Fragmentos de sueños y realidades

En los libros hay demasiadas ideas dando vueltas ... así que a rescatarlas!! Los fragmentos que se presentan a continuación, no son necesariamente los mejores.... son los que, en el momento que fueron leídos, tuvieron una significación especial. Quien desee aportar es bienvenido!! Espero que a todos nos sirva como referencia para ampliar nuestra lectura. Victoria

19 noviembre 2009

No volveré a recomendar un libro por mes. Sugiero en cambio, si tienen la oportunidad, leer todos los que aparecen en este sitio, que no son tantos.

Para bajar (a la derecha):

Corazón tan Blanco - Javier Marías
Los Santos Inocentes - Miguel Delibes
El Señor Presidente - Miguel Ángel Asturias
Reportaje al Pie del Patíbulo – Julius Fucik

Para que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia.

Octavio Paz

Confidenciales (Omar Khayyam)


Omar Khayyam

Nació en Nichapur, Persia, hacia el año 1040 de la era cristiana, y vivió cerca de ochenta años. Libertino, sibarita, ácido, místico y profeta, estudió Matemáticas y Astronomía, reformó el calendario musulmán, cultivó el Derecho y las Ciencias Naturales, pero todo le resultó insuficiente a la hora de resolver el misterio del Universo, las pasiones humanas y la existencia misma.
Se destacó en el plano de las letras por sus famosas «Rubaiyat», que constituyen una alabanza al brindis, una enorme plegaria fragmentada en estrofas que remiten a la celebración del vino y del goce del instante frente a la finitud de la vida.


1. Confidenciales

I. Corazón

Más que cien Kaabas hechas de agua y tierra
vale en la vida un noble corazón;
en los países del mañana aferra
cuantos puedas al propio corazón,
y en las tierras del hoy, de un puro amigo
adhiérete por siempre al corazón.

Deja ya de la Kaaba el falso abrigo,
y corre al mundo en pos de un corazón.

* * *

II. El lenguaje misterioso

Este rubí precioso fue extraído
del fondo de una mina ignota y rara,
y esta perla purísima y sin copia
en seno oculto de la mar fue hallada...

Mas digo mal: ni mina ni océano
de otras minas u océanos se apartan:
Sólo el secreto del amor se expresa
en lengua de los hombres ignorada.

* * *

III. Soy así

¿Que yo del vino soy devoto ciego?
Y bien, lo soy.
¿Que soy infiel, idólatra del fuego?
Y bien, lo soy.

Cada uno de mí en su idea fía;
mas yo, dueño de mí, tengo la mía:
Soy lo que soy.

* * *

IV. El vino del amor

Mi pobre corazón de angustia herido
y de locura, no podrá curarse
de esta embriaguez de amor, ni libertarse
de la prisión donde quedó sumido.

Pienso que el día de la creación
en que el vino de amor fue al hombre dado,
el que llenó mi copa fue esenciado
con sangre de mi propio corazón.

* * *

V. Renovación

La rueda de los cielos rauda gira
aun después de mi muerte y de la tuya;
y porque nuestra pena no concluya,
contra tu alma y mi alma ella conspira.

Ven sobre el verde césped, dulce Amor,
reposa en mí tu frente pensativa;
sólo nos resta una hora fugitiva
de descansar sobre esta hierba en flor .

Después... vendrá otra hierba aún más fresca
del suelo que de amor se fertiliza,
cuando de tu ceniza y mi ceniza
la nueva savia en su eclosión florezca.

* * *

VI. Incógnita

Sí, yo sé, mi persona toda es bella,
delicioso el perfume que ella exhala,
el rosa mío al de la rosa iguala,
mi línea al lado del ciprés, descuella.

Mas, con todo, esta incógnita me aterra:
¿Por qué mi alto Escultor me hizo de tierra?

* * *

VII. La hez del vino

Si de mi juventud es hoy la fiesta,
la ofrendaré del alba hasta el ocaso,
apurando a placer vaso tras vaso
el viejo vino que a soñar apresta.

Si la halláis en sus heces escondida,
no maldigáis, amigos, su amargura,
porque fué su exquisita levadura
esencia de mi sangre y de mi vida.

* * *

VIII. El ánfora simbólica

Esta exhumada ánfora de arcilla
fue en su tiempo lo que yo soy ahora:
Un amante no amado, mas que adora,
y de fe y de pasión es maravilla.

Y estas dos asas de su cuello erguido
que al libador ofrécense, anhelante,
fueron los brazos de un feliz amante...
Y así quedó, y el vaso fue cocido...

* * *

IX. La copa viva

Hoy ella vió del alfarero mago
de vasos la magnífica teoría,
de toda forma y toda edad, y había
en todos ellos un misterio vago.

Su emoción al sentir, dijo el artista:
-«Todos fuimos arcilla y éstos fueron
reyes, poetas y amantes que murieron
legando al sutil polvo su conquista».

«EI Espíritu, el vino de la tierra,
busca en cada vasija al propio dueño,
queriendo ansioso revivir su ensueño
al contacto del vaso que lo encierra».

«Mira, toma esta copa, ya palpita
al verte aproximar; no espere en vano
el beso de tu boca o de tu mano,
que un muerto amor por renacer se agita».

Y al acercar su labio, con su aliento
cobró vida el Espíritu dormido;
una palabra murmuró a su oído,
y eran su misma voz, su mismo acento.

¡Ay! y el viejo Khayyám, un vivo muerto,
canta el milagro de aquel muerto vivo,
y se marcha en silencio, pensativo,
a contar sus tristezas al Desierto.

* * *

X. La inquietud eterna

Amor que sólo vive en este mundo,
fulgor de pensamiento no refleja,
y como el fuego a medias extinguido
ya no enviará calor hasta las venas.

Mas el amor que vive idea y alma
y alcanza la recóndita belleza,
ese no ve en los años, ni en los meses
ni en los días y noches una tregua:

No ha de saber qué sean, ni el reposo,
ni la serenidad, ni la fe buena,
ni ha de nutrir la carne, ni habrá nunca
noche en que el sueño a las pupilas vuelva.

* * *

XI. Bautismo de sangre

Arrebatada por la loca rueda
de la fortuna caprichosa y vana,
que sólo a los mediocres favorece,
en angustia y dolor mi vida pasa.

Y en el jardín de las terrenas cosas
mi alma como un capullo está cerrada,
y como el tulipán de hojas de seda,
en bautismo de sangre se consagra.

* * *

XII. Sed inextinguible

Mi amor está en la cima de su llama,
mi amada en el zenit de su hermosura,
mi corazón desborda de ternura
y ebrio de inspiración mi mente inflama.

Siento en mi alma desbordar los ríos
de mis palabras y de mis canciones,
y al querer modular sus expresiones,
mudos siento temblar los labios míos.

Gran Dios ¿qué extraño caos en mí impera?
Mientras por mí en rïente primavera
fresca surgente de agua viva pasa,
mas me consume de la sed la brasa.

* * *

XIII. Renacimiento

Ya es la estación de las rosas:
El corazón renaciente,
anuncio heráldico siente
de libertades preciosas.

Tengo ideas primorosas,
de locuras sed ardiente,
desafiando irreverente
del Korán reglas famosas:

En la dulce compañía
de la dilecta alma mía
libar el néctar carmíneo;
y el resto, el suelo al ungir,
tapiz rojo hará surgir
para su pie apolíneo.

* * *

XIV. Iconoclasta

¿Crees tú que en el alma del artista
que un día ideó y cinceló la copa,
puede nacer el demoníaco sueño
de verla rota ?

¡Oh! tú no crees, como yo no creo,
que la divina mente creadora
quiera destruir lo que en deliquio sacro
la mano forja.

Si es así, y las cabezas apolíneas,
los brazos y las manos que la forma
femenina hasta el éxtasis exultan,
han de reunirse al polvo de la fosa.

¿Por cuál extraño amor fueron forjados,
y por cuál odio vil son mutilados?

* * *

XV. Agua y sal

Cuando la sed la lengua paraliza
y el sol arroja chispas de su fragua,
toda la tierra en coro diviniza
la gota de agua.

Yo aplico el labio a la impregnada greda,
bebo con ansia convulsiva y larga;
y es la última gota -la que queda-
la gota amarga.

El hambre fui a saciar de mis faenas,
a consumir el pan de mi salario,
mezclando con la sangre de mis venas
todo mi ideario;

Lo impregné de la sal de los sabores,
por propiciar los númenes felices,
y la sal reabrió en sangrientas flores
del corazón las viejas cicatrices.


Referencia: http://amediavoz.com/khayyam.htm#1.-%20CONFIDENCIALES

10 noviembre 2009

Javier Marías (Corazón tan blanco, 1992)

Alfaguara, 2007


Que buen libro!! Sí, lo sé, no tuve capacidad de síntesis… es que el libro es muy bueno!


