31 diciembre 2007

Norman Mailer (Antología Mínima)


Ed. Tiempo Contemporáneo, 1969

El argumento revigorizado

Quizá sea necesario que una comunicación de experiencia humana, de la experiencia humana más honda e irrecuperable, deba producirse aún para que logremos sobrevivir.

El arte de la literatura de ficción
Un reportaje de Paris Review


No existe una separación clara entre la experiencia y la imaginación. ¿Quién sabe qué atisbos de la realidad recogemos inconcientemente, telepáticamente.

La situación de uno con la marihuana es siempre existencial. Se puede sentir la importancia de cada momento, y cómo lo cambia a uno. Se siente el propio ser, se adquiere conciencia del enorme aparato de la nada, el zumbido de un aparato de alta fidelidad, el vacío de una interrupción insensata; se adquiere conciencia de la guerra entre cada uno de nosotros, de cómo la nada que hay en cada uno ataca al ser de los demás, de cómo nuestro ser, a su vez, es atacado por la nada de los demás. No hablo ahora de la violencia o del conflicto activo entre un ser y otro. Eso todavía pertenece a la obra de teatro. Pero la guerra entre el ser y la nada es la enfermedad subyacente del siglo XX. El aburrimiento aniquila más porciones de la existencia que la guerra.

Reportero: Bien ¿y qué puede arruinar a un escritor de primera categoría?
Mailer: La bebida, la comercialización, el exceso de sexo, el exceso de fracasos en la vida privada, el exceso de desgastes, el reconocimiento del público en demasía, la falta de reconocimiento, la frustración. Casi todo lo que existe milita para embotar un talento de primera fila. Pero es probable que lo peor sea la cobardía. A medida que uno madura, adquiere conciencia de su cobardía, y el deseo de ser audaz, que antes constituía una alegría, se recarga de cautela y de obligaciones.

El tiempo de su tiempo

Había sido uno de esos jugadores que ven su vida como una sola apuesta, y había perdido.

No dijo más. Tenía la digna tristeza de un hombre que recuerda el mayor fracaso de su vida.

Pero al despertar, con la cabeza destrozada - ¿hice tres veces el amor, ese año, sin estar ebrio? -, el santo recibía su hora de tentación, pues nada me habría agradado tanto como sacar a patadas ese amistoso trasero que yacía en mi cama y prescindir del café, de los buenos modales, de mi depresión y a menudo de la de ella, y comenzar el nuevo día bajándola en una cesta, fuera de mi retiro de monje arruinado, seis pisos más abajo, y depositarla en el montículo de desperdicios (que ahora volvía a florecer con las crecidas de primavera), saludarla con la mano, felicitándola por su correcto aterrizaje y volver a introducirme en los benditos aislamientos del hombre solo.

Su esnobismo de universitaria, la médula, para mí de otras ochenta y cinco colmenas de la estética del Village, cuyo olor conocía demasiado bien, inflamó hasta tal punto al vengador de mi bragueta, que quise clavarla allí mismo, en el suelo del lugar de la fiesta. Durante un primer minuto fui un primitivo, un trépano ahíto, un falo de la clase obrera, ansioso por embestir contra todas sus desagradables y pequeñas tensiones. Otra vez escuché el mensaje, era uno de los millones de abajo, poseía los músculos necesarios para mover el sexo que mantenía vivo al mundo, y se lo encajaría, le introduciría los saludables y cordiales centímetros y el sudor del costo de la cultura adquirida cuando se empieza desde abajo y se quiere llegar hasta arriba.

Emilia Pardo Bazan (Insolación, 1899)


Bruguera, 1981

-¿Hase visto hato de pindongas? ¿No dejarán comer en paz a las personas decentes? ¿Con que las barre uno por un lado y se cuelan por el otro? ¿Y cómo habrá entrado aquí semejante calamidá, digo yo? Pues si no te largas más pronto que la luz, bofetá como la que te arrimo no la has visto tú en tu vida. Te doy un recorrío al cuerpo, que no te queda lengua pa contarlo.

¡Sentía un abatimiento grande, agujetas, cansancio, y al mismo tiempo una excitación, unas ganas de echar a andar, de huir de sí misma, de no verse ni oírse! No se podía sufrir.

Al tirar de la campanilla en su casa, tuvo una corazonada rarísima. Las hay, las hay, y el que lo niegue es un miope del corazón, que rehúsa a los demás la acuidad del sentido porque a él le falta. Asís, mientras sonaba el campanillazo, sintió un hormigueo y un temblor en el pulso como si semejante tirón fuese algún acto muy importante y decisivo en su existencia.

… ¿Hay entre nosotros, dos minutos después, algún vínculo que no existía dos minutos antes?

Ryunosuke Akutagawa (Vida de un loco, Tres relatos)

2006, Emecé
Jigokugen, Haruruma, Aru Ahõ no Isshõ


El biombo del infierno

Luego una vez más creímos que el viento de la noche gemía entre las copas de los árboles. El sonido del viento apenas había ascendido al negro cielo – nadie supo hacia dónde – cuando algo negro rebotó como una pelota, sin tocar el suelo y sin volar por el aire, y cayó directamente desde el techo de la mansión al carruaje envuelto en llamas. En medio del enrejado de las celosías del carruaje, que se desmoronaba en pedazos, la cosa se aferró a los retorcidos hombros de la muchacha y a través de las cortinas de humo negro, soltó un prolongado y desgarrador chillido de intenso dolor, como el rasguido de la seda, y luego dos o tres gritos sucesivos.

Involuntariamente, todos lanzamos una exclamación de sorpresa. Lo que se aferraba a los hombros de la joven muerta, contra el telón de las llamas que rugían, era el mono que en la mansión de Horikawa habían apodado Yoshihide.

Malba Tahan (El hombre que calculaba, 1949)

Ediciones Universales-Bogotá

-Cuando miramos hacia el cielo en una noche en calma y límpida, sentimos que nuestra inteligencia es incapaz para comprender la obra maravillosa del Creador. Ante nuestros ojos pasmados, las estrellas forman una caravana luminosa que desfila por el desierto insondable del infinito, ruedan las nebulosas inmensas y los planetas, siguiendo leyes eternas, por los abismos del espacio, y surge ante nosotros una idea muy nítida: la noción de “número”.
Vivió antaño en Grecia, cuando aquel país estaba dominado por el paganismo, un filósofo notable llamado Platón. Consultado por un discípulo sobre las fuerzas dominantes de los destinos de los hombres, el sabio respondió: “Los números gobiernan el mundo”.
Realmente. El pensamiento más simple no puede ser formulado sin encerrar en él bajo múltiples aspectos, el concepto fundamental de número.

Medir es comparar. Sólo son, sin embargo, susceptibles de medida las magnitudes que admiten un elemento como base de comparación. ¿Será posible medir la extensión del espacio? De ninguna maneta. El espacio es infinito, y siendo así, no admite término de comparación. ¿Será posible medir la Eternidad? De ninguna manera. Dentro de las posibilidades humanas, el tiempo es siempre infinito y en el cálculo de la Eternidad no puede lo efímero servir de unidad de medida.
En muchos casos, sin embargo, nos será posible representar una dimensión que no se adapta a los sistemas de medidas por otra que puede ser estimada con seguridad. Esa permuta de dimensiones, con vistas a simplificar los procesos de medida, constituye el objeto principal de una ciencia que los hombres llaman Matemáticas.
Para alcanzar nuestro objetivo, la Matemática tiene que estudiar los números, sus propiedades y transformaciones. Esta parte toma el nombre de Aritmética. Conocidos los números, es posible aplicarlos a la evaluación de dimensiones que varían o que son desconocidas, pero que se pueden representar por medio de relaciones y fórmulas. Tenemos así el Álgebra. Los valores que medimos en el campo de la realidad son representados por cuerpos materiales o por símbolos; en cualquier caso, estos cuerpos o símbolos están dotados de tres atributos: forma, tamaño y posición. Es importante, pues, estudiar tales atributos. Eso constituirá el objeto de la Geometría.


La Matemática enseña al hombre a ser sencillo y modesto; es la base de todas las ciencias y todas las artes. Aldebazan, rey de Iraq, descansando cierta vez en la galería de su palacio, soñó que encontraba siete jóvenes que caminaban por una senda. En cierto momento, vencidas por la fatiga y por la sed, las jóvenes se detuvieron bajo el ardiente sol del desierto. Surgió, entonces, una hermosa princesa que se aproximó a las peregrinas, llevándoles un gran cántaro de agua pura y fresca. La bondadosa princesa sació la sed que devoraba a las jóvenes, y éstas pudieron reanudar su interrumpida jornada.
Al despertar, impresionado por ese curioso sueño, decidió Aldebazan entrevistarse con un astrólogo famoso, llamado Sanib, al cual consultó sobre el significado de aquella escena a la que él –rey poderoso y justo- asistiera en el mundo de las visiones y fantasías. Dijo Sanib, el astrólogo: “¡Señor!, las siete jóvenes que caminaban por la senda, eran las artes divinas y las ciencias humanas; la Pintura, la Música, la Escultura, la Arquitectura, la Retórica, la Dialéctica y la Filosofía. La princesa que las socorrió representa la grande y prodigiosa Matemática”. “Sin el auxilio de la Matemática –prosiguió el sabio- las artes no pueden progresar, y todas las otras ciencias perecen”.

La envidia, cuando se apodera de un hombre, abre en su alma el camino a todos los sentimientos despreciables y torpes.

Por tener tan alto valor en el desarrollo de la inteligencia y del raciocinio, la Matemática es uno de los caminos más seguros para llevar al hombre a sentir el poder del pensamiento, la magia del espíritu.

-Cuídate –aconsejó- de los juicios hechos en un momento de arrebato, porque éstos desfiguran muchas veces la verdad. Aquel que mira a través de un vidrio de color, ve todas las cosas del color de ese vidrio. El apasionamiento es para nosotros, lo que el color del vidrio para los ojos. Si alguien nos agrada, todo lo aplaudimos y disculpamos; si, por el contrario, nos molesta, todo lo condenamos o interpretamos de modo desfavorable.

Loco es aquel que se considera sabio cuando sólo mide la extensión de su ignorancia.

-Erra, por cierto, gravemente, aquel que hesita en perdonar; erra, no obstante, mucho más aún, a los ojos de Dios, aquel que condena sin hesitar.

02 diciembre 2007

Alfonso Alcalde (El auriga Tristán Cardenilla y otros cuentos)

Ed. Nascimento, 1971

Es lo único que he leído de Alcalde, pero me atrevería a decir que todo lo que ha escrito vale la pena. Una mezcla de tristeza y depresión con algunos toques de situaciones comiquísimas. Sus poemas al parecer son increíbles!

Alguna vez dijo: “El periodismo de batalla es la única forma de conocer a la gente, al estar en un contacto diario con personas que van desde el más encopetado ente cultural hasta el más viejo vecino de una criolla población callampa”. Su oficio de escritor lo estimaba trágico: "Hay que luchar contra muchas trincheras para poder surgir con algo en las manos que tenga el sabor a conquista literaria. Nunca hemos creído que se tiene que tener una actitud literaria frente a la vida, sino como seres humanos. La literatura es un oficio en que nos jugamos la vida, pero siempre reservándonos lo mejor para convivir con la gente".

