – mandó, antes de añadir -: Y ahora, abran bien las orejas…
- Se volvió hacia el alumno a quien interrogaba:
- Repite lo que has dicho. ¿Quiénes fueron los padres de Cristo?
El muchacho no cabía en sí de gozo.
- San José y la Virgen María.
- Pero ¿fue hijo de Dios?
- Si, señor.
- ¿Dónde nació?
- En Belén.
- ¿Por qué murió?
- Por salvarnos a todos.
-Así es. ¿Y cómo murió?
- Quemado, señor.
Tras una pausa, el maestro se irguió.
-¿Qué dices…? ¿Tal vez cayó en un perol de chicha?
- No, señor.
- ¿No se llamaba Villenas?
- ¡Oh, no, señor!
- ¿Y entonces?
- Se quemó.
- ¿Y murió aquí en Sihuas?
- No, señor. Se quemó, se llenó de ampollas y murió cuando volvía de hacer un milagro. Volvía a caballo, señor.
El maestro quedó buen rato en silencio.- Vete… - le dijo.

05 febrero 2008

Olaf Stapledon (Hacedor de estrellas)

Starmaker
Minotauro, 1937




Una noche de amargura y desengaño, un hombre contempla el firmamento desde lo alto de una colina. De pronto se ve inmerso en una suerte de viaje astral que lo traslada por toda la galaxia, de la que explorará el nacimiento y el ocaso, con la meta última de comprender la naturaleza de la fuerza primigenia, el enigmático «hacedor de estrellas».


Stapledon abre un gran angular cuyo protagonista es la inmensidad del tiempo y del espacio, invitándonos a una auténtica aventura existencial. Entre la cosmogonía y la fábula científica, ésta es, en palabras de Borges, una «novela prodigiosa» que ha merecido un lugar privilegiado entre los clásicos de la ciencia ficción.


«Probablemente, la más poderosa obra de la imaginación de todos los tiempos.»Arthur C. Clarke


«Un creador de mitos único (...) Una obra absolutamente impar por el brillo intelectual, la dimensión imaginativa y la dignidad trágica.»Basil Davenport


«Una de las imaginaciones más profundas y extrañas de nuestra época, quizá la más profunda y quizá la más extraña.» Howard Spring


Otros libros tremendamente recomendados de este autor son: Juan Raro y Sirio


Un extracto del libro "Ciencia Ficción, las 100 Mejores Novelas" de David Pringle:


Durante mucho tiempo, la ciencia ficción careció de una identidad clara­mente definida. En Gran Bretaña, algunos novelistas escribieron historias que prolongaban la tradición wellsiana. Tal vez el más co­nocido de ellos sea Aldous Huxley, aunque Olaf Stapledon, autor de La última y la primera humanidad (1930) y Hacedor de estrellas (1937), tiene fama de haber sido el más importante de todos. Staple­don no bautizó a sus libros como de «ciencia ficción» –término cuya invención se supone que tuvo lugar en los Estados Unidos en 1929–, pero no cabe duda de que la tarea que se impuso fue la de iluminar, en forma de ficción, las perspectivas de la ciencia mo­derna. «Escribir novelas sobre el futuro lejano», decía en el prefacio de su primera novela,
...es intentar contemplar a la raza humana en su medio cósmico, y abrir nuestros corazones a nuevos valores.
Pero para que esa construcción imaginaria de futuros posibles sea poderosa, nuestra imaginación ha de estar sujeta a la más rigu­rosa disciplina. No hemos de trasponer los límites de la cultura par­ticular en que vivimos. Lo meramente Fantástico sólo tiene un poder menor. No es que debamos buscar la profecía... Únicamente pode­mos seleccionar una hebra, de toda una maraña de posibilidades igualmente válidas. Pero tenemos que seleccionarla con una finali­dad. La actividad a que nos lanzamos no es ciencia, sino arte...
Sin embargo, nuestro objetivo no consiste pura y simplemente en crear una ficción admirable desde el punto de vista estético. No se trata de crear ni historia ni ficción solamente, sino un mito. Un mito verdadero es aquel que, en el marco de una cierta cultura (viva o muerta), expresa de manera sublime, y a veces de un modo trá­gico, las creencias más importantes de esa cultura.