No sabía de qué parte ponerme, porque cuando uno asiste a una discusión (aunque no la vea y sólo la oiga: cuando uno asiste a algo y empieza a saberlo) no puede permanecer casi nunca del todo imparcial, sin sentir simpatía o antipatía, animadversión o piedad por uno de los contendientes o por un tercero del que se habla, la maldición del que ve u oye. Me di cuenta de que no lo sabía por la imposibilidad de saber la verdad, la cual, sin embargo, no siempre me ha parecido determinante a la hora de tomar partido por las cosas o por las personas. Quizá el hombre había enredado a Miriam con falsas promesas cada vez más insostenibles, pero también cabía la posibilidad de que no, y de que ella, en cambio, no quisiera a Guillermo más que para salir del aislamiento y de la escasez, de Cuba, para mejorar, para casarse o más bien estar casada con él, para no seguir ocupando su propio lugar y ocupar el de otra persona, el mundo entero se mueve a menudo sólo para dejar de ocupar su lugar y usurpar el de otro, sólo por eso, para olvidarse de sí mismo y enterrar al que ha sido, todos nos cansamos indeciblemente de ser el que somos y el que hemos sido.


Entre unas cosas y otras, muchas veces me pregunto asustado si alguien sabe algo de lo que nadie dice en esos foros, sobre todo en las sesiones estrictamente retóricas. Pues aun admitiendo que entre sí se comprendan los asamblearios en su germanía salvaje, es del todo cierto que los intérpretes pueden variar a su antojo el contenido de las alocuciones sin que haya posibilidad de control verdadero ni tiempo material para un mentís o una enmienda. La única manera de controlarnos completamente sería poner a un segundo traductor dotado de auriculares y de micrófono que a su vez nos tradujera a nosotros simultáneamente a la primera lengua, de modo que pudiera comprobarse que efectivamente estamos diciendo lo que se está diciendo en la sala en esos momentos. Pero en tal caso haría falta un tercer traductor igualmente provisto de sus aparatos que a su vez controlara al segundo y lo retradujera, y quizá un cuarto para vigilar al tercero, y así, me temo, hasta el infinito, traductores controlando a intérpretes e intérpretes a traductores, ponentes a congresistas y taquígrafos a oradores, traductores a gobernantes y ujieres a intérpretes. Todo el mundo se vigilaría y nadie escucharía ni transcribiría nada, lo cual, a la larga, llevaría a suspender las sesiones y los congresos y las asambleas y a clausurar para siempre los organismos internacionales.


La adalid pareció animarse:

—Oh, ya lo creo —dijo—. La gente quiere en buena medida porque se la obliga a querer. Esto sucede también en las relaciones personales, ¿no es cierto? ¿Cuántas parejas no son parejas porque uno de los dos, sólo uno, se empeñó en que lo fueran y obligó al otro a que lo quisiera?

— ¿Obligó o convenció? —preguntó nuestro alto cargo, y vi que estaba satisfecho de su matización, por lo que me limité a traducirla tal como la había expresado. Agitaba las incontables llaves haciéndolas sonar con demasiado estrépito, un hombre nervioso, no me dejaba oír bien, un intérprete necesita silencio para cumplir su cometido.

La adalid se miró las uñas cuidadas y largas, ahora con coquetería inconsciente más que con desazón o desconfianza, como había hecho antes fingiendo extrañeza. Se tiró de la falda en vano, pues tenía aún cruzadas las piernas.

—Es lo mismo, ¿no cree usted? Sólo hay una diferencia de orden cronológico, qué es primero, qué viene antes, porque lo uno se convierte en lo otro y lo otro en lo uno, indefectiblemente. Todo esto tiene que ver con los faits accomplis como dicen los franceses. Si a un país se le ordena querer a sus gobernantes, acabará convencido de que los quiere, al menos más fácilmente que si no se le ordena.

Nosotros no podemos mandárselo, ese es el problema.


La lengua en la oreja es también el beso que más convence a quien se muestra reacio a ser besado, a veces no son los ojos ni los dedos ni labios los que vencen la resistencia, sino sólo la lengua que indaga y desarma, la que susurra y besa, la que casi obliga. Escuchar es lo más peligroso, es saber, es estar enterado y estar al tanto, los oídos carecen de párpados que puedan cerrarse instintivamente a lo pronunciado, no pueden guardarse de lo que se presiente que va a escucharse, siempre es demasiado tarde.


Se asimila a él y así intenta que él se asimile a ella, a su corazón tan blanco: no es tanto que ella comparta su culpa en ese momento cuanto que procura que él comparta su irremediable inocencia, o su cobardía. Una instigación no es nada más que palabras, traducibles palabras sin dueño que se repiten de voz en voz y de lengua en lengua y de siglo en siglo, las mismas siempre, instigando a los mismos actos desde que en el mundo no había nadie ni había lenguas ni tampoco oídos para escucharlas. Los mismos actos que nadie sabe nunca si quiere ver cometidos, los actos todos involuntarios, los actos que no dependen ya de ellas en cuanto se llevan a efecto, sino que las borran y quedan aislados del después y el antes, son ellos los únicos e irreversibles, mientras que hay reiteración y retractación, repetición y rectificación para las palabras, pueden ser desmentidas y nos desdecimos, puede haber deformación y olvido. Sólo se es culpable de oírlas, lo que no es evitable, y aunque la ley no exculpa a quien habló, a quien habla, éste sabe que en realidad no ha hecho nada, incluso si ha obligado con su lengua al oído, con su pecho a la espalda, con la respiración agitada, con su mano en el hombro y el incomprensible susurro que nos persuade.


Sé que me interesa, en cambio, verla dormir, ver su rostro cuando esté sin conciencia o esté en letargo, conocer su expresión dulce o dura, atormentada o plácida, aniñada o envejecida mientras no piensa en nada o no sabe que piensa, mientras no actúa, mientras no se comporta de manera estudiada, como hacemos todos en uno u otro grado ante cualquier testigo, aunque el testigo no nos importe y sea nuestro propio padre o nuestra mujer o marido. La he visto dormir ya algunas noches, pero no las bastantes para reconocerla en su sueño, en el que por fin a veces dejamos de parecemos a nosotros mismos. Por eso me caso mañana seguramente, el día a día es la causa, también porque es lógico y porque nunca lo he hecho, las cosas más decisivas se hacen por lógica y para probarlas, o lo que es lo mismo, porque resultan irremediables.


… si son ciertas, deben de serlo, pues nunca ha tenido capacidad inventiva, en sus historias se ha ceñido siempre a lo que había o le había ocurrido, quizá por eso tiene que vivir las cosas y experimentar sus duplicidades, porque sólo así puede contarlas, sólo así concibe lo inconcebible, hay quien no conoce más fantasías que las cumplidas, quien no es capaz de imaginarse nada y es poco previsor por eso, imaginar evita muchas desgracias, quien anticipa su propia muerte rara vez se mata, quien anticipa la de los otros rara vez asesina, es preferible asesinar y matarse con el pensamiento, no deja secuelas ni tampoco huella, incluso con el gesto lejano del brazo que agarra, todo es cuestión de distancia y tiempo, si se está un poco lejos el cuchillo golpea el aire en vez de golpear el pecho, no se hunde en la carne morena o blanca sino que recorre el espacio y no sucede nada, su recorrido no se computa ni se registra y se ignora, no se castigan las intenciones, las tentativas fallidas tantas veces son silenciadas y hasta negadas por quienes las padecen porque todo sigue siendo lo mismo después de ellas, el aire es el mismo y no se abre la piel ni la carne cambia y nada se rasga, es inofensiva la almohada aplastada bajo la que no hay ningún rostro, y luego todo es igual que antes porque la acumulación y el golpe sin destinatario y la asfixia sin boca no son bastante para variar las cosas ni las relaciones, no lo es la repetición, ni la insistencia, ni la ejecución frustrada ni la amenaza, eso sólo agrava pero no cambia nada, la realidad no se añade, …


Es más bien que estar junto a alguien consiste en buena medida en pensar en voz alta, esto es, en pensarlo todo dos veces en lugar de una, una con el pensamiento y otra con el relato, el matrimonio es una institución narrativa. O acaso es que hay tanto tiempo pasado en compañía mutua (por poco que sea en los matrimonios modernos, siempre tanto tiempo) que los dos cónyuges (pero sobre todo el varón, que se siente culpable cuando permanece en silencio) han de echar mano de cuanto piensan y se les ocurre y les acontece para distraer al otro, y así acaba por no quedar apenas resquicio de los hechos y los pensamientos de un individuo que no sea transmitido, o bien traducido matrimonialmente. También son transmitidos los hechos y los pensamientos de los demás, que nos los han confiado privadamente, y de ahí la frase tan corriente que dice: 'En la cama se cuenta todo', no hay secretos entre quienes la comparten, la cama es un confesionario. Por amor o por lo que es su esencia —contar, informar, anunciar, comentar, opinar, distraer, escuchar y reír, y proyectar en vano— se traiciona a los demás, a los amigos, a los padres, a los hermanos, a los consanguíneos y a los no consanguíneos, a los antiguos amores y a las convicciones, a las antiguas amantes, al propio pasado y a la propia infancia, a la propia lengua que deja de hablarse y sin duda a la propia patria, a lo que en toda persona hay de secreto, o quizá es de pasado.

