04 septiembre 2008

Joe Simpson (Touching the Void, 1988)

Tocando el vacío
Desnivel ediciones, 2005


Se puede encontrar en tiendas de montañismo.

Un libro fascinante, de esos que se leen en una noche, porque no lo puedes dejar de lado hasta terminar.

Simpson describe la travesía que hizo, junto a su compañero Simon Yates, para alcanzar la cara occidental del Siula Grande, en Los Andes peruanos, su accidente y la lucha por tratar de llegar con vida al campamento base.

Este libro está catalogado como una de las obras maestras del montañismo. Tiene el plus de que su autor es un escalador experimentado, que además escribe bien, y no es sólo un buen escritor que ve externamente la historia vivida por otros. Además, otro punto muy a favor es que su lectura se hace más objetiva cuando, en aquellos momentos de paroxismo absoluto, se tiene la visión de su compañero (Yates).

Algunos fragmentos:

Sólo nosotros y las montañas… La vida aquí parece mucho más simple y más real. Es fácil dejar que los acontecimientos y las emociones fluyan sin pararse a mirar…

Envidié esa actitud de Simon de tomar las cosas tal y como venían. Tenía la fuerza suficiente para encajar los acontecimientos por el lado bueno, y la libertad de espíritu para disfrutarlos sin andar rumiando dudas y preocupaciones. Era más fácil verle riendo que enfadado, burlándose de sus propias desgracias tanto como de las de los demás. Alto y de complexión fuerte, poseía la mayoría de las ventajas de la vida y pocos de sus inconvenientes. Era un buen amigo: fiable, sincero, siempre dispuesto a ver la vida como algo divertido. Tenía el pelo rubio, ojos muy azules y risueños, y ese toque de locura que hace tan especiales a tan pocas personas. Yo estaba contento de haber decidido venir aquí como un equipo de dos. No había mucha más gente con la cual hubiera podido convivir tanto tiempo. Simon era todo lo que yo no era, todo lo que a mi me hubiera gustado ser.

Cuando de nuevo miró al frente y vino hacia mí descubrí la tensión en su rostro. El día no había sido agradable ni divertido, y cuando llegó a mi lado el miedo fue contagioso. Nuestra alarma se expresó en parloteos de voces trémulas, rápidas cascadas de maldiciones y frases repetidas una y otra vez hasta que nos calmamos.

En aquel momento, acuclillado junto al hoyo del que acababa de salir, y tratando de recobrar el aliento, miré hacia atrás y quedé atónito al darme cuenta que, a través de la arista, podía ver el bostezo del abismo que se abría por debajo de ella.

No lloraba de dolor: me compadecía a mí mismo, puerilmente, y ante aquel pensamiento no podía evitar las lágrimas. La muerte me había parecido tan lejana, y sin embargo ahora todo estaba teñido de ella.

Me miró. Tal vez su mirada fue demasiado larga y dura, porque volvió el rostro con rapidez. No con la suficiente rapidez, no obstante: tuve tiempo de ver su cara fugazmente, pero en aquel instante supe lo que estaba pensando. Tenía un curioso aire de desapego. Me sentí acobardado al verlo, súbitamente me sentí extraño, muy distinto a él. Sus ojos estaban llenos de pensamientos. Pena. Pena y algo más: esa distancia que se concede a un animal herido al que no se puede ayudar. Simon había tratado de ocultarlo, pero yo lo vi, y retiré la vista lleno de miedo y preocupación.

Encantado y asombrado, sentí ganas de reír. En un pequeño intervalo de tiempo mi ánimo oscilo de la desesperación a un confuso optimismo, y la muerte pareció quedar relegada a una vaga posibilidad en lugar de un hecho inevitable.

Grité en la oscuridad y oí una voz lejana e ininteligible. No supe bien si había sido Simon o el eco de mi propio grito.

Cada vez que pensaba en la muerte, la suya o la mía, la idea llegaba desprovista de toda emoción, cuajada de realismo. Estaba demasiado cansado para preocuparme.

Las palabras se deshicieron en medio de la nieve y el viento, dirigidas a nadie en particular, con el furor estremecido de la amargura y el agravio. Palabras estúpidas, tan exentas de significado como el viento vacío y sibilante que me rodeaba. La cólera crecía en mí. Me reconfortaba, me agitaba, expulsando el frío en una diatriba de obscenidades y lágrimas de frustración.

