10 marzo 2012

Cuento para bajar:

El breve retorno de Florence este otoño - Bryce Echenique bajar

Libros para bajar:

Bartleby - Hermann Melville bajar
El destino de un hombre - Mijail Sholojov bajar
Mashenka - Vladimir Nabokov bajar
El fin de la infancia - Arthur C. Clarke bajar
Frankenstein - Mary W. Shelley bajar
Hacedor de estrellas - Olaf Stapledon bajar
Más que humano – Theodore Sturgeon bajar
La tregua – Mario Benedetti bajar
A sangre fría – Truman Capote bajar
La madre – Maximo Gorki bajar
Hambre – Knut Hamsun bajar
La insoportable levedad del ser – Milan Kundera bajar
Cuentos de amor, locura y muerte – Horacio Quiroga bajar

Para que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia.

Octavio Paz

Crónicas bastante extrañas



Jorge Álvarez Editor, 1965

Mario Vargas Llosa, Charles Chaplin, Mario Benedetti, Paul Bowles, Calvert Casey, César Fernández Moreno, Luis Guillermo Piazza y Ambrose Bierce.

Acapulco (Luis Guillermo Piazza)

Fragmento

“Aquí hay peleas de grillos y éste es una maravilla, fuerte y nervioso. Miren: la cabeza verde y las alas doradas, señal de muy buena clase. Ninguno lo puede vencer. Al mediodía, tiene que estar el sol derechito sobre las cabezas, lo verán pelear.” Puso al bicho entre su pelo el negro, y comenzó a dar grandes alaridos y a patear las palmeras. El grillo también saltaba y cantaba en la cabeza. “Esto es muy bueno para empezar la mañana si no, sigue rabioso y las gentes se dan cuenta. Las gentes son según la cara que uno pone. Y ahora… a comer.” Cayó un montón de plátanos cuando levantó la camiseta a rayas. Se trepó a una palmera y tiró tres cocos que casi cayeron sobre Juan y el Doctor Cárdenas, “para chupar el jugo nada más, lo otro, lo blanco, da diarrea y hace perder el juicio…” Mientras les hacía agujeros aclaró: “a unos amigos, apenas habían comido, se les aparecieron fantasmas espantosos que dieron noticias de cosas por venir…”

“Me siento triste”, dijo el Doctor Cárdenas y también Juan.
“Por qué”, dijo el Brasileño no en tono de pregunta.
“No sé.” “No sé.”
“Bueno, hay que dividir el tiempo… Como estamos tristes ahora vamos a estar alegres por la tarde. Si les parece, podemos estar tristes de nuevo a la noche.”

“Sigo triste”, dijo Juan.
“Yo también – dijo el Doctor Cárdenas -, lo que hay que hacer es querer a alguien.”
“Sí… podemos pensar, mirar a las personas que pasan y ver si podemos querer a alguna.”
“No es fácil”, dijo Juan.
“Ya lo sé. Pero no tenemos otra cosa que hacer.”
Las gentes que pasaban no se dejaban querer, iban muy distraídas.

Ritmo (Charles Chaplin)

texto completo

"Una historia de hombres, en un movimiento macabro. "