Para halagar a quien se ama se denigra el resto de lo existente, se niega y execra todo para contentar y reasegurar a uno solo que puede marcharse, la fuerza del territorio que delimita la almohada es tanta que excluye de su seno cuanto no está en ella, y es un territorio que por su propia naturaleza no permite que nada esté en ella excepto los cónyuges, o los amantes, que en cierto sentido se quedan solos y por eso se hablan y nada callan, involuntariamente. La almohada es redondeada y blanda y a menudo blanca, y al cabo del tiempo lo redondeado y blanco acaba sustituyendo al mundo, y a su débil rueda.


— ¿Y si es algo que no es contable?

— ¿Qué quieres decir? Todo es contable. Basta con empezar, una palabra tras otra.

—Algo que ya no debe contarse. Algo cuyo tiempo ha pasado, cada tiempo tiene sus propios relatos, y si se deja pasar la ocasión, entonces es mejor callar para siempre, a veces: Las cosas prescriben y se hacen inoportunas.

—Yo no creo que a nada se le pase el tiempo, todo está ahí, esperando a que se lo haga volver. Además, a todo el mundo le gusta contar su historia, incluso a los que no tienen ninguna. Si los relatos son distintos, el significado es el mismo.


—Mira —le dije—, las personas que guardan secretos durante mucho tiempo no siempre lo hacen por vergüenza o para protegerse a sí mismas, a veces es para proteger a otros o para conservar amistades, o amores, o matrimonios, para hacer la vida más tolerable a sus hijos o para restarles un miedo, ya se suelen tener bastantes. Puede que simplemente no quieran incorporar al mundo la relación de un hecho que ojala no hubiera ocurrido. No contarlo es borrarlo un poco, negarlo, no contar su historia puede ser un pequeño favor que hacen al mundo. Hay que respetar eso.


… uno se siente responsable de cuanto puede avergonzarle y todo puede avergonzar ante quien se ama (al principio de amarlo), es también por eso por lo que se traiciona a cualquiera, pero sobre todo se traiciona al propio pasado, del que se abomina y renuncia.


Yo le jaleaba los hallazgos y las ilusiones, era lo menos que podía hacer. Esto es, lo menos que podía hacer era escucharla, prestar atención a su mundo, alentarla, dar importancia a las cosas a las que se la daba ella y mostrarme optimista, esa es la función primera de la amistad, a mi parecer.

—A lo mejor es un cantante —decía ella.

—A lo mejor es un escritor —contestaba yo.

Berta contestó al apartado de correos que 'Nick' le indicaba, 'P.O. Box', así se llama un apartado en inglés, todo el mundo los utiliza, hay millones de ellos repartidos por todo el país. Pero si durante mis estancias Berta no dejaba de enseñarme ninguna carta ni vídeo de corresponsal ninguno, no hacía lo mismo con sus respuestas escritas, que enviaba sin guardar copia y sin dejarme ver, y yo lo entendía, pues uno puede tolerar el juicio sesgado de los propios actos nunca visibles íntegramente y que cesan, pero no de las propias palabras íntegramente legibles y que permanecen (aunque el juicio frontal sea involuntario y benévolo por parte de quien lo forma, y no lo exprese).


¿Tú crees que volverá a contestar?

—Seguro que sí. Cómo no va a escribir después de verte en el video —le contesté yo.

Se quedó callada, siguió conmigo una prueba de Family Feud. Luego dijo: Cada vez que espero una respuesta me horroriza la idea de que no la haya y también de que llegue. Todo resulta luego un desastre, pero mientras está todo por suceder tengo la impresión de la absoluta limpieza y la infinita posibilidad.

Me siento como con quince años, no me cabe el escepticismo, es raro. No puedo evitar hacerme ilusiones. La mayoría de los tipos con los que luego me encuentro son impresentables, tipos repugnantes, a veces acabo saliendo y yendo a cenar con ellos y más allá sólo porque vienen precedidos por la espera y las cartas, de no ser así ni cruzaría la calle en su compañía. Supongo que ellos sentirán lo mismo respecto a mí. —Hizo una pausa, o quizá atendió a otra pregunta de Family Feud. Luego continuó—; Por eso el estado perfecto es el de la espera y el de la ignorancia, lo malo es que si supiera que ese estado iba a durar indefinidamente entonces ya no me gustaría tampoco. Fíjate, de pronto hay un tipo que por la razón que sea me hace particular gracia, sin saber nada de él, como este Nick o Jack, por qué se le habrá ocurrido cambiar de nombre, no es lo habitual. Mientras no lo conozco, sobre todo antes de ver su vídeo si lo manda, o su fotografía, me siento casi feliz.

Desde hace tiempo son los únicos días en que de verdad me siento contenta y de buen humor. Luego me envían esos vídeos ridículos que quieren ser osados, lo del video es una plaga, y aun así muchas veces quedo con ellos, pensando que todo lo anterior al encuentro en persona en realidad no cuenta. Es demasiado artificial, pienso, la gente se comporta de otra manera cuando está cara a cara. Es como si les diera otra oportunidad anulando de pronto lo que les dio la primera, o me la diera a mí. Es curioso, pero los vídeos, pese a lo falso de la situación en que normalmente están hechos, no engañan jamás. Date cuenta de que un vídeo se mira impunemente, como la televisión. Nunca miramos a nadie en persona con tanto detenimiento ni con tanto descaro, porque en cualquier otra circunstancia sabemos que el otro también nos está mirando, o que puede descubrirnos si lo estamos mirando a escondidas. Es un invento infernal, ha acabado con la fugacidad de lo que sucede, con la posibilidad de engañarse y contarse después las cosas de manera distinta de cómo ocurrieron. Ha acabado con el recuerdo, que era imperfecto y manipulable, selectivo y variable. Ahora uno no puede recordar a su gusto lo que está registrado, cómo va uno a recordar lo que sabe que puede volver a ver, tal cual, incluso a mayor lentitud de como se produjo. Cómo va uno a alterarlo. —Berta hablaba cansinamente, tenía la pierna mala escondida bajo su cuerpo, sobre el sillón, y en la mano sostenía el libro, como si no hubiera decidido aún interrumpir la lectura ni interrumpir mi concurso: hablaba, por tanto, como en un paréntesis, es decir, sin querer decir tanto—. Menos mal que sólo se filman algunos momentos del conjunto de una vida, pero esos momentos, fíjate, no engañan nunca, más por el tipo de mirada de quien los contempla que porque haya en lo filmado mucha autenticidad. Cuando veo los vídeos de esos hombres se me cae el alma a los pies, aunque también me ría y luego salga con alguno de ellos. Se me cae el alma a los pies, y más aún cuando los veo llegar con sus estudiados y horrendos trajes y sus preservativos en el bolsillo, nunca hay ninguno al que se le haya olvidado cogerlos, todos han pensado: 'Well, just in case'. Si hubiera uno que no pensara eso la primera noche sería peor, a lo mejor me enamoraba de él. Ahora estoy ilusionada con este Nick, o Jack, un español caprichoso que se hace pasar por americano, ha de ser un tipo gracioso, con su arena visible, a quién se le ocurre ir con eso por delante. Estos días vivo más conforme e incluso contenta porque espero su respuesta y que me mande su vídeo, bueno, también porque estás tú aquí. ¿Y qué pasará? Su vídeo será asqueroso, pero lo veré varias veces hasta acostumbrarme a él, hasta que no me parezca demasiado mal y sus defectos acaben por atraerme, esa es la única ventaja de la repetición. Lo distorsiona todo y lo hace familiar, lo que repele en la vida atrae finalmente si se ve las bastantes veces en una pantalla de televisión.

Pero ya sabré, en el fondo, que lo único que quiere esa cara es follarme una noche y basta, como ya se encargó de advertir, y que luego desaparecerá, tanto sí me gusta como si no, tanto si yo quiero que desaparezca como sino. Quiero verle y no quiero verle, quiero conocerle y que siga siendo un desconocido, quiero que me conteste y que su contestación no llegue. Pero si no llega me desesperaré, me deprimiré, pensaré que al verme no le he gustado, y eso siempre ofende.

Nunca sé qué querer.