El golpe me aturdió. Durante un lapso de tiempo el dolor desapareció. Mientras tanto mi cerebro navegaba mareado y enfermo, a medio camino entre la conciencia y el olvido.

Por encima de mí volaron luces brillantes, y la habitación comenzó a navegar ante mis ojos. Tenía que decir algo… Tenía que detenerles. La oscuridad se filtró bajo las luces y lentamente todos los sonidos se ahogaron en el silencio.

Karel Čapek (La guerra con las salamandras, 1936)

Vàlka s Mloky
Zig-Zag, 1944

Comentarios en:
http://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op00450.htm

Algunos fragmentos:

- ¿Dónde están las islas Gilbert?
- Resp: En Inglaterra. Inglaterra no se atará las manos en el continente. Inglaterra necesita diez mil aviones. Visiten la costa Sur de Inglaterra.
- ¿podríamos ver su lengua, Andy?
- Resp: Sí, señor. Limpien sus dientes con pasta Flit. Es económica, es la mejor; es inglesa. ¿Quiere tener un aliento agradable? Use pastillas Flit.
- Gracias, con eso basta. Y ahora díganos, Andy…
Etcétera. El acta de la conversación con Andrias Scheuchzeri constaba de dieciséis páginas cabales y se publicó en “The Natural Science”.

Poseían sus ciudades submarinas y subterráneas, sus metrópolis acuáticas, sus Essen y sus Birmingham en el fondo del mar, a una profundidad de veinte a treinta metros; tenían sus barrios de comunicaciones y aglomeraciones urbanas que ascendían a millones de individuos; en una palabra, tenían su mundo, más o menos desconocido para nosotros, pero, al parecer, técnicamente muy avanzado. No poseían, ciertamente, altos hornos ni fundiciones, pero los hombres les suministraban metales a cambio de su trabajo. No tenían explosivos, pero estos también se los vendían los hombres. Su carburante era el mar con su flujo y reflujo, con sus corrientes submarinas y diferencias de temperatura; las turbinas las recibían, claro está, de los hombres, pero supieron emplearlas; pues, ¿qué es la civilización sino la facultad de aprovechar cosas inventadas por otros?

Pocos años después de quedar establecidas las primeras colonias de molges en el Mar del Norte y el Báltico, comprobó el investigador alemán doctor Hans Thüring que la salamandra báltica mostraba – seguramente por la influencia del ambiente – ciertas diferencias morfológicas; parecía, entre otros síntomas, más rubia, andaba más erguida y su índice frenológico mostraba un cráneo más largo y estrecho que el de otras salamandras. Esta variedad recibió el nombre de SALAMANDRA NÓRDICA o SALAMANDRA SUPERIOR (Andrias Scheuchzeri var. Nobilis erecta Thüring).
Con este motivo también la prensa alemana comenzó a ocuparse fervorosamente de la salamandra báltica. Se recalcaba con particular énfasis que precisamente gracias a la influencia del ambiente alemán pudo este molge producir un tipo racial diferente y superior, que aventajaban sin discusión a todas las demás salamandras. Los diarios escribían con desdén acerca de los molges mediterráneos, degenerados física y moralmente; de las salvajes salamandras tropicales y, en general, acerca de los molges bajos, primitivos y bárbaros de otras naciones. De la salamandra gigante a la supersalamandra alemana, fue la alada consigna del día. ¿No era acaso la tierra alemana la protopatria de todas las salamandras de la época? ¿No está su cuna en Oeningen, donde el sabio alemán, doctor Juan Jacobo Scheuchzer había descubierto su magnífica huella ya en el mioceno? No puede existir duda alguna de que el primitivo Andrias Scheuchzeri haya nacido antes de las edades geológicas en la tierra germana; al dispersarse más tarde por otros mares y zonas, tuvo que expiarlo con el retroceso de su desarrollo y la degeneración; pero al establecerse de nuevo en la tierra de sus ancestros, vuelve otra vez a ser lo que fue: el noble molge nórdico Scheuchzer, el rubio, erguido y dolicocéfalo. Pues sólo en el suelo alemán pueden las salamandras volver a su tipo más puro y superior, tal como lo descubrió el gran Juan Jacobo Scheuchzer en la huella fósil de las canteras de Oeningen. Por eso necesita Alemania costas nuevas y más largas, necesita colonias, necesita los océanos, para que en todas partes, en las aguas territoriales alemanas, pueda desarrollarse la nueva generación de salamandras alemanas genuinas y racialmente puras. Necesitamos espacio vital para nuestras salamandras, escribían los periódicos alemanes; y para que el pueblo alemán no perdiese de vista este hecho, se erigió en Berlín un espléndido monumento a Juan Jacobo Scheuchzer. En él podía verse al gran doctor con un grueso libro en la mano; a sus pies descansaba, erguido, el noble molge nórdico mirando las inmensas costas del mar océano, perdidas en lontananza.