04 febrero 2008

Jorge Luis Borges (El Aleph, 1949)


(Ercilla, 1984)

El inmortal

Pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo; consideré la posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales y de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa.

Emma Zunz

El 14 de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida.

El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos.

Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.

La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsos las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.

El Zahir

Insomne, poseído, casi feliz, pensé que nada hay menos material que el dinero, ya que cualquier moneda es, en rigor, un repertorio de futuros posibles.

El Aleph

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación.

03 febrero 2008

Ray Loriga (Tokio ya no nos quiere, 1999)


Tokyo Doesn't Love Us Anymore
Plaza y Janés, 1999

Cientos de niños encontrados en los prostíbulos de la costa a los que se les quemaba la memoria a diario para mantener la inocencia sexual que requerían los exquisitos turistas sexuales europeos.

Mirar cómo se corre una mujer es como mirar un tren eléctrico, no hay nada que hacer, pero es divertido.

Borracho por el licor de arroz. Animado por la vergonzosa alegría con que un soldado vivo le quita un reloj de oro a un soldado muerto, veo avanzar un futuro mejor, cimentado en esta vuelta afortunada en la espiral de mi propia desgracia.

Ahora tengo dinero en el bolsillo. Ahora tengo una maleta con química suficiente para hacer mucho más. Ahora puedo vivir los días, uno tras otro, y olvidarlos, uno tras otro, para que no estorben. Ahora sé que mañana, pase lo que pase, no habrá pasado nada.

Por cierto, no he venido aquí a vender nada, he venido porque un cliente agradecido, un joven industrial chino, me ha invitado y porque últimamente me dejo llevar como las cenizas de un muerto dentro de un tarro.

Nada de agujas, por favor, odio las agujas. Soy un drogadicto cobarde. Capaz de cualquier daño definitivo, pero temeroso de cualquier daño intermedio.

El médico me dice que a eso le llaman el efecto Zeigarnik. El médico me dice que los sujetos de la experiencia Zeigarnik debían efectuar una serie de 18 1 21 tareas sucesivas de naturaleza diversa; enigmas, problemas de aritmética, tareas manuales y que la mitad de estas tareas eran interrumpidas antes de que los sujetos tuvieran oportunidad de terminarlas y que eran precisamente las tareas interrumpidas las que los sujetos evocaban después con más fuerza, mientras que las demás se perdían a menudo sin dejar huella en la memoria. El médico dice que el efecto Zeigarnik se centra en las motivaciones de terminación. El médico dice que la evocación de las tareas interrumpidas es sin ninguna duda mejor que la de las tareas terminadas.
El médico dice que las tensiones residuales favorecen la retención.
El médico no lo sabe, pero ahora parece seguro que es por culpa del efecto Zeigarnik por lo que, a pesar de todo, aún recuerdo tu nombre.

¿Qué he olvidado?
Todas las oraciones, el nombre de mis padres, la sombra de los árboles junto a la valla de mi colegio, el mundial de fútbol del 78, si he ido alguna vez en barco, las heridas de bala, si las ha habido, los hijos, si los hay, sus caras, las caras de un millón de mujeres, por alguna extraña razón no demasiadas películas, pero desde luego algunas, números, puede que algún idioma, mañanas, tardes, noches, el sabor de muchas cosas y también el color de muchas cosas, cientos de canciones, cientos de libros, favores, deudas, promesas, direcciones, amenazas, calles, playas, puertos, ciudades enteras, he olvidado Berlín y he olvidado Roma, por supuesto no he olvidado Tokio, he olvidado el día de ayer, completamente, como olvidaré el de hoy y después el de mañana.