Tres veces fui a la oficina de correos de Kenmore Station, la primera a la tarde siguiente después del trabajo, la segunda pasados dos días, el jueves de aquella semana, también tras la agotadora jornada de interpretaciones. No permanecí media hora, como había propuesto Berta, sino casi una hora en ambas ocasiones, víctima de la aprensión que asalta siempre a quienes esperan en vano, el temor a que justo al irnos llegue la persona que se retrasaba tanto…


‘Todo el mundo obliga a todo el mundo, no tanto a hacer lo que no quiere, sino más bien lo que no sabe si quiere, porque casi nadie sabe lo que no quiere, y menos aún lo que quiere, no hay forma de saber esto último'. Y aún había continuado, mientras nuestro muy alto cargo guardaba silencio, quizá ya cansado de aquel discurso o como si estuviera aprendiendo algo: 'A veces los obliga algo externo o quien ya ha dejado de estar en sus vidas, los obliga el pasado, su desconcierto, su propia historia, su desdichada biografía. O incluso cosas que ignoran y no están a su alcance, la parte de nuestra herencia que llevamos todos y desconocemos, quién sabe cuándo se inició ese proceso...'


El profesor no hacía remilgos, como Custardoy había hecho. Iba al grano, para él no cabía duda de que todo merecía saberse, o de que el conocimiento nunca hace daño, o si lo hace hay que aguantarse. Pensé entonces —fue una ráfaga—que me iba a tocar saber, como si las historias que durante largos años están en reposo tuvieran una hora de su desperezamiento y nada pudiera hacerse contra su llegada, quizá sólo demorarla un poco, un poco más, a ningún efecto. 'Yo no creo que a nada se le pase el tiempo', me había dicho Luisa en la cama justo antes de que mi brazo rozara su pecho, 'todo está ahí, esperando a que se lo haga volver.'

Lo había expresado bien, según creo. Quizá llega un momento en que las cosas quieren ser contadas, ellas mismas, quizá para descansar, o para hacerse por fin ficticias.


‘Por qué se lo contó, entonces?’, dijo Luisa. ‘No imaginó lo que podía pasar.’

'Casi nadie imagina nada, al menos cuando se es joven y se es joven durante mucho más tiempo del que uno cree. La vida entera parece de mentira, cuando se es joven. Lo que les pasa a los otros, las desdichas, las calamidades, los crímenes, todo ello nos resulta ajeno, como si no existiera. Incluso lo que nos pasa a nosotros nos parece ajeno una vez que ya ha pasado. Hay quien es así toda la vida, eternamente joven, una desgracia. Uno cuenta, habla, dice, las palabras son gratis y salen a borbotones a veces, sin restricciones. Siguen saliendo en toda ocasión, cuando estamos borrachos, cuando estamos furiosos, cuando estamos abatidos, cuando estamos hartos, cuando estamos entusiasmados, cuando nos sentimos enamorados, cuando es inconveniente que las digamos o no podemos medirlas. Cuando hacemos daño. Es imposible no equivocarse. Lo raro es que las palabras no tengan más consecuencias nefastas de las que normalmente tienen. O tal vez no lo sabemos suficientemente, creemos que no tienen tantas y todo es un desastre perpetuo debido a lo que decimos. El mundo entero habla sin cesar, a cada momento hay millones de conversaciones, de narraciones, de declaraciones, de comentarios, de cotilleos, de confesiones, son dichos y oídos y nadie puede controlarlos. Nadie puede prever el efecto explosivo que causan, ni siquiera seguirlo. Porque pese a ser las palabras tantas y tan baratas, tan insignificantes, pocos son los capaces de no hacerles caso. Se les da importancia. O no, pero se las ha oído. Tú no sabes cuantas veces a lo largo de tantos años he pensado en aquellas palabras que le dije a Teresa en un incontrolado arrebato amoroso, supongo, estábamos en nuestro viaje de novios, ya casi al final. Pude callar y callar para siempre, pero uno cree que quiere más porque cuenta secretos, contar parece tantas veces un obsequio, el mayor obsequio que puede hacerse, la mayor lealtad, la mayor prueba de amor y entrega. Y se hacen méritos contando.


('Escuchar es lo más peligroso", pensé, es saber, es estar enterado y estar al tanto los oídos carecen de párpados que puedan cerrarse instintivamente a lo pronunciado, no pueden guardarse de lo que se presiente que va a escucharse, siempre es demasiado tarde. Ahora ya sabemos, y puede que eso manche nuestros corazones tan blancos, o quizá son pálidos y temerosos, o acobardados.’)

El balcón estaba abierto, oía a lo lejos las voces de los vecinos y de sus niños antes de la cena, al caer la tarde. Abrí el armario y me cambié de camisa, tiré la sucia en una silla, y aún tenia la limpia desabrochada cuando lo pensé. Lo había pensado más veces, pero entonces lo pensé para entonces, ¿comprendes?, para aquel momento. Es extraño cómo un pensamiento nos llega a veces con tanta nitidez y fuerza que ya no puede mediar nada entre él y su cumplimiento. Se piensa en una posibilidad y al instante deja de serlo, se hace lo que se piensa y se convierte en algo ejecutado, sin transición, sin mediación, sin trámite, sin darle más vueltas, sin saber del todo si quiere hacerse, los actos se cometen solos entonces ('Los mismos actos que nadie sabe nunca si quiere ver cometidos, pensé, 'los actos todos involuntarios, los actos que ya no dependen de las palabras en cuanto se llevan a efecto, sino que las borran y quedan aislados del después y el antes, son ellos los únicos e irreversibles, mientras que hay reiteración y retractación, repetición y rectificación para las palabras, pueden ser desmentidas y nos desdecimos, puede haber deformación y olvido').

Ingmar Bergman (Como en un espejo)

Norstedt & Söner Stockholm, 1964

Ayma S.A. Editora, 1965

Prólogo de Julio Acerete



Toda nuestra existencia está construida alrededor de este hecho: hay cosas que nos están permitidas y otras que nos son prohibidas. Y las complicaciones que de ello se derivan llenan toda nuestra vida. Sí, durante toda nuestra vida estamos en constante contacto con esas complicaciones, y esta es la realidad que tenemos que reflejar y en la que tenemos que ser reflejados.



Angela Carter (Varias percepciones)

Several Perceptions, 1968

Minotauro, 1995


-¿Cómo te sientes ahora?

Era difícil responder esa pregunta mientras iba cayendo después de la explosión, había construido un entramado al azar, una estructura fortuita que no podía descifrar. Sunny Bannister le había contado una vez que había tenido un gato risueño que decía ¡ah!, ¡ah!, ¡ah! Un automóvil lo había atropellado y los sesos le habían quedado desparramados pero, con la rapidez de un relámpago, Sunny los había recogido en el sombrero y los había metido de nuevo dentro del cráneo y el gato había quedado como nuevo en seguida; pero, en lugar de reír, se había puesto a ladrar. ¡Bou!, ¡uau!, ¡uau! Joseph comprendía la dolorosa desorientación del pobre gato como jamás había comprendido nada antes.

-Como fragmentos en un caleidoscopio o como los colores de un prisma, tal vez.

Pero había una diferencia: la catástrofe lo había reducido a una sumisión absoluta que lo llevaba a burlarse de sí mismo. Ahora había abandonado incluso la noción de sentido; nada era sagrado y, como su arbitraria resurrección no tenía causa alguna, nada que pudiese hacer tenía sentido, todos sus gestos eran tan falsos como los de un mal actor. Pero había cierta serenidad en ese vacío, una especie de insípido alimento en los espacios vacuos y en el aire seco de ese desierto arábigo del corazón en el que todos los relojes se habían detenido.

Varios (Espacio tiempo)

Ciencia ficción y fantasía, Nº1

Editorial Símbolo

Relatos en este número:

De regreso – A. Montagne

La autorización – A. Davidson

Los astros iluminan la noche – T. Figari

La campana – H. Correa

La sombra huidiza – E. Bigland

De puerta en puerta – G. de Angelis



El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado (Jorge L. Borges).


Las criaturas vivientes parecen ser más bien comunes en el Universo. Es una tragedia cósmica que las distancias entre una estrella y la otra sean tan grandes, en promedios ordinarios, que no parece existir perspectiva de comunicación entre un grupo de criaturas con otras (Fred Hoyle).


Un año antes de la bomba de Hiroshima, agentes del FBI detuvieron a un escritor para interrogarlo sobre una historia que acababa de publicar. En ella aparecía información en apariencia reservada sobre el ultrasecreto atómico, que era precisamente lo que se estaba preparando para derrotar al enemigo. Naturalmente que nada sabía el autor sobre la explosión futura, y su narración, fruto de su calidad intuitiva anticipaba el horror nuclear a nuestro mundo.

Ese es el poder portentoso de la llamada ciencia-ficción: ANTICIPAR. F. Brown la define como “la forma de las cosas futuras, la expresión del anhelo de la humanidad que quiere salir de este rincón de la galaxia y encontrar su patrimonio entre los astros, libre de supersticiones y reconociendo su propia divinidad dispuesta a tomar posesión del universo”. (A. Rojas Murphy)

27 octubre 2009

1940s

The Hulton Getty Picture Collection

1940s

Decades of the 20th Century

Ed. Könemann, 1998




A US Liberator bomber drops its load on Ploiesti in 1944. Ploiesti was in the heart of the Romanian oil fields, Hitler’s major source of supply.