Después sólo se oyó el rumor oscuro e infinito de las aguas subiendo.

Libros recomendados anteriormente:

Septiembre 2008 / Touching the Void, 1988 - Joe Simpson
Agosto 2008 / La guerra con las salamandras, 1936 - Karel Čapek
Julio 2008 / El señor presidente, 1946 - Miguel Ángel Asturias
Junio 2008 / El jugador, 1866 - Fedor Dostoievski
Mayo 2008 / El sentimiento que te di - Alfonso Alcalde
Abril 2008 / Diario de un loco - Nicolás Gogol
Marzo 2008 / Amor a la vida - Jack London
Febrero 2008 / Hacedor de estrellas - Olaf Stapledon
Enero 2008 / La conjura de los necios, 1980 - John Kennedy Toole
Diciembre 2007 / El auriga Tristán Cardenilla y otros cuentos - Alfonso Alcalde
Noviembre 2007 / Poética del cine, 1995 - Raúl Ruiz
Octubre 2007 / Jane Eyre, 1847 - Charlotte Brontë
Septiembre 2007 / Pygmalion, 1917 - Bernard Shaw
Agosto 2007 / La imaginación al poder, 1968 - Daniel Cohn-Bendit / Jean-Paul Sartre / Herbert Marcuse
Julio 2007 / El señor de las moscas, 1954 - William Golding
Junio 2007 / La tierra permanece, 1949 - George R. Stewart
Mayo 2007 / Matadero cinco, 1969 - Kurt Vonnegut
Abril 2007 / El fin de la infancia, 1953 - Arthur C. Clarke
Marzo 2007 / Cuentos de amor, locura y muerte, 1918 - Horacio Quiroga
Febrero 2007 / Moby Dick or The Whale, 1851 - Herman Melville
Enero 2007 / Fahrenheit 451, 1953 - Ray Bradbury
Diciembre 2006 / El Guardián entre el Centeno, 1959 - Jerome David Salinger
Noviembre 2006 / Frankenstein o el moderno Prometeo, 1818 - Mary Shelley

Kurt Vonnegut (Dios le bendiga Mr. Rosewater o “echando margaritas a los puercos”, 1965)


(God bless you, Mr. Rosewater)
Ed. Bruguera, 1977

Acuñó una palabra nueva para la enfermedad de Silvia: “Samaritrofia”, que significaba, en su opinión: “indiferencia histérica ante el dolor de los que son menos afortunados que uno mismo”.

Entonces me propuse, como meta de mis tratamientos, mantener prisionera a la conciencia, pero alzar un poco la tapa de la mazmorra de modo que sus gritos se oyeran a penas, cosa que conseguí con algunas pruebas y errores, mediante la quimioterapia y el shock. No me sentí orgulloso, pues había transformado a una mujer muy profunda en un ser anodino, había bloqueado los ríos subterráneos que podían conectarla con los océanos Atlántico, Pacífico e Índico, dejándola muy satisfecha de ser una piscinita de un metro de largo por diez centímetros de profundidad, pintadita de azul y con agua purificada con cloro.

Nosotros no meamos en sus ceniceros.
Así que, por favor, no tire cigarrillos en nuestros retretes.

Una de sus obras favoritas de Kilgore Trout trataba únicamente de la ingratitud. Se titulaba “El primer Tribunal Federal de Gracias”, y era un tribunal ante el que se podía llevar a los que no se hubieran mostrado suficientemente agradecidos por algo que uno les había hecho. Si el acusado perdía el caso, el tribunal le daba a elegir entre dar las gracias al demandante en público o ir a prisión, incomunicado a pan y agua, durante un mes. Según Trout, el ochenta por ciento de los convictos elegían la celda.