Estoy mirando pasar esta pena como un idiota mira pasar una oportunidad, sin ninguna intención de alcanzarla.

Las horas de niño son eternas. Las horas de hombre, en cambio, caen del cielo como la lluvia y no hay nada que pueda uno hacer para detenerlas. Las horas de viejo son aún más rápidas, te atraviesan a la velocidad de la luz. Se va un día en un pestañeo. Lo que hace un segundo era importante ahora resulta ridículo.

02 febrero 2008

John Kennedy Toole (La conjura de los necios, 1980)

A confederacy of dunces
Anagrama, 1992


… el nuevo destino de Pedro Labrador sería muerte, destrucción, anarquía, progreso, ambición y auto-superación. Iba a ser un destino malévolo: ahora se enfrentaba a la perversión de tener que IR A TRABAJAR.

El doctor Talc tenía fama como conferenciante por su ingenio ágil y sarcástico y por sus generalizaciones fácilmente digeribles, que le hacían popular entre las estudiantes y le ayudaban a ocultar su falta de conocimiento de casi todo en general y de la historia inglesa en particular.

—¿Qué pasa, amigo? ¿No habíamos quedado que estaría una hora entera?
—Somos los dos afortunados por el hecho de que haya podido regresar siquiera. Sepa que han atacado de nuevo.
—¿Quién?
—El sindicato del crimen. Dios sabe quiénes son. Mire mis manos —Ignatius plantó sus dos manazas delante de la cara del viejo—. Todo mi sistema nervioso está a punto de rebelarse contra mí por someterlo a este trauma. Si caigo de pronto en una crisis nerviosa no se extrañe.
—¿Qué demonios pasó?
—Un miembro del inmenso hampa juvenil me acorraló en la Calle Carondelet.
—¿Le robó a usted? —preguntó nervioso el viejo. —Brutalmente. Me colocó en las sienes una pistola grande y oxidada. En realidad, me la aplicó directamente sobre un punto vital, impidiendo que la sangre me circulara por el lado izquierdo de la cabeza durante un buen rato.
—¿En la Calle Carondelet a esta hora del día? ¿Y no intervino nadie?
—Por supuesto que no. La gente alienta a los delincuentes en estos casos. Quizás experimente una especie de placer ante el espectáculo de un pobre y afanoso vendedor al que se humilla públicamente. Quizá quisiesen respetar el espíritu de iniciativa del muchacho.
—¿Y qué aspecto tenía?
—El de miles de jóvenes. Granos, tupé, adenoides, el equipaje adolescente standard. Quizá tuviera alguna marca de nacimiento o una rodilla débil. La verdad es que no puedo acordarme. Cuando me incrustó la pistola en la cabeza, me desmayé por falta de riego en el cerebro y por el miedo. Mientras estaba allí tumbado en la acera, parece ser que saqueó el carro.
—¿Cuánto dinero se llevó?
—¿Dinero? No robó dinero. En realidad, no había dinero que robar, pues no había conseguido vender ni uno de esos manjares siquiera. Robó las salchichas.
»En fin, al parecer, no se las llevó todas. Cuando recobré el conocimiento, examiné el carro. Aún quedan una o dos, creo.
—Nunca oí nada parecido.
—Quizá tuviera mucha hambre. Quizás alguna deficiencia vitamínica de su organismo en desarrollo necesitase urgentemente una compensación. El deseo humano de alimento y de sexo es relativamente similar. Si hay violaciones a mano armada, ¿por qué no habría de haber robos de salchichas a mano armada? No veo nada insólito en el asunto.
—Todo eso es un cuento.
—¿Un cuento? El incidente es sociológicamente válido. La culpa la tiene nuestra sociedad. Los jóvenes, enloquecidos por sugestivos programas de televisión y publicaciones lascivas se han dedicado, al parecer, a asociarse con ciertas adolescentes más bien convencionales que se niegan a participar en sus imaginativos programas sexuales. Sus deseos físicos insatisfechos han de buscar, en consecuencia, una sublimación en la comida. Yo, por desgracia, fui la víctima de todo esto. Podemos dar gracias a Dios de que el muchacho haya recurrido a la comida como vía de desahogo. Si no, podría haberme violado allí mismo en plena calle.