José Donoso afirmó de este libro "era la mejor prosa de su generación"

Acá hay más info: http://es.wikipedia.org/wiki/Alfonso_Alcalde


Algunos fragmentos:

Los socios

-¡No era para menos socio!
-Claro que no. Subimos a los cerros, y desde arriba se veían las calles de color morado, llenas de vino. Nadie quería bajar, sólo los perros.
-Se curarían con el olor.
-No, tomando. Metían la lengua en las acequias y después ladraban de lado, afirmándose en la pared.

Zapatos para Estubigia

Una botella, los dos vasos, Estubigia y ese reflejo de la luz sobre los cristales y un punto y un violento chisporroteo, luego la mano, otra vez los nudos de los dedos, el movimiento del brazo, los ojos entrando en los ojos, un lento movimiento del silencio:
-¿Mucho viento?
-Como siempre.
-¿Viene el surazo?
-A lo mejor.
Sólo sonidos, palabras sueltas, palabras idas, palabras polvorientas, palabras absurdas, palabras sin sentido. Ahora no dicen nada. Se perdieron las palabras. Jamás nadie las encontró ni las encontrará en ningún oído, en ninguna memoria. ¿Qué más? Las quejas, los celos, los reproches, las dudas, el miedo:
-¿Qué te pasa, Florián? ¡Ya no eres el mismo!
-A lo mejor.
-Algo tienes…
Un ademán como diciendo: ¡basta!, pero contestando con una pregunta:
-¿Crees tú?
-Se te nota a la legua. No “estás” aquí. El rayo fulgurante de los vasos, el relámpago de los cristales, los círculos diamantinos, el crujido del silencio, la alteración y pulsación del mar cuando los seres lo escuchan y dejan de ser humanos y se renuevan con las olas, estupefactos, destrozados, calmos, feroces, piadosos.

El auriga Tristán Cardenilla

Una tarde trotando por la Avenida Prat, noté que el animal pisaba en falso, como si tuviera dos patas más largas o más cortas que las otras, dando bote, soltando el freno. Comprendí que se estaba muriendo, mientras se justificaba con humildad: Hasta aquí no más llegamos, viejito.
-¿Te vas a ir, entonces? -le pregunté.
-Llegó la hora - confesó con tristeza el caballo.
-¡Qué es eso! le dije para darle ánimo.
-Puedo pedir algo? -consultó.
-Claro que sí.
-¿Así a lo amigo?
-A lo amigote.
-¿A lo cumpimpa?
-A lo cumpimpa -acepté llorando.
-Es algo que no tiene importancia.
-Pide, pide lo que quieras -agregué, sonándome.
-No quiero que los niños me tiren piedras -dijo justo cuando la muerte le llegó a los ojos y se los puso duros, como de vidrio, y yo me quedé mirando en ese reflejo frío.
Había empezado a llover, lentamente, como para abrigarnos, como para protegernos, como para herirnos aun más.
Llegaron un carabinero y un fotógrafo.
Busqué un bar, me despaché dos botellas al hilo, tratando de contar la historia de un caballo muerto bajo la lluvia que no interesó a nadie. Pensé, mientras miraba el temporal, que usaría corbata negra, para recordar su memoria, igual que esos viudos que uno ve en la calle, sin saber para qué lado partir, solos, solos, pero tan solos, que dan ganas de abrazarlos, de decirles algo para que no renieguen de la vida y de la hermosa luz que nos alumbra a cada instante.

01 diciembre 2007

Mario Vargas Llosa (La guerra del fin del mundo, 1981)



Ed. Seix Barral, 1985



En 1894 era médico del barco alemán que naufragó en las costas de Bahía y cuyos restos quedarían varados para siempre frente al Fuerte de San Pedro. Hacía apenas seis años que el Brasil había abolido la esclavitud y cinco que había pasado de Imperio a República. Lo fascinó su mezcla de razas y culturas, su efervescencia social y política, al ser una sociedad en la que se codeaban Europa y África y algo más que hasta ahora no conocía. Decidió quedarse.

Durante los meses de la sequía el Consejero y sus discípulos trabajaron sin tregua dando sepultura a los muertos de inanición, peste o angustia que encontraban a la vera de los caminos, cadáveres corruptos y comidos por las bestias y aun por humanos. Fabricaban cajones y cavaban fosas para esos hermanos y hermanas. Eran una variopinta colectividad donde se mezclaban razas, lugares, oficios. Había entre ellos encuerados que habían vivido arreando el ganado de los coroneles hacendados; caboclos de pieles rojizas cuyos tatarabuelos indios vivían semidesnudos, comiéndose los corazones de sus enemigos; mamelucos que fueron capataces, hojalateros, herreros, zapateros o carpinteros y mulatos y negros cimarrones huidos de los cañaverales del litoral y del potro, los cepos, los vergazos con salmuera y demás castigos inventados en los ingenios para los esclavos. Y había las mujeres, viejas y jóvenes, sanas o tullidas, que eran siempre las primeras en conmoverse cuando el Consejero, durante el alto nocturno, les hablaba del pecado, de las vilezas del Can o de la bondad de la Virgen.

Joáo Grande nació cerca del mar, en un ingenio del Reconcavo, cuyo dueño, el caballero Adalberto de Gumucio, era gran aficionado a los caballos. Se preciaba de tener los alazanes más briosos y las yeguas de tobillos más finos de Bahía y de haber logrado estos especímenes sin necesidad de sementales ingleses, mediante sabios apareamientos que él mismo vigilaba. Se preciaba menos (en público) de haber conseguido lo mismo con los esclavos de la senzala, para no remover las aguas turbias de las disputas que esto le había traído con la Iglesia y con el propio Barón de Cañabrava, pero lo cierto era que con los esclavos había procedido ni más ni menos que con los caballos. Su proceder era dictado por el ojo y la inspiración. Consistía en seleccionar a las negritas más ágiles y mejor formadas y en amancebarlas con los negros que por su armonía de rasgos y nitidez de color él llamaba más puros. Las mejores parejas recibían alimentación especial y privilegios de trabajo a fin de que estuvieran en condiciones de fecundar muchas veces. El capellán, los misioneros y la jerarquía de Salvador habían amonestado repetidas veces al caballero por barajar de este modo a los negros, «haciéndolos vivir en bestialidad», pero, en vez de poner fin a esas prácticas, las reprimendas sólo las hicieron más discretas.

La entrevista tuvo lugar en una curtiembre, entre cueros que se secaban al sol y unos niños que jugaban con lagartijas. Mi corazón latió con fuerza al ver al hombre: bajo y macizo, con esa palidez entre amarilla y gris que viene a los mestizos de sus ancestros indios, y una cicatriz en la cara que me reveló, a simple vista, su pasado de capanga, de bandido o de criminal (en todo caso, de víctima, pues, como explicó Bakunin, la sociedad prepara los crímenes y los criminales son sólo los instrumentos para ejecutarlos).

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Henry James (Otra vuelta de tuerca, 1898)


Compañía Federal Fabril Editora, 1960
Título original: The turn of the screw

No se me puede culpar de que no esperara más en aquella ocasión, pues permanecí tan firmemente plantada en el suelo como estremecida. ¿Existía un secreto en Bly... quizá un familiar inmencionable recluido en un insospechado confinamiento? No puedo decir cuánto tiempo permanecí en aquel lugar asaltada por una mezcla de curiosidad y temor; sólo recuerdo que cuando volví a la casa era ya noche cerrada. La agitación se había apoderado de mí, pues debí caminar cerca de tres millas dando vueltas alrededor. Pero más tarde la angustia me sobrecogería de tal manera, que aquel despertar de mis temores no fue, en comparación, sino un simple estremecimiento. Lo más singular del caso, ya todo él insólito, fue el papel que desempeñé en el vestíbulo al advertir la presencia de la señora Grose. Este cuadro vuelve a mi memoria dentro del relato general, con la impresión, tal como la recibía al volver, de aquel amplio espacio de paneles blancos, resplandeciente a la luz de la lámpara, con sus retratos y su alfombra roja, y la bondadosa y sorprendida mirada de mi amiga, quien inmediatamente me dijo que me había echado de menos. Me resultó absolutamente claro en aquel encuentro, ante la expresión de alivio de su rostro, que ella no tenía conocimiento de nada que se relacionara con el incidente que yo acababa de protagonizar. Yo no había supuesto que su bondadoso rostro me confortaría, y, de cierta forma, medí la gravedad de lo que había presenciado por la vacilación que experimenté en contárselo. Pocas cosas en toda esta historia me resultan tan extrañas como el hecho de que el comienzo real de mi miedo se aunara, por así decirlo, con el instinto de ocultárselo a mi compañera. Por lo tanto, en aquel agradable vestíbulo y con su mirada fija en mi yo, por alguna razón que no podía entonces comprender, experimenté una revolución en mi interior. Di un vago pretexto por mi demora y, aludiendo a la belleza de la noche, al rocío y a mis pies mojados, me dirigí lo más pronto que pude hacia mi cuarto.

16 noviembre 2007

Raúl Ruiz (Poética del cine, 1995)

Ed. Sudamericana, 2000

Las películas de Ruiz producen un doble efecto de fascinación por la extrañeza de éstas y su disconformidad con los esquemas narrativos y visuales dominantes. Al respecto, Ruiz propone algunas soluciones, siempre provisionales, ante ciertas estructuras consideradas inamovibles, destacando la oposición entre linealidad y simultaneidad, unicidad y pluralidad, continuidad y discontinuidad. Aunque el pensamiento de Ruiz no constituye un sistema, el lector hallará en la lectura de estos ensayos, las preocupaciones propias de un cine de proyectos ambiciosos y claramente definidos.

Algunos fragmentos:

Nada cuesta discernir en esta descripción las tres etapas del aburrimiento: un sentimiento de aprisionamiento, la evasión por el sueño y finalmente la ansiedad, como si nos sintiésemos culpables de algún acto espantoso que no hemos cometido.

Tratemos de formular el problema tal como se nos presenta a comienzos de los años 60. A uno de nosotros, paseando un día por la calle San Diego, en Santiago de Chile, y al pasar ante una sala de cine, le vienen ganas de entrar en ella. No hay nadie en la boletería que le venda una entrada, ninguna cinta se anuncia en el afiche, pero desde afuera se escuchan los efectos sonoros de una película de guerra, así como los compases de una música familiar, índices claros de que al interior tiene lugar una proyección. Nuestro amigo entra para no salir nunca más de allí. Tan realista es la película, que nuestro camarada no tendrá jamás la certeza de haberla dejado. Hablo, se entiende, de un film total, el cual no estaría dirigido sólo a la vista y al oído, sino a todos los sentidos: olfato, tacto, gusto. Unas minúsculas contracciones musculares darían a pensar que corremos, saltamos o que acariciamos el cuerpo de una mujer que amamos, mientras que una vaga salivación bastaría para mimar el apetito. El paso del tiempo sería difícil de apreciar: los instantes serían eternos, los minutos prolongarían su duración, las horas transcurrirían laboriosamente, los días desfilarían, los meses correrían y los años volarían (cito, por supuesto, al poeta Nicanor Parra).