500-pound bombs from a Flying Fortress hurtle toward the oil refinery at Livorno (Leghorn), Italy, towards the end of the war.


A huge campaign was mounted to save waste and recycle materials. It was partly a morale-boosting exercise, to persuade civilians that they could take an active part in the war. In this case, the message was directed at the citizens of Cheltenham.


London, October 1940. While firemen damp down the smouldering ruins behind him, a milkman picks his way through rubble to deliver the morning’s supply. Churchill’s words to Hitler voiced the feelings of many Londoners: ‘You do your worst – and we will do our best.’


Old Kent Road, London, September 1940. Business as usual for a postman collecting mail from a battered pillar box.


Dressed more for the camera than her surroundings, artist Ethel Gabain paints a scene of air raid damage for the Ministry of Information, November 1940. The Government believed that paintings often served better than photographs as propaganda.


‘Business as usual’ at its most absurd. Readers browse among the charred remains of the Earl of Ilchester’s library at Holland House in 1941. The house was so badly damaged that it was left derelict until 1952.


July 1945. Poles await distribution of bread and blankets by UNRRA (United Nations Relief and Rehabilitation Administration) workers at Weimar Station, Germany. The former occupants of a slave labour camp had opted not to return to Poland but to travel west to Bavaria to work on farms.


July 1947. A Dutch woman kisses her grandchild for the first time. The Barbed wire fence divided the mining town of Kerkrade in two – one half in Germany, the Other in the Netherlands. It took years before some families were reunited after the war.


May 1945. Frederick Ramage’s picture of French, Belgian, Dutch and Polish refugees crossing the Elbe over what is left of the bridge at Tangermünde. The bridge had been blown up by the retreating German army. The refugees are fleeing from the advancing Russians.


Dresden, March 1946. A human chain of women workers move bricks to be used in the rebuilding of their city. In the background are the remains of the Roman Catholic cathedral. Until the Allied raid, Dresden had been one of the Baroque centres of beauty in Europe.


November 1948. A Berlin park has become a wilderness. For the young, there is nowhere to play. For the elderly, there is nowhere to sit. The wood from the park benches has been torn off and taken away to be used for fuel.



25 septiembre 2009

John Fowles (El coleccionista, 1963)

Ediciones Selectas, 1967

Era una muchacha imprevisible. Siempre estaba criticando mi modo de hablar. Recuerdo que un día me dijo: - ¿Sabe lo que hace usted? ¿Sabe cómo la lluvia le arrebata el color a todo? Pues eso precisamente es lo que hace usted con el idioma inglés. Cada vez que abre la boca para decir una palabra, la esfuma, la borra, la emplasta.

… A mí me encantaba siempre verla dibujar: lo hacía rápidamente con enorme facilidad, y uno recibía la impresión de que no podía esperar para expresar con líneas lo que pensaba. Naturalmente, mis pensamientos de aquel día distaban mucho de ser alegres. Era típico de mi carácter no haber trazado plan alguno para la emergencia. No sé que pensaba que iba a suceder. No sé siquiera si no pensé en cumplir el convenio que teníamos, aunque el mismo me había sido impuesto, y las promesas forzadas no son promesas, según suele decirse.

Quiero decir que la belleza lo confunde a uno, hasta que llega el momento en que ya no sabe qué es lo que quiere hacer, ni lo que debe hacer.

- Por que no puedo casarme con un hombre al cual no me es posible pensar que pertenezco totalmente. Mi mente tiene que ser suya, mi cuerpo tiene que pertenecerle. De la misma manera que tengo que estar completamente segura de que él me pertenece. - Yo le pertenezco, Miranda – le dije. – Totalmente, en cuerpo y alma absolutamente. - ¡Pero no, no me pertenece! – dijo ella rotunda. – Pertenecer significa dos cosas, o en este caso dos personas: una que da y otra que acepta lo que se da. Usted no me pertenece porque yo no puedo aceptarlo, y porque no puedo darle nada a cambio. - Yo no pretendo nada, o muy poca cosa. - Ya lo sé, ya lo sé. Sólo las cosas que yo tengo para dar. La manera que tengo de mirar, de hablar, de moverme. Pero yo soy otras cosas además de eso. Tengo otras cosas que dar y no puedo dárselas a usted, porque no lo amo. - Entonces – respondí – me parece que eso cambia todo, ¿no es así? - Me puse de pie. Me latían dolorosamente las sienes. Ella comprendió de inmediato lo que quería decirle. Lo adiviné en su rostro. Pero fingió no comprenderme. - ¿Qué quiere decir? – preguntó. - Usted sabe muy bien lo que quiero decir - contesté. - Me casaré con usted… ¡Me casaré con usted en cuanto quiera! – exclamó ella con evidentes señales de miedo. - ¡Ja, ja, ja! – reí.

Me hace cambiar de ropa quiere que baile con él metafóricamente hablando, que le intrigue, le encandile, le asombre. ¡Es tan mentalmente lerdo tan falto de imaginación, tan carente de vida! Blanco como el zinc. Veo que lo que ejerce sobre mí es una especie de tiranía. Me obliga a mostrarme cambiable a obrar. A alardear. Es esa odiosa tiranía de las personas débiles…

Siempre he intentado ocurrirle yo a la vida, pero comprendo que ha llegado el momento de dejar que la vida, con todas sus cosas, me ocurra a mí.

Enrique Vila Matas (Recuerdos Inventados, Primera antología personal, 1994)



Anagrama, 2006

MAR DE FONDO

Yo tenía un amigo. En esos días únicamente tenía un amigo. Se llamaba Andrés y vivía en París, y a esa ciudad viajé para verle, y él se alegró de mi visita. La misma tarde en que llegué a París, me presentó a Marguerite Duras, que era amiga suya. Lástima que esa tarde había yo tomado dos o tres anfetaminas. Solía tomar esa ración a diario, convencido de que podían ayudarme a imaginar historias y a convertirme en un novelista. No sé por qué estaba tan convencido de una cosa así cuando en realidad no había escrito una sola línea en mi vida y las anfetaminas eran, en gran parte, culpables de eso. Además, a causa de ellas, había perdido todo mi dinero en salones clandestinos de juego, en Barcelona.

LA FUGA EN CAMISA

…Eran ingleses y estaban hablando de una mujer. Lo supe cuando uno de ellos arrojó su pipa al mar y, con voz susurrante y temblorosa, dijo: - La capacidad de amar de Jennie era sencillamente inmensa. La frase sonó tan cálida que, aun sin saber de quién hablaban, rocé literalmente la emoción. Recordé haber leído en alguna parte que las palabras eran las cosas convertidas en puro sonido, su fantasma. Y sentí que, en cierta forma, me había enamorado de una palabra, de un fantasma, me había enamorado de Jennie. Luego escuché una historia o, mejor dicho, la astilla de una historia. - Un día, Jennie se enamoró de una musulmana y olvidó que éstas tienen un concepto distinto del amor. Olvidó que desprecian a las cristianas y que muchas consideran que es totalmente lícita cualquier maldad que les hagan. La musulmana era la criada de Jennie. Era posesiva, dura, siempre a la espera de un regalo a cambio de su amor. Estaba enamorada de Jennie pero a su manera. Sabía hacer filtros de amor. Filtros infalibles a base de hierbas que se apoderaban de la voluntad de quien los tomaba. Filtros que eran una mezcla de hipnóticos, aditivos y otras hierbas como el beleño y la cantárida. Jennie tomó, durante un tiempo, esos filtros y fue envenenándose lentamente. Enfiló la senda irreversible que conduce a la locura y la muerte… En ese momento cruzó por mi mente la imagen de un narrador oral, de un encantador de serpientes que había yo visto en un anterior viaje a Marruecos. Presa de un irresistible y misterioso impulso, me abalancé sobre el inglés y, como si estuviera afilando un cuchillo que rasgara el aire imponiendo el filo del silencio, le dije: - ¡Alto ahí! Ya he oído bastante. Preferiría que dejara el resto a mi imaginación. Y andando lentamente hacia atrás me alejé de allí. No quería darle la espalda al siempre difícil horizonte.

LA ESPOSA SECRETA

- Perdona, Elena.
- Estás loco.
Me siento, de pronto, poseído por una fuerza extraña que me impulsa, ahora en gesto consciente, a apretarle la garganta. Ella saca fuerzas de flaqueza y dice:
- Me estás matando y no puedes evitarlo.
- Sí, puedo evitarlo
– contesto.
- ¿Cómo?
– pregunta con voz de asfixia.
- Despertándome.

Donatien Alphonse François de Sade (Justine o los infortunios de la virtud, 1787)

Por mi parte, convencida de que el instante en que la crisis que espera se produzca significará el cese de los tormentos de la condesa, pongo todo mi esfuerzo en precipitar esa crisis, y me vuelvo, como veis, señora, ramera por bene­ficencia y libertina por virtud.