Tan sólo el alba se movía en la quietud de aquel pequeño patio de la prisión española -un alba anunciadora de muerte- mientras aquel joven gubernamental se erguía frente a un piquete de Ejecución. Los preliminares habían terminado. El grupito de las autoridades se había situado a un lado para asistir a la ejecución y ahora la escena se cuajaba en un penoso silencio.
Desde el primero hasta el último, los rebeldes habían conservado la esperanza de que su Estado Mayor enviaría la orden para sobreseer la ejecución. Pues el condenado era adversario de su causa, pero había sido popular en España. Era un brillante escritor humorístico que había sabido regocijar ampliamente a sus compatriotas.
El oficial que mandaba el piquete de ejecución lo conocía personalmente. Eran amigos antes de la guerra civil. Juntos habían obtenido sus títulos en la universidad de Madrid. Juntos habían luchado para derribar la monarquía y el poder de la iglesia. Juntos hablan bebido, habían pasado noches enteras en las mesas de los cafés, reído, bromeado y dedicado largas veladas a discusiones de orden metafísico. De cuando en cuando, se habían peleado por culpa de los diversos modos de gobierno. Sus divergencias de criterio eran entonces amistosas; pero por fin, habían provocado la desdicha y el trastorno de toda España.
Y habían llevado a su amigo ante un piquete de ejecución.
Pero ¿para qué evocar el pasado? ¿Para qué razonar? Desde la guerra civil, ¿para que servía el razonamiento? En el silencio del patio de la cárcel Todas aquellas preguntas se agolpaban, febriles, en la mente del oficial. No. Había que hacer tabla rasa del pasado. Sólo contaba el porvenir. ¿El porvenir? Un mundo que le privaría de muchos antiguos amigos.
Aquella mañana era la primera vez que habían vuelto a encontrarse desde la guerra. No habían dicho nada. Habían cambiado solamente una sonrisa mientras se preparaban a entrar en el patio de la prisión.
El trágico alborear dibujaba unas rayas plateadas y rojas en el muro de la cárcel y todo respiraba una quietud, un descanso cuyo ritmo se unía al sosiego del patio, un ritmo de latidos silenciosos como los de un corazón. En aquel silencio, la voz del oficial que mandaba el pelotón retumbó contra los muros de la cárcel: "¡Firmes!".
Al oír esta orden, seis subordinados apretaron sus fusiles y se irguieron: la unidad de su movimiento fue seguida de una pausa en cuyo transcurso hubiera debido darse la segunda orden.
Pero algo sucedió durante aquel intervalo, algo que vino a quebrar aquel ritmo. El condenado tosió, se aclaró la garganta, y aquella interrupción trastocó el encadenarse de los acontecimientos.
El oficial se volvió hacia el prisionero. Espera oírle hablar. Pero ni una palabra vino de él. Entonces, volviéndose de nuevo hacia sus hombres se dispuso a dar la orden siguiente. Pero una repentina rebeldía se adueño de su espíritu. Una amnesia psíquica que convirtió su cerebro en un espacio vacío. Aturdido, permaneció mudo ante sus hombres. ¿Qué sucedía? Aquella escena del patio de la cárcel no significaba nada. No vio ya, objetivamente, más que un hombre, de espaldas contra el muro, frente a otros seis hombres. Y aquellos otros de allí al lado, ¡qué aire tan estúpido tenían y como se parecían a unos relojes cuyo tic-tac se hubiera detenido de repente! Nadie se movía. Nada tenía sentido. Había allí algo anormal. Todo aquello no era más que un sueño y el oficial debía evadirse de él.
Oscuramente le volvió poco a poco la memoria. ¿Desde cuándo estaba él allí? ¿Que había sucedido? ¡Ah, sí! Él había dado una orden. Pero... ¿Cuál era la orden siguiente?
Después de ¡firmes!, venía ¡carguen!-, luego ¡apunten! y por fin, ¡fuego! En su inconciencia, conservaba una vaga idea de ello. Pero las palabras que debía pronunciar parecían lejanas, vagas y ajenas a él mismo.
En su azoramiento gritó de un modo incoherente, con una confusión de palabras carentes de sentido. Pero quedó aliviado al ver que sus hombres cargaban las armas. El ritmo de su movimiento reanimó el ritmo de su cerebro. Y volvió a gritar. Los hombres apuntaron. Pero durante la pausa que siguió, unos pasos apresurados se dejaron oír en el patio de la prisión. El oficial lo sabía: era el indulto. Recobró inmediatamente la conciencia.
-Alto- gritó frenéticamente al piquete de ejecución.
Pero seis hombres tenían el fusil. Seis hombres fueron arrastrados por el ritmo, y seis hombres, al oír el grito de «¡alto!» dispararon.