Jack Kerouac (Los Subterráneos, 1958)



The Subterraneans
Ed. Anagrama, 2006


Los hombres son tan locos, desean la esencia, la mujer es la esencia, ahí la tienen directamente entre las manos, pero ellos se precipitan en todas direcciones erigiendo inmensas construcciones abstractas.

El sol suave, las flores y yo que me alejaba por la calle y pensaba: “por qué me habré permitido alguna vez aburrirme en el pasado?”, y como compensación me emborrachaba o tomaba esas cosas o me daban ataques o todas esas artimañas que usan las personas porque desean algo, cualquier cosa, salvo la serena comprensión de lo que realmente existe, que después de todo es tanto, y las cavilaciones provocadas por las odiosas convenciones sociales, las rabias, el hacerse mala sangre por los problemas sociales y por mi problema racial, todo eso importaba tan poco; aunque ahora podía sentir esa gran seguridad y el oro de la mañana terminaría alguna vez por desvanecerse, y ya había empezado a hacerlo; hubiera podido construir toda mi vida como esa mañana solamente sobre la base de la pura comprensión y el deseo de vivir y seguir adelante, dios, todo era la cosa más hermosa que jamás me había sucedido, a su manera; pero todo era también siniestro.

Heinrich Mann (El ángel azul, 1905)

(Professor Unrat)
Quimantú, 1973

- Señor profesor: yo no dije que olía a basura. Dije que Lohmann no paraba de decir…
- Cállese – tronó basura, tembloroso. Movió la cabeza de un lado a otro; logró serenarse, y continuó, con voz ahogada -: El destino se cierne sobre ustedes rozando sus cabezas. Pueden retirarse.
Los tres se fueron a almorzar; cada uno con su destino cerniéndose sobre su cabeza.
Parecía rejuvenecido. Con la corbata de través, varios botones desabrochados y el peinado revuelto, mostraba un aspecto inhabitual de hombre extraviado lejos del camino recto, vencedor en lamentables victorias, triste juguete de una pasión inconfesable.

"Este miserable lo sabe todo. Ahora doy media vuelta, voy a casa, subo al desván y apoyo el cañón de la escopeta contra mi pecho. Y abajo, en el salón, Dora canta al piano. Su canción sube hasta mí como una mariposa, y el polvillo dorado de sus alas brilla ante mis ojos hasta que la muerte los cierra… "

Hasta aquel día, hasta aquel terrible momento, había sido un trozo de su propia carne y, de repente, se desprendía de él, desgarrándolo. Basura veía sangrar la herida y no comprendía.

Y también porque Basura, viejo niño ingenuo, avivaba torpemente aquel sentimiento con sus continuas sospechas y porque la vida se negaba a ofrecerle a ella esa tranquilidad que tanto ansiaba.

Una cosa es indudable: que aquel que ha conseguido alcanzar las cúspides más luminosas, conoce también los más profundos e intrincados abismos.

Y esta desmoralización de toda una ciudad, que nadie podía impedir por ser muchos los que se hallaban complicados en ella, era obra de Basura y constituía su triunfo. La pasión que le dominaba en secreto, aquella pasión que su cuerpo reseco, sólo muy raras veces delataba con una mirada de venenoso brillo verde gris, desafiaba y se imponía a toda una ciudad. Basura era fuerte; podía ser feliz.

Aquella mujer había recibido de él, sin darse cuenta, lo mejor de su alma. Y ahora que estaba ya exhausto lo pretendía. Lohmann amaba las cosas por el eco que dejaban. El amor de las mujeres, sólo por la amarga soledad que le sucedía. Y la felicidad, todo lo más, por el anhelo angustiado que tras de sí dejaba.

En todo aquello prefería prescindir de Von Ertzum, el cual, al ver a Rosa, había empezado a manejar nerviosamente el sable, enronqueciendo de repente. Era muy capaz de volver a su pasión de antaño. Para él todo era presente. En cambio Lohmann, a solas con Rosa en la confitería, saboreaba únicamente el lejano regusto de las emociones pasadas.

Bayer, Osvaldo (Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia)


Galerna, 1970.

No es un delito sacrificar una fruslería de prejuicio y convencionalismo anarquista por un amor inmenso, más cuando en el amor grande e infinito está basada la anarquía misma.

Vivir en monotonía las horas mohosas de lo adocenado, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir la vida, es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa informe de carne y de huesos. A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita de la rebelión del brazo y de la mente.