Volvamos a la idea de reconstrucción de secuencias ficticias a partir de las imágenes terminales estudiadas por Florenski. Si una serie de imágenes abstractas, poco diferentes entre sí, desencadenan una cascada de figuras en tercera dimensión, y esta cascada puede provocar a su vez memorias virtuales de cosas que pueden haber tenido lugar, entonces la posibilidad de abolir la distinción entre la vigilia y sueño, pasado y presente, y muy especialmente entre pasados concebibles, futuros concebibles y el presente, deja de ser impensable. Florenski evoca la situación siguiente: un hombre a punto de ser guillotinado se desmaya. Lo conducen inconsciente al cadalso en una camilla, y no se despierta sino en el momento de acercarse a la guillotina; pero, justo antes, el condenado ha vivido una secuencia ilusoria invertida en la cual ha visto desfilar toda su vida – con la salvedad de que no se trataba de su propia vida, sino de una inventada -, la que se termina con el episodio que había provocado el sueño: la decapitación.

Si digo que debemos desconfiar de la industria y de la manera, en cierto modo, demasiado perfecta con la cual la mercancía industrial apunta a producir inocencia en el público, es porque mi crítica va contra el riesgo que esta inocencia nos expone a sufrir. Porque la inocencia de que se trata no es otra que la de los corderos y, como se sabe, al final del sendero se disimula casi siempre un matadero, lo cual sería una manera un tanto ovina de operar el encuentro con el más allá.

Algunos años más tarde, comprendí que la irrupción abrupta de un film en otro film no era suficiente para impregnarlo de magia; sin embargo, creo haber entendido que todo film conlleva siempre otro film secreto, y que para descubrirlo bastaba con desarrollar el don de la doble visión que cada uno posee. Este don, que Dalí podría haber llamado “método crítico paranoico”, consiste sencillamente en ver en una cinta no ya la secuencia narrativa que se da a ver efectivamente, sino el potencial simbólico y narrativo de las imágenes y de los sonidos aislados del contexto. Una película secreta no aparecerá casi nunca en la primera visión, y aunque es evidente que un pésimo film (pero, ¿qué es un pésimo film?) conlleva demasiados films clandestinos, no es menos cierto que no basta con que éste sea del todo malo para que llegue a ser apasionante. Una película mala carece de un sistema de vigilancia eficaz, o sea no llega a controlar la narración ni la coherencia en la actuación de los comediantes; o digamos mejor que se puede entrar y salir de ella con facilidad extrema, de manera que una verdadera multitud de pasajeros clandestinos circulan allí incansablemente. En tanto que una cinta bien vigilada, por ejemplo A Touch of Evil (Sed de mal), estimula nuestra capacidad de ardid.

Todos nosotros somos poseedores de verdaderos tesoros de obsesiones en nuestra cabeza y en nuestro cuerpo: una manía, un juego numérico, una amante invisible, un acto heroico por realizar, un crimen deleitable cometido o por cometer, un deporte, un instante eterno.

En el tercer caso, Julio César, aficionado a la astrología, descubre, aún joven, su destino en las estrellas. Sabe que será víctima fatal de una conspiración; sabe que el número de sus asesinos será catorce, pero no ve sino trece. Cuando por fin, en el momento mismo del crimen, descubre que la estrella que faltaba era Bruto, exclama: Entonces eras tú. Puede ahora morir con la satisfacción de un lector de novelas policiales que, habiendo descubierto al asesino, cierra el libro y se duerme.

El violín de cristal

Amadeo se levantó temprano aquel día. Hacía buen tiempo, un cielo azul como los ojos de su malvada madrastra. El color azul siempre le había inspirado temor: un miedo tan intenso que parecía más bien fascinación. Fue así como viendo que el mar, de ordinario negro en invierno y verde en verano, se había vuelto más azul que la mirada de Leticia cuando esta era presa de una de sus crisis de locura y se paseaba alrededor de la casita frente al mar gritando: “¿Adónde está la fusta de tu abuelo?”, Amadeo no pudo dejar de acercarse a la playa. Cuál no sería su sorpresa cuando divisó en el horizonte algo que daba la impresión de ser un botecito a bordo del cual remaba un náufrago. Al acercarse la embarcación, descubrió que lo que él había tomado por un bote era en realidad un violín en el cual se agitaba febrilmente un niñito no más grande que una manzana. Cuando el niño descubrió a Amadeo, sonrió con malicia diciéndole:
Azul como el mar.
Azul como el cielo.
Azul como la risa del diablo.
(Blau ter oek.
Blau ter hiev.
Blau ter laghen lucifekh).
Y enseguida el niño agregó:
-Dame una gota de tu saliva.
Amadeo era bueno, y sobre todo le gustaba prestar servicio, de modo que hizo lo que le pedía.
Inmediatamente se sumió en un sueño profundo. Al despertar, se encontró en una prisión oscura. Todo era negro. Divisó los barrotes de la única ventana de la celda. Amadeo era vivaz y rápido, y no tardó en darse cuenta de que lo que él tomaba por una celda era en realidad la caja del violín que, en la mañana, le había parecido ser un bote.
-Bueno, exclamó Amadeo, todo esto no está tan mal para mí: por lo menos me salvé de los latigazos de mi madrastra.
No tuvo mucho tiempo para distraerse en ese tipo de lucubraciones porque pronto descubrió en el negro del cielo una luz que, describiendo círculos, se aproximaba a su embarcación. Cuando estuvo muy cerca. Amadeo descubrió que provenía de un pájaro luminoso.
-Por lo que veo, dijo el pájaro, vengo adelantado.
-¿Quién eres?, preguntó el niño.
-Pero, ¡cómo te atreves a hacerme semejante pregunta! Tú me conoces, yo soy Boek Dark, el pájaro-ampolla más melómano de Groenlandia.
-¡Y te llamas “libro oscuro”!
-Me llaman Boek Dark porque siempre respondo con enigmas. Pero hay que decir que lo que hay que descifrar no son los enigmas sino la música que los anima.
-Me gustaría mucho que me cantaras una canción-enigma.
-Si es lo que quieres, pero entonces me acompañas con tu violín.
-Pero, ¡yo no sé tocar!
-¡No me digas! Apenas ayer nos diste un concierto.
-No fui yo, fue el otro. Él tomó mi lugar y a cambio me dio este barco-violín.
-¡Muy cómico, cómico, cómico!, exclamó Boek Dark. Vas a tener que aprender a servirte de tu barco-violín, ¡y rápido! En pocos minutos más llegarán mis compañeros de la hermandad de los pájaros eléctricos. Han cruzado el mar-océano para asistir a tu concierto. ¡Si llegan a descubrir que han hecho el viaje en vano! Pero, ¡vamos, seamos positivos! Hay que hallar una solución. ¡Ya está! Tengo una idea: vamos a enseñarte a tocar el violín.
-¡En pocos minutos! ¡Imposible!
-Desengáñate, los años pasan rápidos. Pero los instantes son eternos. Yo voy a encontrarte un instante. Entrarás en él sin hacer ruido y, una vez adentro, tendrás todo el tiempo para estudiar violín. Dicho y hecho, el pájaro desapareció y reapareció un instante después en compañía de un oscuro personaje.
-¡Ya está!, dijo el pájaro; esto es una almeja. Pero no cualquier almeja; sabe música y se llama hiperhepatón.
-Encantado de conocerla, exclamó Amadeo.
-Huup, dijo la almeja, avara de palabras como era, y abrió acto seguido la boca.
-Entra ahí, dijo el pájaro-ampolla.
Amadeo obedeció. Caminó con dificultad porque debía cargar el violín. Una luz iluminó el salón, que era el instante de la almeja.
-Bienvenido, dijo una voz angélica.
-¿Quién eres?, preguntó Amadeo.
-Mi nombre es Khranki, dijo la voz que venía del fondo del salón.
-¿Qué haces aquí?
-Enseño música a los niños perdidos en el mar.
-Enséñame el violín, porque tengo que dar un concierto de aquí a pocos instantes.
-Bien, pero antes que nada, este violín es demasiado grande para ti, toma este otro.
Y Khranki le dio un violín de cristal.
-¡Anda, toca!
-Pero, es que…
-¡Toca!
Amadeo tomó el violín entre sus manos y le arrancó una nota. ¡Cuál no fue su sorpresa cuando el violín de cristal le mostró una casa, su casa, frente a la playa. Vio al niño que le había robado su tamaño, vio a su madrastra que, irreconocible, acariciaba la cabeza del niño y lo cubría de ternuras!
-Qué impostor!, exclamó Amadeo.
-¡Toca!, dijo Khranki.
Y Amadeo tocó su violín de cristal. Poco a poco el violín tocó solo. Y a medida que la música ocupaba el instante que era el vientre de la almeja, el violín mostraba la vida dichosa del niño impostor.
-Khranki, dijo él, esta música es terrible; hace ver cosas injustas.
-Estás demasiado ocupado en mirar tu pequeño mundo, y no ves lo que tienes al alcance de la mano.
-¿Qué cosa, pues?, preguntó Amadeo.
-Yo, dijo Khranki.
En ese momento, Amadeo vio delante de él una espléndida joven que lo observaba con amor y con pena. Él se miró en sus ojos y descubrió que ya no era un niñito sino un hombre joven.
-Ese impostor te ha hecho un gran favor, dijo Khranki. Sin él no habrías llegado nunca hasta mí.
-Es triste porque ahora tengo que partir a cumplir con mi compromiso de tocar ante los pájaros más exigentes del mundo.
-Olvídate de eso, dijo Khranki. Quédate aquí. Olvida el tiempo. Olvida el mundo. Sobre todo, olvida.
¡Quédate conmigo!
-Según ustedes, ¿qué hizo Amadeo?
-Si, él está todavía en el fondo del mar.
-¡Y es feliz!