Está fuera, y yo en la más violenta agitación. No os describo la noche que pasé; los tormentos de la imagi­nación unidos a los males físicos que las primeras crueldades de aquel monstruo acababan de hacerme pade­cer, la convirtieron en una de las más espantosas de mi vida. No es posible imaginar las angustias de un des­dichado que espera su suplicio en cualquier momento, a quien se le ha arrebatado la esperanza, y que no sabe si el minuto que respira será el último de sus días. In­seguro acerca de su suplicio, se lo imagina de mil ma­neras a cual más horrible; el más mínimo ruido que escucha le parece ser el de sus verdugos; su sangre se detiene, su corazón se apaga, y la espada que termina­rá con sus días es menos cruel que esos funestos ins­tantes en que la muerte le amenaza.

Por acostumbrado que esté al crimen, es raro que la noticia de su cumplimiento no asuste al que acaba de cometerlo. Este terror venga a la virtud: es el ins­tante en que recupera sus derechos.

Sólo los seres que conocen el corazón del hombre, que han estudiado sus doble­ces, que han desenredado los rincones más impenetra­bles de este dédalo oscuro, podrían explicarte esta es­pecie de extravío. ––¡Cómo, señor!, os había ofrecido dinero... acababa de haceros un favor... ser pagada por todo lo que había hecho por vos con una traición tan negra... ¿decís que es algo que puede entenderse, que puede justificarse?

Pero los descubri­mientos y las seducciones me dan trabajo; además, la clase de sujetos es extremadamente importante para mi lubricidad: quiero que todas ellas procedan de estos asi­los de la miseria en los que la necesidad de vivir y la imposibilidad de conseguirlo, absorbiendo el valor, el orgullo y la delicadeza, enervando finalmente el alma, determina, en la esperanza de una subsistencia indis­pensable, a todo lo que parece tener que asegurarla.

––¡Oh, señor! ––dije a aquel hombre deshonesto, es­tremeciéndome ante sus discursos––, ¿cómo es posible que podáis concebir tales voluptuosidades, y que os atreváis a proponerme servirlas? ¡Qué horrores acabáis de hacerme oír! Hombre cruel, bastaría con que fuerais desdichado sólo dos días y veríais como estos sistemas de inhumanidad no tardarían en aniquilarse en vuestro corazón: la prosperidad es lo que os ciega y os endure­ce; os aburrís con el espectáculo de los males de los que os creéis al amparo, y como confiáis en no sentir­los jamás, os suponéis en el derecho de infligirlos; ¡ojalá jamás me llegue la felicidad si es capaz de corromper­me hasta este punto! ¡Oh, cielo santo! ¡No contentarse con abusar del infortunio! ¡Llevar la audacia y la fero­cidad hasta incrementarlo, hasta prolongarlo, por la única satisfacción de vuestros deseos! ¡Qué crueldad, señor! Los animales más feroces no nos dan ejemplos de una barbarie semejante. ––Te equivocas, Thérèse, no hay astucias que el lobo no invente para atraer al cordero a sus trampas: estas tretas están en la naturaleza, y la beneficencia no cuenta entre ellas; sólo es una característica de la debilidad preconizada por el esclavo para enternecer a su amo y predisponerle a una mayor dulzura. Sólo se anuncia en el hombre en dos casos: si es el más débil, o si teme serlo. La prueba de que esta supuesta virtud no exis­te en la naturaleza es que es ignorada por el hombre más próximo a ella. El salvaje, despreciándola, mata sin piedad a su semejante, bien por venganza, bien por avidez... ¿Acaso no respetaría esa virtud si estuviera inscrita en su corazón? Pero jamás apareció, jamás se encontrará allí donde los hombres sean iguales. La ci­vilización, al depurar a los individuos, al distinguir los rangos, al ofrecer un pobre a los ojos de un rico, al hacer temer a éste una variación de estado que podía precipitarle en la nada del otro, colocó inmediatamente en su mente el deseo de aliviar al infortunado para ser aliviado a su vez, en el caso de que perdiera sus rique­zas. Entonces nació la beneficencia, fruto de la civiliza­ción y del temor: así pues, sólo es una virtud circuns­tancial, pero no, en absoluto, un sentimiento de la na­turaleza que jamás emplazó en nosotros otro deseo que el de satisfacernos, al precio que fuera. Sólo confun­diendo así todos los sentimientos, y sin analizar jamás nada, podemos cegarnos sobre todo y privarnos de todos los goces.

¡Oh, amigo mío! la prosperidad del cri­men sólo es una prueba a la que la Providencia quiere someter la virtud; es como el rayo cuyos fuegos falaces sólo embellecen un instante la atmósfera para precipitar en los abismos de la muerte al desdichado que han des­lumbrado.

Jane Austen (Lady Susan)


posiblemente escrito en 1794, pero no publicado antes de 1871

Unidad Editorial, 1998


CARTA 35

Lady Susan al señor De Courcy

Calle Seymour

No intentaré describir el asombro que me ha causado la nota que acabo de recibir de ti. Estoy perpleja y me esfuerzo para llegar a una conjetura racional de qué te puede haber contado la señora Manwaring para causar un cambio tan radical en tus sentimientos. ¿No te he explicado todo lo que podría atribuirse a un comportamiento dudo­so por mi parte y que la predisposición malvada del mundo ha interpretado en mi contra? ¿Qué puedes haber oído ahora para cuestionar el apre­cio que sientes por mí? ¿Alguna vez te he ocultado algo? Reginald, me alteras más de lo que las pala­bras pueden expresar. No puedo creer que la vieja historia de los celos de la señora Manwaring pue­da haber reaparecido, ni tan sólo escuchada otra vez. Ven a verme inmediatamente y te explicaré lo que ahora te parece absolutamente incompren­sible. Créeme, la palabra Langford por sí sola no encierra un contenido tan inteligente como para hacer inútil una explicación. Si vamos a separar­nos, sería como mínimo educado por tu parte que te despidieras personalmente. No está mi corazón para bromas. Lo digo muy en serio. Perder tu esti­ma, aunque sólo sea durante una hora, es una hu­millación a la que no sé cómo enfrentarme. Voy a contar los minutos que tardes en venir.

S.V.

02 marzo 2009

Rodrigo Fica (Bajo la marca de la ira)


Editorial Universitaria, 2005

Este libro nace de una bitácora escrita para ella.
Cual símbolo de clamores relegados, el manojo pronto cayó en un rincón y hubo de esperar a que el gran invierno se fuera para recibir clemencia.



Se hace el silencio. Profundo, real.

Las horas sin dormir y la ansiedad me hacen pensar en forma extraña. Salto de un pensamiento a otro, rápidamente, dándoles tan sólo retazos de atención. Juego con el tiempo; el futuro, el pasado, mío, nuestro, ajeno. Sensaciones de pérdidas por los años que se fueron y que nunca volverán. Quizás pena, talvez dolor, pero inconfundiblemente melancolía.

Poco a poco surge el desafío de internarse en este océano de nieve, siendo el primer objetivo lógico cruzarlo de lado a lado. Lo intenta dos veces Héctor Gianolini y luego Bruno Guth en 1951. En el verano de 1952, Emiliano Huerta logró visualizar el Pacífico después de entrar a la meseta por Argentina, vía el paso Marconi, el paso Pío XI y la zona de alimentación del glaciar homónimo. Afirmaron ser los primeros en realizar el cruce transversal, pero se les censuró no haber arribado físicamente al otro lado.

Esta objeción no es menor, porque el mismo Agostini había visualizado los fiordos de la costa occidental desde la cumbre del monte Torino varios años antes y nunca pretendió adjudicarse tal logro.

No sería la última ocasión en que nacería la polémica al calor de la fiebre patagónica. Su historia no está exenta de ejemplos como éste, cuando las aristas de la ambición humana tocaron el límite de lo permitido y crearon conflictos que todavía perturban el alma de sus protagonistas.


Salimos del restaurante y damos un paseo. Natales todavía está lejos de su mejor momento en la temporada y sus calles están vacías. Son las tranquilas horas de la tarde y la existencia es simple.
- Suerte… -nos gritan por ahí.
- … la van a necesitar –agrega alguien más y surge una pesada risa general.
- Sí; lo sé –comento en voz baja y me alejo, preocupado de la enorme verdad que esconde mi respuesta.

Antes de acostarme, doy un último paseo por la Costanera. Un kilómetro más allá se alcanza a vislumbrar la silueta de la Alacalufe meciéndose en el muelle. Esta lista para el zarpe de mañana y me da un poco de orgullo saber que no estaría ahí de no ser por nuestras ideas.

Una prueba más de que sí es posible tener el control, que sí podemos cambiar las cosas, que no sólo somos seres a los cuales les ocurre, como si fuera una enfermedad.