Ignatius cojeó alrededor del señor Clyde para demostrarlo, arrastrando las botas por el aceitoso cemento.
—Pare ya de una vez, gordinflón. No está usted tullido ni inválido.
—Aún no del todo. Pero hay varios huesecillos y ligamentos que empiezan a alzar la bandera blanca de la rendición. Mis aparatos físicos parecen disponerse a declarar una especie de tregua. El aparato digestivo ha dejado de funcionar casi completamente. Es muy posible que haya empezado a formarse un tejido sobre mi válvula pilórica, cerrándola para siempre.


Nota sanitaria: Asombroso aumento de peso, debido sin duda a la angustia que me causa la creciente hostilidad de mi madre querida. Es un axioma de la naturaleza humana el que la gente aprende a odiar a los que la ayudan. Así, mi madre se ha vuelto contra mí.

—Mi personalidad tiene muchas facetas.
—Me asombras —el joven miró detenidamente el atuendo de Ignatius—. Pensar que te dejan andar suelto por ahí. En cierto modo, te respeto.
—Muchísimas gracias —el tono de Ignatius era suave, complacido—. La mayoría de los necios no entienden mi visión del mundo en absoluto.
—Me lo imagino, me lo imagino.
—Sospecho que bajo tu fachada ofensiva y vulgarmente afeminada, puede haber una especie de alma. ¿Has leído suficientemente a Boecio?
—¿A quién? Oh, Dios mío, no. Yo no leo siquiera los periódicos.
—Entonces, debes iniciar inmediatamente un programa de lecturas, para que puedas llegar a comprender las crisis de nuestra época —dijo solemnemente Ignatius—. Empezaremos con los últimos romanos, incluido Boecio, claro. Luego, profundizaremos extensamente en la Alta Edad Media. Podrás dejar a un lado el Renacimiento y la Ilustración. Todo eso es más que nada propaganda peligrosa. Ahora que lo pienso, será mejor que te saltes también a los románticos y a los Victorianos. En cuanto al período contemporáneo, deberías estudiar algunos cómics seleccionados.
—Eres fantástico.
—Te recomiendo especialmente Batman, porque tiende a trascender la sociedad abismal en que se encuentra. Su moral es bastante rigurosa, además. Le respeto muchísimo.


La naturaleza hace a veces un tonto; pero un fanfarrón siempre es obra del hombre (Addison).

Ahora que estaba ya en la calle, tenía un problema. La comedia refinada se estrenaba precisamente este día en el RKO Orpheum. Había logrado sacarle a su madre doce centavos para el transporte de vuelta a casa, aunque hasta eso le había regateado. Tenía que vender, fuese como fuese, y deprisa, cinco o seis bocadillos, aparcar el carro en algún sitio y entrar en aquel cine para que sus incrédulos ojos bebieran cada blasfemo instante tecnicoloreado.

—¿Cómo ha acabao un blanco como tú, que habla tan bien, vendiendo salchichas, dime?
—Echa el humo para otro lado, por favor. Mi sistema respiratorio no funciona, por desgracia, a pleno rendimiento. Sospecho que eso se debe a que la concepción fue particularmente débil por parte de mi padre. Debió emitir el esperma de forma un tanto descuidada.
Esto es una suerte, pensaba Jones. El tipo gordo había caído del cielo justo cuando más le necesitaba.
—Tú estás chiflao, hombre. Tendrías que conseguirte un buen trabajo, un Buick grande, toa esa mierda. ¡Juá! Aire acondicionao, tele en coló...