Cuentos póstumos de H.C. Andersen, En: Poética del cine (Raúl Ruiz)

Historia del lagarto que tenía la costumbre de cenar a sus mujeres

Historia del lagarto que tenía la costumbre de cenar a sus mujeres

A la orilla del río, oculta por el pajonal, una mujer está leyendo. Érase que se era, cuenta el libro, un señor de vasto señorío. Todo le pertenecía: el pueblo de Lucanamarca y lo de más acá y lo de más allá, las bestias señaladas y las cimarronas, las gentes mansas y las alzadas, todo: lo medido y lo baldío, lo seco y lo mojado, lo que tenía memoria y lo que tenía olvido. Pero aquel dueño de todo no tenía heredero. Cada día su mujer rezaba mil oraciones, suplicando la gracia de un hijo, y cada noche encendía mil velas. Dios estaba harto de los ruegos de aquella pesada, que pedía lo que Él no había querido dar. Y al fin, por no escucharla más o por divina misericordia, hizo el milagro. Y llegó la alegría del hogar. El niño tenía cara de gente y cuerpo de lagarto. Con el tiempo el niño habló, pero caminaba arrastrándose sobre la barriga. Los mejores maestros de Ayacucho le enseñaron a leer, pero sus pezuñas no podían escribir. A los dieciocho años pidió mujer. Su opulento padre le consiguió una; y con gran pompa se celebró la boda en la casa del cura. En la primera noche, el lagarto se lanzó sobre su esposa y la devoró. Cuando el sol despuntó, en el lecho nupcial no había más que un viudo durmiendo, rodeado de huesitos. Y después el lagarto exigió otra mujer. Y hubo nueva boda, y nueva devoración. Y el glotón necesitó otra más. Y así. Novias, no faltaban. En las casas pobres, siempre había alguna hija sobrando. Con la barriga acariciada por el agua del río, Dulcidio duerme la siesta. Cuando abre un ojo, la ve. Ella está leyendo. Él nunca en su vida ha visto una mujer con anteojos. Dulcidio arrima la nariz -¿Qué lees? Ella aparta el libro y lo mira, sin asombro, y dice: -Leyendas. -¿Leyendas? -Voces viejas. -¿Y para qué sirven? Ella se encoge de hombros: -Acompañan -dice. Esta mujer no parece de la sierra, ni de la selva, ni de la costa. -Yo también sé leer - dice Dulcidio. Ella cierra el libro y da vuelta la cara. Cuando Dulcidio le pregunta quién es y de dónde, la mujer desaparece. El domingo siguiente, cuando Dulcidio despierta de la siesta, ella está allí. Sin libro, pero con anteojos. Sentada en la arenita, los pies guardados bajo las muchas polleras de colores, ella está muy estando, desde siempre estando; y así mira al intruso ése que lagartea al sol. Dulcidio pone las cosas en su lugar. Alza una pata uñuda y la pasea sobre el horizonte de montañas azules: -Hasta donde llegan los ojos, hasta donde llegan los pies. Todo. Dueño soy. Ella ni echa una ojeada al vasto reino y calla. Un silencio muy. El heredero insiste. Las ovejitas y los indios están a su mandar. Él es amo de todas estas leguas de tierra y agua y aire, y también del pedazo de arena donde ella está sentada: - Te doy permiso -concede. Ella echa a bailar su larga trenza de pelo negro, como quien oye llover, y el muy saurio aclara que él es rico pero humilde, estudioso y trabajador, y ante todo un caballero con intenciones de formar un hogar, pero el destino cruel quiere que enviude. Inclinando la cabeza, ella medita ese misterio. Dulcidio vacila. Susurra: -¿Puedo pedirte un favor? Y se le arrima de costadito, ofreciendo el lomo. -Ráscame la espalda -suplica- que yo no llego. Ella extiende la mano, acaricia la ferruginosa coraza y elogia -es una seda. Dulcidio se estremece y cierra los ojos y abre la boca y alza la cola y siente lo que nunca. Pero cuando da vuelta la cabeza, ella ya no está. Arrastrándose a toda velocidad a través del pajonal, la busca al derecho y al revés y por los cuatro costados. No hay rastros Y el domingo siguiente, ella no viene a la orilla del río. Y tampoco viene el otro domingo, ni el otro. Desde que la vio, la ve .Y nada más ve. El dormilón no duerme, el tragón no come. La alcoba de Dulcidio ya no es el feliz santuario donde él reposaba amparado por sus difuntas esposas. Las fotos de ellas siguen allí, tapizando las paredes de arriba a abajo, con sus marcos en forma de corazón y sus guirnaldas de azahares; pero Dulcidio, condenado a la soledad, yace hundido en las cobijas y en la melancolía. Médicos y curanderos acuden desde lejos, y ninguno puede nada ante el vuelo de la fiebre y el derrumbe de todo lo demás. Prendido a la radio a pilas, que le ha vendido un turco de paso, Dulcidio pena sus noches y sus días suspirando y escuchando melodías pasadas de moda. Los padres desesperados, lo miran marchitarse. Él ya no exige mujer como antes exigía: -Tengo hambre. Ahora suplica: -Yo soy un pordiosero del amor, y con voz rota, y alarmante tendencia a la rima, musita homenajes de agonía a la dama que le ha robado la calma y el alma. Toda la servidumbre se lanza a buscarla. Los perseguidores revuelven el cielo y la tierra, pero ni siquiera se sabe el nombre de la evaporada, y nadie ha visto jamás a ninguna mujer de anteojos en estos valles, ni más allá. En la tarde de un domingo, Dulcidio tiene una corazonada. Se levanta, a duras penas, y de mala manera se arrastra hasta la orilla del río. Y allí está ella. Bañado en lágrimas, Dulcidio declara su amor a la niñacha desdeñosa y esquiva, confiesa que de sed perezco por las mieles de tu boca, proclama que ni tu olvido merezco, palomita que me aloca, y la abruma de lindezas y arrumacos. Y se viene la boda. Todo el mundo agradecido, porque ya el pueblo lleva largo tiempo sin fiesta y allí Dulcidio es el único que se casa. El cura hace precio, por tratarse de un cliente tan especial. Gira el charango alrededor de los novios y suenan a gloria el arpa y los violines. Se brinda por el amor eterno de la feliz pareja, y ríos de ponche corren bajo las ramadas de flores. Dulcidio estrena piel nueva, rojiza en el lomo y verdiazul en la cola prodigiosa. Y cuando los dos quedan al fin solos, y llega la hora de la verdad, él ofrece: -Te doy mi corazón. Písalo sin compasión. Ella apaga la vela de un soplido, deja caer su vestido de novia, esponjoso de encajes, se saca lentamente los anteojos y le dice: -No seas huevón. Déjate de pendejadas. De un tirón lo desenvaina y arroja la piel al suelo. Y abraza su cuerpo desnudo, y lo arde. Después, Dulcidio se duerme profundamente, acurrucado contra esta mujer, y sueña por primera vez en la vida. Ella se lo come dormido. Lo va tragando de a poquito, desde la cola hasta la cabeza, sin hacer ruido ni mascar fuerte, cuidadosa de no despertarlo, para que él no vaya a llevarse una fea impresión.



y otro cuento más de Galeano...


1976, en una cárcel del Uruguay: Pájaros prohibidos.


Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar rápido ni saludar a otro preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas, ni pájaros.

Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores se lo rompen a la entrada de la cárcel. Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas: - ¿Son naranjas? ¿Qué frutas son? La niña lo hace callar: -Ssshhhh. Y en secreto le explica: - Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.

El último encuentro

Un pequeño aporte para su blog Sandor Marai y su libro El Último Encuentro. Mónica Hinrichsen.

“Uno está convencido, y mi padre todavía lo enten­día así, de que la amistad es un servicio. Al igual que el ena­morado, el amigo no espera ninguna recompensa por sus sentimientos. No espera ningún galardón, no idealiza a la persona que ha escogido como amiga, ya que conoce sus defectos y la acepta así, con todas sus consecuencias. Esto sería el ideal. Ahora hace falta saber si vale la pena vivir, si vale la pena ser hombre sin un ideal así. Y si un amigo nues­tro se equivoca, si resulta que no es un amigo de verdad, ¿podemos echarle la culpa por ello, por su carácter, por sus debilidades? ¿Qué valor tiene una amistad si sólo amamos en la otra persona sus virtudes, su fidelidad, su firmeza? ¿Qué valor tiene cualquier amor que busca una recompen­sa? ¿No sería obligatorio aceptar al amigo desleal de la mis­ma manera que aceptamos al abnegado y fiel? ¿No sería justamente la abnegación la verdadera esencia de cada rela­ción humana, una abnegación que no pretende nada, que no espera nada del otro? ¿Una abnegación que cuanto más da, menos espera a cambio? Y si uno entrega a alguien toda la confianza de su juventud, toda la disposición al sacrificio de su edad madura y finalmente le regala lo máximo que un ser humano puede dar a otro, si le regala toda su confianza ciega, sin condiciones, su confianza apasionada, y después se da cuenta de que el otro le es infiel y se comporta como un canalla, ¿tiene derecho a enfadarse, a exigir venganza? Y si se enfada y pide venganza, ¿ha sido un amigo él mismo, el engañado y abandonado? ¿Ves?, este tipo de cuestiones teóricas me han ocupado desde que me quedé solo.”


“—Porque en la vida de un hombre no solamente ocurren las cosas. (…) Uno también construye lo que le ocurre. Lo construye, lo invoca, no deja escapar lo que le tiene que ocurrir. Así es el hombre. Obra así incluso sabiendo o sintiendo desde el principio, desde el primer instante, que lo que hace es algo fatal. Es como si se mantu­viera unido a su destino, como si se llamaran y se crearan mutuamente. No es verdad que la fatalidad llegue ciega a nuestra vida, no. La fatalidad entra por la puerta que noso­tros mismos hemos abierto, invitándola a pasar. No existe ningún ser humano lo bastante fuerte e inteligente para evitar mediante palabras o acciones el destino fatal que le deparan las leyes inevitables de su propia naturaleza y ca­rácter.”


“¿Qué significa la fidelidad, qué esperamos de la persona a quien amamos? Yo ya soy viejo, y he reflexiona­do mucho sobre esto. ¿Exigir fidelidad no sería acaso un grado extremo de la egolatría, del egoísmo y de la vanidad, como la mayoría de las cosas y de los deseos de los seres humanos? Cuando exigimos a alguien fidelidad, ¿es acaso nuestro propósito que la otra persona sea feliz? Y si la otra persona no es feliz en la sutil esclavitud de la fidelidad, ¿amamos a la persona a quien se la exigimos? Y si no ama­mos a esa persona ni la hacemos feliz, ¿tenemos derecho a exigirle fidelidad y sacrificio? Ahora, al final de mi vida, ya no me atrevería a responder a estas preguntas, si alguien me las formulase (…). Pero, en fin, así es el hombre, que incluso siendo inteligente y experimenta­do puede hacer muy poco en contra de su naturaleza y de sus obsesiones.”


“Sobrevivir a al­guien a quien se quiere tanto como para llegar al homici­dio, sobrevivir a alguien por quien nos habríamos dejado matar por amor es uno de los crímenes más misteriosos e incalificables de la vida. Los códigos penales no reconocen este delito. Pero nosotros dos sí que lo hacemos (…). He visto la paz y la guerra, he visto la miseria y la grandeza, te he visto cobarde y me he visto a mí mismo vani­doso, he visto la confrontación y el acuerdo. Pero en el fondo, quizás el último significado de nuestra vida haya sido esto: el lazo que nos mantuvo unidos a alguien, el lazo o la pasión, llámalo como quieras. ¿Es ésta la pregunta? Sí, ésta es. Qui­siera que me dijeras —continúa, tan bajo como si temiera que alguien estuviera a sus espaldas, escuchando sus pala­bras— qué piensas de esto. ¿Crees tú también que el sentido de la vida no es otro que la pasión, que un día colma nuestro corazón, nuestra alma y nuestro cuerpo, y que después arde para siempre, hasta la muerte, pase lo que pase? ¿Y que si he­mos vivido esa pasión, quizás no hayamos vivido en vano? ¿Que así de profunda, así de malvada, así de grandiosa, así de inhumana es una pasión?… ¿Y que quizás no se concentre en una persona en concreto, sino en el deseo mismo?… Tal es la pregunta. O puede ser que se concentre en una persona en concreto, la misma siempre, desde siempre y para siempre, en una misma persona misteriosa que puede ser buena o mala, pero que no por ello, ni por sus acciones ni por su ma­nera de ser, influye en la intensidad de la pasión que nos ata a ella. Respóndeme, si sabes responder —dice elevando la voz, casi exigiendo.— ¿Por qué me lo preguntas? —dice el otro con cal­ma—. Sabes que es así.”