Días más tarde, en Caleta Tortel, la policía le puso problemas a Algernón por no tener un permiso para ir al Hielo, pero mi amigo volvió al barco y no le dio mayor importancia al entredicho. Yo, con un cuestionable sentido del humor, desde la bodega de la Yagán prendí el walkie-talkie y simulé ser oficial de Carabineros, exigiendo la presencia de los expedicionarios en la comisaría bajo orden de arresto. En la cubierta se desató un lío fenomenal al recibir el llamado y tuve que subir rápidamente para tranquilizarlos y decirles que yo era el autor y que no, no era necesario bombardear el cuartel.

Hice lo que pude por evitar que el barco se hundiera: hablaba con uno, consolaba al otro, inventaba distracciones, cantaba, reía, animaba… Mas fue inútil, fracasé. No se puede apuntalar con saliva los cimientos de nuestras voluntades. La unidad de la expedición ya estaba fracturada irremediablemente y no había nada que yo pudiera hacer para reconstruirla.

Miré por azar hacia delante y vi que Navegante no se detenía, sino que seguí abriendo la huella, en medio del atronador ruido de la tormenta.
Y de repente ¡desapareció!
Limpiamente. Como si se hubiese producido una dislocación espacio-temporal y en la nueva realidad él nunca hubiese existido.
Estaba… ¡Chaz! Ya no estaba.
Sólo un hoyo en el suelo denotaba su paso. ¡Había caído en una grieta!

Quizás fue un caso de “depresión invernal”, coloquialmente conocida como winteritis. Ese trastorno afectivo que tiende a ocurrir cuando hay cantidades decrecientes de luz. Se experimentan síntomas como cansancio, fatiga, irritabilidad, pérdida de apetito sexual, mal dormir, angustia, depresión. Algunos calzaban con lo ocurrido; otros, no…

Pero si hubo algo que me quedó claro de todo este embrollo. No debí haber cedido tan fácil ante Navegante. Fui débil ante la tentación de terminar con aquellas penurias, ante la esperanza de un alivio que al final se reveló efímero.

Impotentes, vimos cómo la pulka pasó por varias lomas de nieve, acelerando y frenando en ciclos, acercándose inexorablemente a las grietas, que a ese momento ya se me parecían bocas hambrientas deleitándose anticipadamente por el inesperado bocado.

Se hizo el silencio y el frío comenzó a morder con su rostro indiferente.
La noche tardó en llegar.

La atmósfera tiende a mantenerse estable dentro de la mediocridad.

Vamos encontrando grietas bien definidas que cruzamos saltándolas en sentido perpendicular, pensando en lo simple que es vivir así. Compenetración, equilibrio, ¡salto! Armonía física, poder contenido, control de tu destino. Cada grieta que paso se lleva una parte de mí.

¡Salí! Ya estoy en la playa y corro al depósito. Mis amigos han llegado hace rato y me miran.

Los toneles están bien. Parece que hubiera sido ayer cuando los abandonamos, pero ¡fue hace dos meses!

Estoico, fiel a su rúbrica, permanece sentado en el pasto soportando con dignidad la voracidad que le corroe por dentro. Es que Navegante no lo ha dejado comer nada porque quiere repartir las cosas en partes iguales. Pero, “con permiso…”, llego yo y empiezo a abrir los contenedores, sacando las bolsas y tirándolas al aire buscando algo digno del momento. Salen tarros de fruta, galletas, atún, bebidas, patés…

Para empezar, escojo el símbolo supremo del consumismo, una Coca-Cola, y luego tomo una bolsa de papas fritas y otra de mayonesa.

Mientras me los echo a la boca, de reojo veo que Navegante intenta objetar, pero se ve superado y no le queda más opción que sumarse a la más sublime de las orgías culinarias en las que yo alguna vez haya participado.


Pero, inesperadamente, lo que empieza a embargarme es una sensación media culposa, porque el estómago hinchado inicia una cadena de pensamientos asociados que desembocan en el recuerdo de quienes tienen hambre. A aquellos que todavía hoy, en este preciso instante, luchan por sobrevivir. Caras sucias que merecen respuestas.
¿No habría sido mejor emplear esta comida en una causa noble?
Buena pregunta.
Es más. Podríamos haber empleado tanto esfuerzo, sacrificios y dinero en luchar por un mundo mejor, ¿cierto?
Toda vez que hay que reconocer que para llegar hasta aquí, para que un abotagado expedicionario se cuestione su proceder a la hora de la siesta, haya sido necesario emplear cincuenta y cinco mil dólares americanos. Sí. Tal cual. Cincuenta y cinco mil.
Nada más que el costo de tomar a cuatro personas desnudas, vestirlas apropiadamente, comprar su comida, trasladarles la carga, llevarles al Hielo Patagónico Sur y dejarles allí con lo necesario para sobrevivir cuatro meses. Sin pagarles nada, debo agregar.
Puedo entender el cuestionamiento. Claro que sí. Es mucho dinero y soy el primero en avergonzarse por haberlo usado en esto.
Pero…
También es cierto que nuestra sociedad debe ser entendida como un ente complejo, inorgánico, donde el verdadero avance se da en base a la suma de iniciativas individuales, las cuales son las que realmente contribuyen a la riqueza global de la comunidad.

“-¿Cómo lo hiciste?, ¿cómo es posible?
-Porque jamás guardé nada para volver”
(Vincent, Gattaca)


Aquí estoy ahora. Tendido a lo ancho de la carpa, usando cuatro colchonetas. Estoico todavía no entra; hay espacio suficiente y entra luz. Está lindo.
Pero no va a durar. Poco a poco, inexorablemente, la nieve nos cubrirá y tendré que salir yo.
Mendigando horas de tranquilidad, que en otras partes son gratis.

Y voy más allá. El verdadero subdesarrollo, individual o de una comunidad, está dado por su incapacidad para crear. Por lo tanto, si se desea surgir, como colectividad, como nación, como especie, se hace necesario una educación centrada en motivar estas almas inquietas y en forjar su espíritu, ya que los obstáculos a vencer pondrán a prueba sus creencias y, si no están preparadas, terminarán por doblegar su confianza.

En un descanso, Poeta y Navegante discuten qué harían si apareciera un helicóptero en ese instante. Poeta lo tomaría, Navegante no. Estoico dice: “¡qué helicóptero, hueón!” y fin de la discusión.

Herbert George Wells (La guerra de los mundos, 1898)


The War of the Worlds
Ed. Tor, 1938

A medida que pasaban los días, su completa falta de cuidado y de consideraciones para conmigo acrecentó tanto nuestro malestar y peligro que, a pesar de no agradarme el método, tuve que apelar a las amenazas y, al fin, a los golpes. Esto le hizo recobrar la cordura por un tiempo. Pero era una de esas personas débiles y llenas de estulticia furtiva, que no hacen frente ni a Dios ni al hombre y ni siquiera a sí mismos, carentes de orgullo, timoratas y con almas anémicas y odiosas.

Me resulta desagradable recordar y escribir estas cosas; pero las menciono a fin de que no falte nada a mi relato. Los que han escapado a los momentos malos de la vida no vacilarán en condenar mi brutalidad y mi estallido de cólera de nuestra tragedia final, pues conocen tan bien como yo la diferencia entre el bien y el mal, mas no saben hasta qué límites puede llegar una persona torturada. Pero aquellos que han sufrido y han llegado hasta las cosas elementales serán más comprensivos conmigo.

01 marzo 2009

Julius Fucik (Reportaje al pie del patíbulo, 1945)


Quimantú, 1972

Escrito en la prisión de la Gestapo, en Pankrác, durante la primavera de 1943


Estar sentado en posición de firme, el cuerpo tenso, inmóvil, las manos pegadas a las rodillas, los ojos fijos hasta la ceguera sobre la pared ama­rillenta del depósito, en el Palacio Petschek, de Praga; no es seguramente la postura más favora­ble para reflexionar. ¿Quién podría, entonces, for­zar a una idea a permanecer, así, sentada, en posición de firme?
Tal vez nunca sabremos a quién, y cuándo, se le ocurrió denominar el “cine” a este depósito del Palacio Petschek; he ahí una idea genial. Una sala espaciosa, seis largos bancos en filas apretadas, ocupados por los cuerpos inmóviles de los reos y frente a ellos la pared limpia como una pantalla de cinematógrafo. Ni las productoras de todo el mundo han podido rodar tantos filmes como los proyectados por los ojos de los reos sobre el mu­ro, mientras esperaban un nuevo interrogatorio, o la tortura, o la muerte. Los filmes de la vida entera y no los de los pequeños detalles de la vi­da; los de la madre, de la mujer, de los hijos, del hogar destruido, de la existencia perdida; el filme de un camarada valiente y de la traición; el filme de ese a quien yo di aquel volante, de la sangre que correrá aún, de un fuerte apretón de manos, garantía de fidelidad. Filmes colmados de terror y de resolución, de odio y de amor, de angustia y de esperanza. Cada uno de espaldas a la vida, muere aquí ante sus propios ojos. Pero no todos renacen.
He visto cien veces mi propio filme, mil veces sus detalles. Ahora trataré de contarlo. Si el nu­do corredizo aprieta mi cuello antes de llegar al final, aún quedarán millones para terminar este filme con un happy end.