El olvido (Mario Benedetti)

Fragmento

Ella no entendía nada, pero sintió que empezaba a tener miedo, casi tanto miedo de este abrupto presente como del hermético pasado.

La ejecución (Calvert Casey)

Fragmento

Segundos antes de que, girando a gran velocidad y a enorme presión, el tornillo mayor le fracturara la segunda vértebra cervical desgarrándole la médula, en un movimiento sincronizado con el del anillo que cerró el paso del aire, Mayer tuvo, con más claridad que en ningún otro momento, la sensación de hallarse, como una criatura pequeña e indefensa, en el vientre seguro, inmenso y fecundo de la iniquidad, perfectamente protegido - ¡para siempre, se dijo, para siempre! – de todas las iniquidades posibles.

Cuento Nicaragüense (Varios)


Editorial Nueva América, 1985
Tío Tigre, Tío Buey y Tío Conejo (Anónimo)

texto completo

Estera una vez tío Tigre que venía en la ronda de una hacienda buscando qué matar. En eso un viento grande de huracán y bota un palo y le cae encima a tío Tigre. Y queda prensado.
Y tío Tigre empieza a gritar, en lo que pasa tío Buey.
-¡Ay, tío Buey, sáqueme de aquí!
-¡No tío Tigre, usté es malo!
-Por Dios, tío Buey, le prometo ser bueno. No me lo voy a comer nunca.
Entonces tío Buey, que tenía buen corazón, se acercó al palo.
-Yo voy a levantar la rama parriba, y en lo que yo empuje, usté se zafa – le dijo tío Buey.
Y así fue. Pero tío Tigre ya desprensado se olvidó de la promesa. Y ya se quería comer al tío Buey.
-¡Eso no es justo, tío Tigre!
-Es que tengo hambre, tío Buey – decía tío Tigre.
Y en esa alegata estaban cuando pasa tío Conejo.
-¿Qué es la discutidera?
-Sirva de Juez, tío Conejo – le dijo tío Buey.
-¡A ver! ¡Cuénteme el asunto! – les dijo tío Conejo, arriba de una piedra.
Y tío Buey le contó el caso.
-¡No lo entiendo! – dijo tío Conejo.
-¡Jesús, tío Conejo! – le dijo entonces tío Tigre -, si está muy claro – y le contó también el pleito.
-No lo entiendo – dijo otra vez tío Conejo.
-Se lo vamos a explicar – le dijeron tío Tigre y tío Buey -. Vamos a hacerlo, pues, para que lo veya – dijo tío Tigre.
Y el Buey volvió a levantar la rama y tío Tigre se puso debajo. Entonces tío Conejo le dijo a tío Buey:
-¡Suelte la rama tío Buey!
Y tío Tigre quedó otra vez prensado.
-¡Este es mi fallo! – dijo tío Conejo -. Usté tío Buey, váyase libre, y que tío Tigre se quede prensado por desagradecido.
Y ahí se quedó tío Tigre más bravo que una holocica.

El ángel pobre (Joaquín Pasos)

Fragmento

Es lógico que los ángeles denoten su edad por sus alas, como los árboles por sus cortezas. No obstante, nadie podía decir qué edad tenía aquel ángel. Desde que llegó al hogar de don José Ortiz Esmondeo – hace dos años más o menos – tenía la misma cara, el mismo traje, la misma edad inapreciable.

El sueco (Ernesto Cardenal)
Los Monos de San Telmo (Lisandro Chavez Alfaro)
No los pude transcribir y son buenísimos

Cóctel 66 (Mario Cajina Vega)

Fragmento

3 am. Con la velada, las personas dejan de ser especie. La plática ahora no generaliza negocios ni tipifica clases. Trajinados los vestidos, agotadas las caras, desembarrados los cuerpos, son simples seres humanos al uso que hablan palabras tan cansadas como ellos y llenas, como ellos, de verdades a medias.