04 octubre 2007

Charlotte Brontë (Jane Eyre, 1847)


Editorial Portada


-¡Silencio, Jane! Das excesiva importancia al cariño, eres demasiado vehemente e impulsiva. Acuérdate de que la mano soberana que te ha creado, dándote la vida, te otorgó también otros dones, además de tu cuerpo, frágil como el de otras criaturas… tan frágiles como tú. Fuera de este mundo y de la raza humana existe otro de espíritus invisibles que nos rodea, pues está en todas partes, y estos espíritus nos vigilan y tienen la misión de guardarnos. Y cuando estemos agonizando de dolor y vergüenza, y el desprecio de todos nos persiga, y el odio nos aplaste, los ángeles ven nuestro suplicio y reconocen nuestra inocencia, si somos inocentes, como yo sé que tú lo eres de la culpa que con tanto aparato ha lanzado contra ti el señor Brocklehurst, instigado por la señora Reed, pues lo leo en tu mirada luminosa y en tu frente despierta. Dios está esperando la separación del cuerpo y del alma para coronarnos con el premio que hayamos merecido. ¿Por qué desesperamos, si la vida es tan breve y la muerte es el atrio de la felicidad y de la gloria?

- Porque yo tengo menos méritos que ella para merecerlo. Ella puede acudir a su antigua amistad y a la costumbre que usted ha establecido de comprarle juguetes, y la costumbre crea los derechos. En cambio yo, desde el momento que soy una extraña para usted, no tengo por qué pensar que se ocupe de mí.

Antes de comenzar tengo que advertirle que la tal historia le va a sonar a algo muy conocido, pero las cosas antiguas suelen refrescarse y valorizarse cuando pasan por el tamiz de otros labios.

- No es imposible – repetí yo con desdén -. Mi corazón no es para ti. Para ti guardo la constancia de un compañero, la sinceridad de un soldado, la lealtad, la camaradería y hasta el respeto de un neófito y la sumisión a un superior, si así lo prefieres.

02 octubre 2007

Knut Hamsun (Hambre, 1890)



Ed. Zig-Zag, 1930

Kunt Hamsun .... Cuanta desesperación se siente al leerlo!

Apoyando los codos sobre el alfeizar e incorporándome, saqué afuera la cabeza para bañarme de aire. Era ciertamente un claro día, la anunciación del otoño, la estación fina y sutil que muda y transforma los colores.

-Espere usted, hombre, espere. ¡Aquí se deja usted dos pequeñas miserias, nada, que con ser tan poco es lo único que en el mundo posee!
Y sus palabras infligían tan duramente mi situación, sonaban tan tristes en la agonía de la tarde, que comencé a llorar…
El viento soplaba cada vez más fuerte, arrastrando las nubes que celaban la luz; con la noche, el frío se hacía más agudo. Anduve llorando por toda aquella calle; sentía una tal compasión de mí mismo, que las palabras con que intentaba consolarme arrancaban de mí nuevos sollozos…

… Desde hace veinte primaveras, día por día y hora por hora, estuve esperando este momento; la noche estrellada sabe de mis súplicas y de mis impaciencias; he acompañado vuestras tristezas con mis dolores y nada me fue más grato que poner en vuestros ensueños el tibio aroma de mis esperanzas…
Me encontraba ahora en el momento lírico del hambre; exento de dolor sentíame ingrávido y ligero como una pluma. Y de esta pura ingravidez eran mis pensamientos. Atado a la sorpresa de mi expresión me di en buscarle significado.

Al llegar a la calle me dio la idea de que lo que debía pedir era un panecillo en vez de una bujía. Estaba indeciso; me paré un momento reflexionando. ¡No, de ninguna manera! – concluí al fin -. Desgraciadamente, no me encontraba yo en estado de soportar ninguna comida; en el momento en que volviese a ingerir algo sería presa de las mismas alucinaciones, de las mismas quimeras y propensiones absurdas; mi artículo tampoco se acabaría, y era preciso ofrecérselo al director antes que tuviese tiempo de olvidarme. ¡De ninguna manera! Resueltamente me decidí por la bujía y penetré en la tienda.

¿Por qué no me habría delatado? Entonces habría alcanzado mi vida un fin. Y mis manos no habrían opuesto resistencia a las esposas; al contrario, se habrían ofrecido. ¡Dios del cielo, el resto de mi vida por un segundo de felicidad, por un momento de reconciliación con la vida! ¡Por una vez al menos!...

Clifford D. Simak (Estación de tránsito, 1963)


Way Station
Biblioteca de Ciencia Ficción Orbis, 1986
Traducción: J. Ribera

No te muevas y sabrás; simplemente escu­cha las estrellas...

Que puedo decir, un comienzo un poco lento y descriptivo, cuya historia va increscendo de una forma sublime, hasta alcanzar un climax...., sorprendente, como la música de GYBE. Además, de Way Station, recomiendo total y absolutamente Ciudad, la historia de los humanos contada por perros.

Fragmentos:

Así fue corno todo empezó, pensaba Enoch, hacía casi cien años. Las divagaciones hechas al amor de la lumbre se convirtieron en realidad y la Tierra ya figuraba en todas las cartas galácticas, como estación de tránsito para muchos viajeros que iban de una a otra estrella. Que de momento fueron extraños para él, pero que ahora ya no lo eran. Ya no existían extraños. Bajo cualquier forma, bajo cualquier finalidad, para él todos eran personas.

Se había acordado entonces de que había estado sen­tado en la escalera, pensando en lo solo que estaba y en un nuevo comienzo, sabiendo que era inevitable empezar de nuevo, empezar otra vez desde cero para volver a edi­ficar su vida.
Y aquí, de pronto, estaba aquel nuevo comienzo... más terrible y maravilloso que todo cuanto hubiera podido soñar, incluso en un momento de demencia.

… Había muchas cosas, se dijo, que el hom­bre no sólo tendría que aprender, sino que desaprender, si alguna vez quería convertirse en un miembro de la cultura galáctica.

Enoch, tieso y erecto, incapaz de hablar, estaba apresa­do por un helado terror, mientras un millón de pensamien­tos inconexos giraban en círculo en su cerebro.

En pie allí, a los rayos ponientes de postrimerías del estío, estremecióse a un aire frío que pareció estar soplando de alguna ignota dimensión de irrealidad, preguntándose por vez primera (por primera vez se había, visto obligado a preguntárselo) qué clase de hombre era él. ¿Un hombre encantado que debía pasar la vida ni comple­tamente extranjero ni completamente humano, que di­vidía las lealtades, con viejos fantasmas para recorrer los años y millas con él, cualquiera que fuese la vida que escogiera, la de la Tierra o la de las estrellas? ¿Un mestizo cultural, no comprendiendo ni a la Tierra ni a las estrellas, teniendo una deuda con ambas, pero no pagando ninguna? ¿Un sin hogar, una criatura errante que no podía reconocer la verdad de la mentira, habiendo visto tan diferentes (y lógicas) versiones de ambas?

Su mareo se diluyó en el suelo bajo él, y le sucedió una paz... la paz del terreno de árboles y bosques, y de la pri­mera calma y quietud de la caída de la noche. Como si el firmamento y las estrellas y el mismo espacio se hubiesen inclinado junto a él y le estuvieran cuchicheando su esen­cial y única singularidad. Y por un instante le pareció que había asido el borde de alguna gran verdad, y que con esta verdad había llegado a un consuelo y a una grandeza que jamás antes conociera.

… Convertía la distancia más lejana en algo cercano, transformaba lo complejo en algo simple y alejaba toda clase de temores y de penas, aún habiendo en ello una cierta sensación de profunda aflicción, como si uno supiera que nunca, en todo lo que le quedara de vida, viviría un instante como éste, y que al momento siguiente lo perdería y ya jamás sería capaz de recuperarlo. Y, sin embargo, no era así como transcurría todo, porque este instante dominante seguía y seguía existiendo.

31 agosto 2007

Knut Hamsun (Pan, 1894)


Más info:

Un día el doctor me habló de Eduarda y, contra mi miedo, su nombre, al mezclarse en la conversación, no me impresionó; le oí referirse a sus opiniones, a sus actos, sin emoción alguna, cual si se tratase de persona o, más bien, de cosa lejana, sin la menor relación con mi vida; y esta sensación, a la vez balsámica y triste, me hacía pensar una y otra vez: "¡Qué de prisa olvidamos!"

Su voz penetra como un rayo de sol por la puerta de mi cabaña, y mi sangre dormida acelera su curso y me sube al rostro.

—Tiene razón: soy torpe en sociedad y necesito de la indulgencia... Sólo en el bosque, donde mi falta de cortesanía no molesta a nadie, vivo bien; en cuanto abandono esta querida soledad, necesito vigilarme yo mismo y hasta tener quien me vigile.
—Sus inconveniencias son tantas, que es imposible no cansarse de sufrirlas y de prevenirlas.


—Pues es algo extraordinario. Una mañana, por ejemplo, la pasas entera paseando por un camino en el que esperas encontrar a una persona querida, que no llega por la simple razón de tener cualquier ocupación más interesante para ella en otra parte... Ya ves qué cosa tan sencilla. Conocí a un viejo lapón, ciego desde hacía cincuenta años, que a los setenta imaginábase poder ver un poquito mejor cada día. Los progresos resultaban lentos, lentísimos; pero de no interrumpirse —decía él—, "dentro de seis o siete años podré entrever el sol". Sus cabellos eran negros como los de un joven, y en cambio, sus ojos eran blancos; fumábamos muchas veces juntos, y me decía que de niño había visto perfectamente... Era fuerte, tenaz en la esperanza. Cuando me iba me acompañaba algún trecho, y deteniéndose de vez en cuando, me decía: "Allí está el Sur; allá el Norte; seguirás esa dirección unos trescientos pasos y luego torcerás a la derecha, ¿no es así?" "Así es", decíale yo, y él sonreía entonces satisfecho, asegurándome que la prueba de que veía mejor era que cincuenta años antes no me habría podido indicar la dirección tan exactamente. Luego casi a cuatro patas, se metía en su cabañuela y, sentado junto al fuego, dedicábase a acariciar el anhelo de recobrar la vista... Ya ves... La esperanza es cosa curiosa, Eva. Mira si es curiosa, que yo espero olvidar a la persona que no quiso pasar por el camino en donde yo estuve toda la mañana esperándola.

Se fue en seguida, y colmado por tanta amabilidad, me aislé en el baile para saborear mi dicha, y me despedí poco después. ¡Cuánta bondad, cuánta inesperada bondad! ¿Cómo podría correspondería? El frío entumecía mis manos y una sensación deliciosa de inexistencia me impedía cerrar los puños. Llegué tarde a mi cabaña porque di un rodeo para ir a preguntar al muelle si el vapor llegaría al día siguiente antes de la noche... Por desgracia, hasta la próxima semana no estaría allí; así que cuando me encontré en mi albergue me puse a sacar del cofre el traje mejor y a limpiarlo y zurcirlo con ganas hondas y pueriles de llorar... Al terminar la obra me acosté; mas una idea importuna le cerró el paso al sueño: "Ha sido una estratagema — me dije—; de no haber estado allí, no habría sido invitado... Y, sin embargo, no se puede negar que me instó y hasta mostró miedo de recibir a última hora una excusa."
Pasé mal la noche, y muy de mañana salí para el bosque, transido, malhumorado, febril... ¡Ah! ¿De modo que se preparaba una gran recepción en Sirilund en honor del barón? Pues lo que yo debía hacer era no ir ni disculparme... Estaba decidido... ¡No faltaba más!
La neblina extendióse densa y una humedad glacial me impregnó la ropa y entorpeció mis movimientos; no llovía, mas sentía la cara mojada y yerta de frío. De tarde en tarde alguna ráfaga hacía circular sobre el paisaje jirones dormidos de bruma. El día pasó y sobrevino el crepúsculo, verdadero heraldo de una noche sin luz y sin estrellas. Como no tenía prisa, erré tranquilamente, y hasta me aventuré en dirección desconocida con el deseo de perderme en una de las partes inexploradas del bosque.


… El fresco del otoño, el frío del invierno, han entumecido sus sentidos, que dormirán castamente hasta la primavera... No, no vendrá ni ella ni ninguna mientras las plantas estén sin flor y el cielo sin esplendor... Es tiempo de reposar, de recordar... El sol se ha hundido ya en las olas y tardará en volver a alzarse.

Cae la noche, el muelle se borra y una melancolía infinita invade en amargo oleaje mi corazón… El buque jadea y empieza a moverse. Se encienden las luces de tierra y puedo leer en una fachada este letrero: “Depósito de sal y toneles vacíos”… Poco a poco las letras se empequeñecen por la distancia, se embrollan, se extinguen… La luna y las estrellas surgen, las montañas delinean en el horizonte sus curvaturas de gigantes, y tras el acantilado aparece el inmenso bosque… ¡Qué emoción! Allí está el molino, allí estaba mi cabaña, allí está, solitaria y gris, la enorme piedra que respetó el incendio… ¡Ah, Iselina! ¡Eva!
Y la noche boreal amortaja con su tristeza el paisaje.

Máximo Gorki (La Madre, 1907)



Ed. EDAF, 1966

Tenía la voz baja pero firme, y en los ojos le relucía un deseo obstinado. Pelagia comprendió que su hijo estaba consagrado para siempre a un algo misterioso y terrible. En la vida, todo le había parecido siempre inevitable; se había acostumbrado a someterse sin reflexio­nar; se echó a llorar dulcemente, sin encontrar palabras en su corazón, oprimido por la angustia y la pena.

-¡Yo mismo no entiendo cómo ha sucedido! En la niñez todos me daban miedo… Cuando crecí, empecé a odiarlos… a unos, por cobardes; a otros, no sé por qué… Ahora ya no es lo mismo; creo que me dan lástima… No entiendo cómo, pero el corazón se me puso más tierno cuando supe que había una verdad para los hombres y que no todos tienen la culpa de lo ignominioso de su vida…

-¿Hay en el mundo un alma que no haya sentido ofensa? A mí me han ultrajado ya tanto, que me cansé de montar en cólera. ¿Qué hará uno, si la gente no puede obrar de otro modo? Las injurias me molestan mucho, me impiden trabajar…, pero no puede uno evitarlas, y si se detiene a pensarlo, es tiempo que pierde. ¡Así es la vida! Tiempo atrás me enfadaba con todos…, luego vino la reflexión y vi que todos tenían el corazón hecho pedazos. Cada cual teme el golpe del vecino y trata de golpearle primero. ¡La vida es así, madrecita!

… Le palpitaba de ansiedad el corazón. Apréciale que sus palabras se habían disipado sin dejar huella en aquellos hombres, como gotas de lluvia cuando salpican la tierra agrietada por larga sequía…

-¡Es un muchacho difícil!... Pero ya se le pasará. Yo también he sido como él. Cuando el corazón no se quema con ardor, se le acumula dentro mucho hollín…

Aturdida, sin darse cuenta de lo que estaba viendo, la madre no quitaba los ojos de Rybin. Hablaba él, y oía ella el sonido de su voz, pero las palabras volaban sin despertar eco en el vacío tembloroso y oscuro de su corazón…

-¡Hay que ver, qué horrible! Un puñado de hombres estúpidos, golpean, ahogan y oprimen a todo el mundo para defender su funesto poder sobre el pueblo… Aumenta la ferocidad, y la crueldad se hace ley de la vida… ¡Reflexione! Unos pegan y se portan como brutos, porque tienen la impunidad asegurada, porque sienten por dentro la necesidad voluptuosa de atormentar, ese mal repugnante de los esclavos a quienes permiten manifestar sus instintos serviles y sus hábitos bestiales en toda su fuerza. Otros están envenenados por la venganza; los terceros, idiotizados a golpes, se vuelven ciegos y mudos… ¡Pervierten al pueblo, al pueblo entero!

Sonrió la madre, sin comprender… Todo lo que iba pasando no era para ella más que el prefacio, inútil y forzoso, de algo terrible, que dejaría aplastados con frío terror a todos los asistentes…

… Aquellos cuerpos debían excitar en ellos una envidia impotente y mala, una avidez ardiente de agotados y enfermos. Hacían chascar los labios y se lamentaban de no tener aquellos músculos, capaces de trabajar y enriquecer, de gozar y crear. Ahora, tales cuerpos iban a salir de la circulación activa de la vida, renunciaban a ella, no podrían ya poseerlos, aprovechar su fuerza ni devorarlos. Por eso los muchachos inspiraban a los viejos jueces la animosidad vengativa y desolada de una fiera débil que ve carne fresca, pero carece ya de energía para apresarla.

Cuando las dos mujeres se separaron, Lludmila miró a Pelagia de frente y preguntó en voz baja:
-¿Sabe que da gusto estar con usted?
Y se contestó a sí misma:
-¡Sí! Es como estar en una montaña muy alta, al amanecer…

02 agosto 2007

Augusto Roa Bastos (El Trueno entre las hojas, 1953)



Ed. Bruguera, 1981

...La intencionalidad radica en un humanismo antropocéntrico e inmanente por el cual afirma al hombre en tanto se lo considera capaz de realizar todos los valores y de adueñarse del mundo y de la vida, moldeándolos a su servicio. El optimismo que se desprende de esta concepción constituye la fuerza motriz con que Roa Bastos enfrenta el fatalismo histórico de su tierra paraguaya. Es por ello que, si bien los personajes de El trueno entre las hojas – tanto individuales como colectivos – son mostrados en su enfrentamiento con situaciones límite (la muerte, la lucha, el sufrimiento) como única realidad radical y medida de su aniquilamiento, hay siempre una cuota de esperanza que trasciende la circunstancialidad concreta para proyectarse a un orden justo y armonioso. (Fragmento del Prólogo escrito por Mabel Piccini)

Escribe Marx en El Capital: “En efecto, el reino de la libertad sólo comienza allí donde termina el trabajo impuesto por la necesidad y por la coacción de los fines externos….”, idea que tiene su explicación en aquella otra de origen hegeliano: “el trabajo es el acto de la autocreación del hombre”. Dentro del humanismo marxista, el trabajo es, pues, una categoría antropológica, en tanto se manifiesta como una expresión de la vida, como actividad y no como mercancía. (Fragmento del Prólogo escrito por Mabel Piccini)

Carpincheros

Era infalible. Un rato después, los cachiveos pasaban peinando la cabellera de cometa verde del río. El corazón le palpitaba fuertemente a Margaret. Sus ojillos encandilados rodaban en las estelas de seda líquida hasta que el último de los cachiveos desaparecía en el otro recodo detrás del brillo espectral del banco de arena roído por los pequeños cráteres de sombra.

- ¡Gretchen..., Gretchen…! – su grito agrio y seco tiene ya la desmemoriada insistencia de la locura.

El viejo señor Obispo

- Ya no se puede confiar ni en los obispos. Usted debió cumplir con su deber denunciando a esos sucios traidores de la patria.
- La tiranía no es la patria, señor general – dijo el Obispo -. Los oprimidos tienen derecho a la rebelión. Yo cumplo con mi deber de sacerdote y de ciudadano ayudándolos.
- ¡Usted no es más que un perro tonsurado! – le gritó muy cerca del rostro, casi escupiéndolo, el generalote enfurecido.
- ¡Un perro subversivo! – ratificó con el mismo furor el jefe de policía secreta, un mestizo pequeño, hinchado por la ira como un sapo de cobre con moteaduras vinosas.

La excavación

No le quedaba otro recurso que cavar hacia delante. Cavar con todas sus fuerzas, sin respiro; cavar con el plato, con las uñas, hasta donde pudiese. Quizá no eran cinco metros los que faltaban; quizá no eran veinticinco días de zapa los que aún lo separaban del boquete salvador de la barranca del río. Quizá eran menos, sólo unos cuantos centímetros, unos minutos más de arañazos profundos. Se convirtió en un topo frenético. Sintió cada vez más húmeda la tierra. A medida que le iba faltando el aire, se sentía más animado. Su esperanza crecía con la asfixia. Un poco de barro tibio entre los dedos le hizo prorrumpir en un grito casi feliz. Pero estaba tan absorto en su emoción, la desesperante tiniebla de túnel lo envolvía de tal modo, que no podía darse cuenta de que no era la proximidad del río, de que no eran las filtraciones las que hacían ese lodo tibio, sino su propia sangre brotando debajo de las uñas en las yemas heridas por la tosca. Ella, la tierra densa e impenetrable, era ahora la que, en el epílogo del duelo mortal comenzado hacía mucho tiempo, lo gastaba a él sin fatiga y lo empezaba a comer aún vivo y caliente.

Regreso

El alarido se hace más agudo. Lacú ve a una mujer de luto que se arrastra a los pies de un jefe militar alto y obeso lleno de antorchados. Se abraza a sus pies y le pide clemencia para el hijo que van a fusilar. El jefe la aparta violentamente con el pie y levanta la mano al oficial que manda el pelotón. Al hombre en camisa lo han puesto de espaldas contra un montículo de tierra. Tiene vendados los ojos.
El oficial grita: “¡Preparen….!”. A Lacú le golpea enloquecidamente el corazón. Ha visto morir a los hombres, pero esta forma de matar a un hombre en lo que parece una fiesta le impresiona singularmente, le subleva intimamente. El oficial grita: “¡Apunten…!” Entonces el hombre se arranca la venda de los ojos, de un manotazo se rasga la camisa y golpeándose el pecho con el puño, grita a su vez. La voz llega nítida y conocida a los oídos de Lacú:
- Disparen aquí, cobardes….! ¡Adiós, mamá…! ¡Viva el Paraguay…!
Cuando llegó a Lacú el grito estentóreo de su hermano, la descarga cerrada del pelotón se anuda a su última palabra.

Galopa en dos tiempos

Uno de los intermitentes sismos políticos del país lo expulsó, junto con muchos otros, camino del destierro. Y Rosa desapareció en una de las grietas que quedaron abiertas en la corteza social que se tragaron sin piedad a muchas como ella.

01 agosto 2007

Virginia Woolf (Un cuarto propio, 1929)



Ed. Cuarto Propio, 1993






Todo lo que puedo ofrecerles es una opinión sobre un tema menor: para escribir novelas, es necesario que una mujer cuente con dinero y con un cuarto propio; y eso, como ustedes verán, deja sin resolver el problema esencial de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la ficción.

Por un momento la conversación cesó. La constitución humana, siendo lo que es – cerebro, cuerpo y corazón, todos ligados y no circunscritos en compartimentos aislados, como sin duda lo estarán durante otro millón de años -, una buena comida es muy importante para una buena conversación. Si uno ha comido mal, no puede pensar bien, amar bien ni dormir bien.

Aquí recuperé el aliento y anoté al margen: ¿Por qué razón dirá Samuel Butler “Los hombres sabios nunca dicen lo que piensan de las mujeres”? Parece que los hombre sabios, aparentemente, no dicen otra cosa. Sin embargo, proseguí, recostada en mi asiento mirando la vasta cúpula de la que yo era un solo pensamiento, aunque uno bastante perplejo, lo penoso es que los hombres sabios nunca piensan lo mismo de las mujeres. He aquí a Pope: La mayoría de las mujeres carecen de todo carácter.
Y tenemos a Bruyere: Las mujeres son extremas: ellas son mejores o peores que los hombres – una contradicción flagrante de agudos observadores que eran contemporáneos. ¿Son capaces de educación o incapaces? Napoleón las creyó incapaces. El doctor Johnson opinó lo contrario: “Los hombres saben que las mujeres pueden más que ellos, y por eso eligen las más débiles o las más ignorantes. Si no fuera así, jamás temerían que las mujeres supieran tanto como ellos… ¿Tienen alma o no la tienen? Ciertos primitivos dicen que no. Otros, al contrario, sostienen que las mujeres son semidivinas y las veneran......

Y sin duda, pensé, mirando el anaquel donde no existen dramas escritos por mujeres, su obra hubiera aparecido sin su firma. Seguramente hubiera buscado ese refugio. Un resabio del sentido de castidad dictó el anónimo a las mujeres, aún en el siglo diecinueve. Currer Bell, George Eliot, George Sand, todas víctimas de la lucha interior, como lo prueban sus escritos, quisieron ocultarse inútilmente bajo un nombre masculino.

Cuentos Rusos



(M. Gorki / I. Bunin / V. Korolenko / I. Bábel / A. Tolstói / I. Ilf y E. Petrov / T. Tess / K. Paustovski)


Ed. Salvat, 1970

Chelkash (Máximo Gorki)

… La memoria, este látigo de los desgraciados, reanima hasta las piedras de otros tiempos, e incluso en el veneno bebido en épocas pretéritas pone a veces unas gotas de miel …

Chelkash permanecía silencioso. Las guías del bigote le colgaban, las salpicaduras de las olas le habían mojado el costado derecho, sus ojos estaban hundidos y habían perdido el brillo. Todo cuanto de ave de presa había en su figura, se había esfumado bajo el peso de los pensamientos, que dejaban huella hasta en los pliegues de su sucia camisa.

La luz del sol (Tatiana Tess)

Un lobo grande, de pecho ancho y robusto, se acercó al profesor, dio un salto, le puso las patas en los hombros y le miró a la cara con ojos oscuros y ardientes, como si esperase de él, del hombre, la explicación de la zozobra que le dominaba y de la inquietud que se había apoderado de la naturaleza.

10 julio 2007


Valentine Penrose (La condesa sangrienta, 1962)

La Comtesse sanglante


Ediciones Siruela, 1996


Ilava estaba blanco. El castillo, cuadrado, emergiendo de entre la nieve, parecía preso en el hielo de sus fosos. Erzsébet, que había bajado de Csejthe para ir a Bicse, circulaba en carruaje por el camino real donde la nieve era menos espesa y que, al huir, cruzaban animalillos y pájaros de color marfil que lucían rayas y manchas rojas. En el coche, calientapiés y pieles de oso conservaban el calor de las mujeres amontonadas bajo prendas de piel. Erzsébet dormitaba, envuelta en pieles de martas enteras, erizada como un suntuoso animal engalanado para el invierno. Le disgustaba ir a esa boda, tener que vivir durante semanas la vida de una invitada de categoría a la que nunca se deja a su albedrío, rodeada de sirvientas extrañas que continuamente cruzarían por su cuarto. Sin contar a la anfitriona que podía visitarla inopinadamente. Iba tan disgustada, dando tumbos por el camino de Bicse, que sintió apuntar en sí la extraña advertencia que tan bien conocía, y que la ira o un deseo contrariado siempre habían provocado en los Báthory. Sin el menor pretexto, dio orden de que fueran por una de las jóvenes sirvientas que la acompañaban. Hasta precisó su nombre. En su semidelirio, veía siempre desfilar ante sus ojos los rostros de las jóvenes campesinas en que más se había fijado mientras se dedicaban a sus tareas en las habitaciones o en los patios. Por otra parte, siempre llevaba encima una lista de los nombres de estas muchachas. Pues, en un momento dado, era a ésta a la que tenía necesidad de sacrificar, y no a otra; y pronto.
La nieve, suspendida del cielo pero dispuesta a seguir cayendo, creaba ese ambiente propio del desierto, del invierno, de la montaña, donde todo es sólo estepa estéril, donde los límites se disuelven, donde desaparece todo sentimiento de responsabilidad. La muchacha llegó llorando. La empujaron dentro de la carroza, ante la Condesa, que se puso a morderla frenéticamente y a pellizcarla donde podía. Debió de ser entonces, como era frecuente tras tan crueles libertades, cuando la Condesa cayó en uno de esos trances que, precisamente, buscaba.
Mientras las damas de compañía rodeaban solícitamente a su señora, en medio de la habitual turbación, la joven campesina se escabulló fuera de la carroza, sin hacer ruido en la blanda nieve, y dejó borrarse en el horizonte ya gris de los cortos días invernales el maldito coche con su vampiro dentro. Permaneció así mientras caía la noche, a la que estaba acostumbrada, poniéndose nieve en las mordeduras, atemorizada sin embargo, escuchando si los animales de la llanura comenzaban a merodear. Pero ya en la lontananza del camino se había inmovilizado un bulto negro. De repente, hubo mucha agitación en torno al bulto, se encendieron antorchas. La campesina echó a correr y emprendió la huida por el campo. Pronto la cogieron y la llevaron de nuevo hacia el coche donde los lacayos, Dorkó y Jó Ilona la esperaban. Dorkó vociferaba. Pero la Condesa, inclinándose, le murmuró unas breves palabras al oído.
Cuando llegaron a las cercanías del castillo de Ilava, muy próximo, los lacayos fueron a sacar agua de debajo del hielo de los fosos, de entre los juncos que el invierno había secado. Jó Ilona le había arrancado la ropa a la joven sirvienta y la tenía, desnuda, de pie en la nieve, en medio del corro de las antorchas. Le echaron por encima el agua, que se le congeló instantáneamente sobre el cuerpo. Erzsébet miraba desde la portezuela de la carroza. La muchacha intentó débilmente moverse hacia el calor de las antorchas; volvieron a echarle agua. No pudo caer, al no ser ya más que una alta estalagmita muerta, con la boca abierta, que se veía a través del hielo. La enterraron al borde del camino, en el campo, bajo la nieve. Hundieron un poco el cadáver en la tierra, donde germinan los bulbos del tulipán silvestre y de la almizcleña azul que florecerán al llegar la primavera.

Pero, ¿qué decir del círculo mágico y qué esperanza puede haber en él, universo especial cerrado a contrapelo por antiguas llaves, con firmas de carbón que sellan, acuñan una y otra vez la mente para convertirla en una moneda de la naturaleza, tantas veces enajenada como dada?

El verdadero terror humano no es la muerte: es el antiguo caos por el que fluye la nada.

Lo que le quedaba, en medio de sus viejas sirvientas, insignificantes a sus ojos, que se plegaban a todos sus caprichos, era su reino subterráneo, en el que se embriagaba con su propia gloria, en el que podía, sin discusión, entregarse a su verdad, ordeñando, solitaria, la sangre para recibirla en su estática belleza.

Y se llevó, intacta, entre las manos a esta raza demente, cruel y enamorada, como un guijarro no lavado por el arrepentimiento; y se hundió con ella.

14 junio 2007

J.M. Coetzee (Elizabeth Costello, 2003)



Ed. Mondadori, 2004

Pero debes admitir que, a cierto nivel, hablamos, y por tanto escribimos, igual que todo el mundo. De otra forma todos hablaríamos y escribiríamos en idiomas privados. ¿Verdad que no es absurdo interesarse por lo que la gente tiene en común en lugar de por lo que la separa?

Cuando John se acuerda de esas horas, hay un momento que le regresa a la mente con fuerza inesperada, el momento en que la rodilla de ella pasa por debajo del brazo de él y se le dobla por debajo de la axila. Es curioso que el recuerdo de una escena esté dominado por un solo momento, carente de significado obvio y sin embargo tan nítido que casi siente el muslo fantasmal en la piel. ¿Acaso la mente por naturaleza prefiere las sensaciones a las ideas, lo tangible a lo abstracto? ¿O acaso el doblamiento de rodilla de la mujer no es más que una ayuda mnemotécnica, a partir de la cual se ha de desplegar el resto de la velada?

- El futuro de la novela no es un tema que me interese mucho – empieza a decir, intentando sorprender a su público -. De hecho, el futuro en general no me interesa mucho. ¿Qué es el futuro, al fin y al cabo, más que una estructura de expectativas y esperanzas? Reside en la mente. Carece de realidad.
>>Por supuesto, ustedes pueden replicar con razón que el pasado es igualmente una ficción. El pasado es historia, y ¿qué es la historia salvo un relato hecho del aire que nos contamos a nosotros mismos? Y, sin embargo, el pasado tiene algo milagroso que el futuro no tiene. Lo milagroso del pasado es que hemos conseguido, Dios sabe como, construir miles y millones de ficciones individuales, ficciones creadas por seres humanos individuales, lo bastante interconectadas entre ellas como para proporcionarnos lo que parece un pasado común, una historia compartida.
>>El futuro es distinto. No poseemos una historia compartida del futuro. La creación del pasado parece agotar nuestras energías creativas colectivas. Comparada con nuestra ficción del pasado, nuestra ficción del futuro es un relato apenas esbozado e insulso, como suelen ser las visiones del paraíso. Las del paraíso e incluso las del infierno.

…nos fijamos en cuanta gente saca libros de sus bolsas y bolsillos en los trenes y se retira a mundos solitarios. Cada vez que sale el libro es como si levantaran un letrero. “Dejadme en paz. Estoy leyendo – dice el letrero -. Lo que estoy leyendo es más interesante de lo que puedes ser tú”.

La coherencia es el duende de las mentes pequeñas.

....Además, no está segura de que los escritores que se aventuran en los territorios más oscuros del alma regresen siempre ilesos.

- Lo que creo – dice con voz firme, como una niña haciendo un recitado – es que nací en la ciudad de Melbourne, pero pasé parte de mi infancia en la Victoria rural, en una región de extremos climáticos: de sequías abrasadoras seguidas de lluvias torrenciales que llenaban los ríos de cadáveres de animales ahogados. Así es como lo recuerdo, en cualquier caso.
>>Cuando bajaban las aguas quedaban atrás acres enteros de barro. De noche se oía el bramido de decenas de miles de ranas regocijándose en la generosidad del cielo. El aire estaba tan lleno de sus gritos como lo estaba a mediodía con el canto de las cigarras.
>>¿De dónde llegaban de repente aquellos millares de ranas? La respuesta es que siempre están ahí. En la estación seca se meten bajo tierra, excavan y excavan para alejarse del calor del sol hasta que cada una de ellas ha creado una tumba individual. Y en esas tumbas mueren, por decirlo de algún modo. Los latidos de sus corazones se ralentizan, su respiración se detiene y adoptan el color del barro. Las noches vuelven a ser silenciosas.

David Pringle (Ciencia Ficción, las 100 mejores novelas, 1985)

Ed. Minotauro, 1990

Algunos fragmentos de ciertos libros mencionados en esta recopilación...

Crónicas marcianas, 1950 (Ray Bradbury)
El viento empujó la nave sobre el antiguo fondo del mar, sobre cristales enterrados hacía mucho tiempo, y las columnas, los muelles desiertos de már­mol y bronce, las ciudades muertas y las laderas moradas quedaron atrás...


Fahrenheit 451, 1953 (Ray Bradbury)

Sin encender la luz, imaginó el aspecto del cuarto. Su mujer, tendida sobre la cama, destapada y fría, como un cuerpo tendido sobre la tapa de un ataúd, con los ojos inmóviles, fijos en el techo por invisibles hebras de acero. Y en las orejas, muy adentro, los caracolitos, la radio de dedal, y un océano electrónico de sonido, música y charla que golpeaba y golpeaba la costa de aquella mente en vela. El cuarto estaba, en realidad, vacío. Todas las noches llega­ban las olas, y sus grandes mareas de sonido llevaban a Mildred flo­tando y con los ojos desorbitados, hacia la mañana.

El fin de la infancia, 1953 (Arthur C. Clarke)

No había error posible. Las alas correosas, los cuernos, la cola peluda: todo estaba allí. La más terrible de las leyendas había vuelto a la vida desde un desconocido pasado. Sin embargo, allí estaba, sonriendo, con todo su enorme cuerpo bañado por la luz del sol, y con un niño que descansaba confiadamente en cada uno de sus brazos.


Más que humano, 1953 (Theodore Sturgeon)

Alimentado inagotablemente por una lenta radiación atómica, aquel aparato era la solución práctica del vuelo sin alas, la clave de una nueva era en el transporte y el manejo de pesados materiales, y la posibilidad de iniciar los viajes interplanetarios. Construido por un idiota, tontamente instalado para reemplazar a un caballo muerto, estúpidamente abandonado, torpemente olvi­dado...

Los herederos, 1955 (William Golding)

La criatura roja estaba de pie al borde de la terraza sin hacer nada ... la barra de la ceja le bri­llaba a la luz de la Luna, sobre las grandes cavernas donde se escon­dían los ojos...


Las sirenas de Titán, 1959 (Kurt Vonnegut)

Las sirenas de Titán es la historia de un astronauta millonario, Winston Niles Rumfoord, que mete su nave espacial en un infundíbulo cronosinclástico (o, en la jerga de la cf, una corriente espacio–tem­poral). Él y su perrito existen ahora como «fenómenos ondulatorios pulsando en apariencia en una espiral distorsionada que empieza en el Sol y termina en Betelgeuse».

Invernáculo, 1962 (Brian W. Aldiss)

Obedeciendo a una ley inalienable, las cosas crecían, proliferaban, tumultuosas y extrañas.


La naranja mecánica, 1962 (Anthony Burgess)

La vieja Slouse, la mujer, estaba como petrificada detrás del mostrador. Calculamos que se pondría a crichar asesinos si le dá-ba­mos tiempo, así que pegué la vuelta al mostrador muy scorro y la sujeté, y vaya paquete joroschó que era, toda nuqueando a perfume y con los grudis flojos que se le bamboleaban como flanes. Le apli­qué la ruca sobre la rota para que dejase de aullar muerte y destruc­ción a los cuatro vientos celestiales, pero la muy perra me dio un mordisco grande y perverso y yo fui el que crichó, y ella abrió lá bo­caza chillando para atraer a los militsos. Bueno, hubo que tolchocarla como Dios manda con una de las pesas de la balan-za, y des­pués darle un buen golpe con una barra de abrir cajones, y ahí le salió la colorada como una vieja amiga. La tiramos al suelo y le arrancamos los platis para divertirnos un poco, y le dimos una patadita suave para que dejara de quejarse. Y al verla ahí tendida, con los grudis al aire, me pregunté si lo haría o no, pero decidí que eso era para después. De modo que limpiamos la caja, y las ganancias de la noche fueron joroschó, y después de servirnos algunos paque­tes de los mejores cancrillos, hermanos míos, nos largamos a la calle.

El mundo de cristal, 1966 (J. G. Ballard)

Es el espacio interior, no el exterior, el que hace falta explorar. El único planeta verdaderamente extraño es la Tierra.

Truman Capote (A sangre fría, 1966)



Ed. Anagrama, 2004

Hasta una mañana de mediados de noviembre de 1959, pocos americanos -en realidad pocos habitantes de Kansas- habían oído hablar de Holcomb. Como la corriente del río, como los conductores que pasaban por la carretera, como los trenes amarillos que bajaban por los raíles de Santa Fe, el drama, los acontecimientos excepcionales nunca se habían detenido allí. Los habitantes del pueblo -doscientos setenta- estaban satisfechos de que así fuera, contentos de existir de forma ordinaria... trabajar, cazar, ver la televisión, ir a los actos de la escuela, a los ensayos del coro y a las reuniones del club 4-H. Pero entonces, en las primeras horas de esa mañana de noviembre, un domingo por la mañana, algunos sonidos sorprendentes interfirieron con los ruidos nocturnos normales de Holcomb... con la activa histeria de los coyotes, el chasquido seco de las plantas arrastradas por el viento, los quejidos lejanos del silbido de las locomotoras. En ese momento, ni un alma los oyó en el pueblo dormido... cuatro disparos que, en total, terminaron con seis vidas humanas.

Como siempre, Willie-Jay supo comprender. Descorazonado pero no sin esperanzas, siguió cortejando el alma de Perry hasta el día que le concedieron libertad bajo palabra y se marchó del penal; la víspera escribió a Perry una carta de adiós que terminaba con el siguiente párrafo: «Eres un hombre muy apasionado, un hombre hambriento que no sabe dónde saciar su apetito, un hombre profundamente frustrado que lucha por proyectar su individualidad contra un fondo de rígido conformismo. Existes en un mundo pendiente entre dos superestructuras, una de autoexpresión y la otra de autodestrucción. Eres fuerte pero en tu fuerza hay una grieta y a menos que aprendas a controlarla, esa grieta demostrará ser más poderosa que tu fuerza y te vencerá. ¿La grieta? Explosión de la reacción emocional totalmente desproporcionada a los hechos. ¿Por qué? ¿Por qué esa irrazonable ira cuando ves a otros contentos, felices y satisfechos? ¿Por qué ese creciente desprecio por la gente y esas ganas de herirla? Muy bien: crees que son necios y los desprecias porque su moral, su felicidad son el origen de tu frustración, y tu resentimiento. Pero esas ideas son terribles enemigos que llevas dentro de ti... y a la larga serán mortíferos; como las bacterias que resisten al tiempo, no matan al individuo sino que dejan en su modo de ser el estigma de una criatura desgarrada y retorcida; dejan fuego en su interior avivado por astillas de desprecio y odio. Podrá prosperar pero no dará fruto porque él es su propio enemigo y le estará vedado gozar intensamente de sus triunfos.”

Harrison Smith, aunque apeló también a los presuntos sentimientos cristianos del jurado, tomó como tema principal los males de la pena capital.
-Es una reliquia de la barbarie humana. La ley nos dice que tomar la vida de un hombre no es lícito, pero a continuación da ejemplo de lo contrario, cosa tan malvada como el crimen que trata de castigar. El estado no tiene derecho a infligirla. No sirve de nada. No impide el crimen sino que abarata la vida humana y da lugar a nuevos delitos. Todo cuando pedimos es clemencia. Seguramente la cadena perpetua no es una gran merced...

Arthur C. Clarke (El fin de la infancia, 1953)

Childhood's End
Ed Minotauro, 1976


Durante un instante que pareció eterno, Reinhold observó, junto con el mundo entero, cómo las grandes naves descendían con una majestad abrumadora… En ese instante la historia suspendía su aliento… La raza humana ya no estaba sola.

Y en el sexto día, Karellen, supervisor de la Tierra, se hizo conocer al mundo entero por medio de una transmisión de radio que cubrió todas las frecuencias. Habló en un inglés tan perfecto que durante toda una generación las más vivas controversias se sucedieron a través del Atlántico. Pero el contexto del discurso fue aun más sorprendente que su forma. Fue, desde cualquier punto de vista, la obra de un genio superlativo, con un dominio total y completo de los asuntos humanos. No cabía duda alguna de que su erudición y su virtuosismo habían sido deliberadamente planeados para que la humanidad supiese que se hallaba ante una abrumadora potencia intelectual. Cuando Karellen concluyó su discurso las naciones de la Tierra comprendieron que sus días de precaria soberanía habían concluido. Los gobiernos locales podían retener sus poderes, pero en el campo más amplio de los asuntos internacionales las decisiones supremas habían pasado a otras manos. Argumentos, protestas, todo era inútil.

Un mundo y sus habitantes pueden ser transformados profundamente en sólo cincuenta años, hasta tal punto que nadie pueda reconocerlos. Sólo se requiere un hondo conocimiento de ingeniería social, una clara visión de los fines que uno se propone... y poder. Los superseñores tenían todo esto. Aunque sus fines eran un secreto, sabían lo que querían, y disfrutaban de poder. Ese poder tomó muchas formas, y los hombres cuyos destinos eran manejados ahora por los superseñores no advirtieron muchas de ellas. El poder de las grandes naves había sido evidente para todos. Pero detrás de esta exhibición de fuerzas dormidas había otras armas mucho más sutiles.

Comparada con las épocas anteriores, ésta era la edad de la utopía. La ignorancia, la enfermedad, la pobreza y el temor habían desaparecido virtualmente. El recuerdo de la guerra se perdía en el pasado como una pesadilla que se desvanece con el alba. Pronto ningún hombre viviente habría podido conocerlo.

Aunque las mentes racionales habían sabido siempre que todos los textos religiosos no podían ser verdaderos, la reacción fue sin embargo muy notable. Allí estaba la revelación que nadie podía negar o poner en duda. Ahí estaban —vistos gracias a una desconocida magia de los superseñores— los verdaderos comienzos de todas las grandes religiones del mundo. En sólo unos pocos días todos los redentores del género humano perdieron su origen divino. Bajo la intensa y desapasionada luz de la verdad las creencias que habían alimentado a millones de hombres, durante dos mil años, se desvanecieron como el rocío de la mañana. El bien y el mal fabricados por ellas fueron arrojados al pasado. Ya nunca volverían a conmover el alma de los hombres. La humanidad había perdido sus antiguas divinidades. Ahora era ya bastante vieja como para no necesitar dioses nuevos.