-¿Lo conoce?
Me trago la sangre para que ella no la vea...Lo que seguramente es bastante tonto, porque la sangre corre de cada poro de mi cara y hasta de la punta de mis dedos.
-¿Lo conoce?
-No lo conozco.
Dijo eso sin que siquiera su mirada traiciona­se su horror. Ha respetado nuestro acuerdo, de no confesar nunca que me conoce, por más que ahora eso ya sea inútil. ¿Quién, pues, les habrá dado mi nombre? Se la llevaron; le dije adiós con la mirada más alegre de que aún era capaz; quizá no fuera alegre, no lo sé.


Estoy cansado. He concentrado todas mis fuer­zas para esquivar sus preguntas, pero ahora mi conciencia huye rápidamente, como la sangre que mana de una herida honda. Siento todavía que me dan la mano, quizá leen el signo de la muerte sobre mi frente.. Parece que en algunos países el verdugo tiene la costumbre de besar al condenado antes de ejecutarlo.
La noche. Dos hombres, inclinados, con las ma­nos juntas, vuelven a caminar en círculo, uno de­trás del otro, cantando con voz alargada y discor­dante una salmodia triste:
Cuando la luz del sol y el brillo de las estre­llas se apagan para nosotros....
¡Oh, deténganse, amigos míos! Quizá sea una hermosa canción, pero hoy estamos en vísperas del 1º de Mayo, la más bella y alegre fiesta del hombre...
Trato de cantar algo alegre, pero debe sonar aún más tristemente, porque Carlos vuelve la ca­beza y el Padre se enjuga los ojos. No importa, no me amilano, sigo cantando, y poco a poco jun­tan sus voces a la mía. Me duermo contento.
Al alba del 1o de Mayo. El reloj de la peque­ña torre de la prisión da tres campanadas. Es la primera vez que las oigo claramente. Por primera vez desde que me apresaron tengo todo mi cono­cimiento. Siento la frescura del aire que pasa por la abierta ventana y se cuela bajo la manta; sien­to las pajitas que se incrustan en mi pecho y mi vientre; cada pequeña partícula de mi cuerpo me duele con mil dolores, y respiro con dificultad. Y de golpe, como si abriera una ventana, veo claramente: es el fin. Estoy en agonía.
Has tardado mucho en llegar, muerte. Y pese a todo, yo tenía la esperanza de conocerte más tarde, de aquí a muchos años. Había esperado po­der vivir aún la vida de un hombre libre, poder trabajar mucho, y amar mucho y cantar y reco­rrer el mundo. Justamente estaba en mi madurez y todavía tenía muchas fuerzas. Ya no las tengo, se están extinguiendo en mí. Amaba la vida por su belleza, y he ido al campo de batalla. Os he querido, hombres, y era feliz cuando sentíais mi amor, y sufría cuando no me comprendíais. Aquel a quien hice daño que me perdone, y al que con­solé que me olvide. Que la tristeza no sea unida nunca a mi nombre. Este es mi testamento para ustedes, padre, madre y hermanas; para ti, mi Gus­ta, y para ustedes, camaradas, para todos aquellos que he querido. Si creen que las lágrimas borra­rán el triste torbellino de la pena, lloren un momento. Pero no se lamenten. He vivido por la ale­gría, y por la alegría muero, y sería un agravio poner sobre mi tumba el ángel de la tristeza.

-No quiere guiso -se lamenta Carlos, y menea con pena la cabeza por encima de mí.
Y luego, con glotonería, empieza a comer mi ración, que comparte honradamente con el Padre.
¡Ah, vosotros que no habéis vivido durante el año 1942 en la prisión de Pankrác, no sabéis; no podéis saber todo lo que es un guiso! Regular­mente, aun en los peores tiempos, cuando el es­tómago mugía de hambre, cuando bajo las duchas aparecían esqueletos cubiertos de piel humana, cuando un camarada robaba a otro, al menos con la mirada, los bocados de su ración; cuando hasta la asquerosa sopa de legumbres secas diluidas en una cucharada de extracto de tomate aparecía co­mo una delicia largo tiempo esperada; aún en los tiempos más duros, dos veces por semana, con to­da regularidad, los jueves y los domingos, los pri­sioneros de servicio vertieron en mi escudilla un cucharón de papas, regándola con una cucharada de jugo en el que flotaban algunos hilos de carne.


Y el “cine” del Palacio Petschek no tiene ver­daderamente nada de alegre. Es la antecámara de una sala de torturas, de donde te llegan los gemi­dos y los gritos de terror de los otros; y donde no sabes lo que te espera. Ves partir personas sanas y llenas de vida y luego de dos o tres horas de interrogatorio las ves volver mutiladas, aniquila­das. Oyes una voz sonora que se despide para ir al interrogatorio y a la hora una voz rota, ahoga­da por el dolor y la fiebre, te anuncia su vuelta. y algo aun peor: aquí ves también algunos que parten con una mirada clara, sincera y que cuan­do vuelven no pueden mirarte a la cara. Posible­mente un segundo de debilidad, en algún momen­to, allí arriba, en el escritorio del que interroga; quizá sólo un instante de hesitación, sólo un re­lámpago de miedo, o de deseo de salvar la propia vida; y hoy mismo, o mañana, llegarán nuevos prisioneros que volverán a vivir todos estos horrores, nuevas víctimas que algún camarada de lucha ha entregado al enemigo.
El espectáculo de la gente de conciencia sucia es más terrible que el espectáculo de los tortura­dos físicamente. Y si tienes los ojos agrandados por la muerte que marcha a tu lado, si tus senti­dos están afinados por la resurrección, distingues, sin necesidad de oír ni una palabra, al que ha va­cilado, al que quizá ya haya traicionado o al que piensa justamente en ese momento, en un peque­ño rinconcito de su alma, que no estaría tan te­rriblemente mal aliviarse un poco “entregando”, al menos, al más insignificante de sus compañeros de lucha. ¡Oh! ¡Flojos miserables! ¡Cómo si fuera vida la que se paga con la de un camarada!

Los prisioneros y la soledad: estas dos palabras parecen inseparables. Pero es un gran error. El prisionero no está solo. La prisión es una gran co­lectividad, de la que ni la más severa incomunica­ción puede separarlo si él mismo no se ha excluido. La fraternidad de los oprimidos está aquí so­metida a una presión que la condensa, la robus­tece y la hace también más sensible. Atraviesa los muros, que viven, que hablan o transmiten los mensajes. Abarca las celdas de un mismo corre­dor, que están unidas por idénticas preocupacio­nes, por guardianes comunes, por las comunes me­dias horas de aire puro, cuando basta una palabra o un gesto para transmitir un mensaje o salvar vi­das humanas. Liga toda la prisión por las partidas en común al interrogatorio y las comunes perma­nencias en el "cine", sentados durante horas, y por el regreso en común. Es una fraternidad de pocas palabras y grandes servicios, puesto que un simple apretón de manos o un cigarrillo pasado a hurtadillas abren la jaula en que te han arroja­do y te libra de la soledad que debiera quebran­tarte. Las celdas tienen manos, tú sientes que te sostienen para que no caigas cuando llegas tras las torturas del interrogatorio; de esas celdas recibes el alimento cuando los otros te quieren matar de hambre. Las celdas tienen ojos: te miran cuando partes para la ejecución, y tú sabes que debes ir con la frente alta porque eres su hermano y no debes debilitarlos ni siquiera ante un paso vaci­lante. Es una fraternidad sangrienta e irresistible. Sin su ayuda no podrías soportar siquiera la dé­cima parte de lo que soportas.

Allí, durante el interrogatorio, cada palabra puede servir de protección o de arma. Pero en el 400 es imposible ocultarse tras las palabras. Aquí no se pesa lo que has dicho, sino lo que está en el fondo de ti. Allí, en lo mas profundo de tu ser, sólo ha quedado lo esencial; todo lo secundario que ennoblece, afea o embellece el fondo de tu ca­rácter, ha caído, como arrancado de un tirón por el ciclón que precede a la muerte. No ha quedado más que el simple sujeto y su atributo; el fiel re­siste, el traidor traiciona, el burgués desespera, el héroe pelea. En cada ser hay fuerza y noble­za, audacia y miedo, firmeza e indecisión, sucie­dad y limpieza. Aquí sólo ha podido quedar una u otra cosa. Esto o aquello. Y si alguien trató de navegar entre dos aguas, ha sido advertido más rápido que un bailarín que, con el platillo en la mano y la pluma amarilla en el sombrero, apare­ciese durante una ceremonia fúnebre.

Una mujer fue arrestada hace seis meses bajo sospecha de distribuir volantes ilegales. Ella lo niega. Arrestan entonces a sus hermanas y hermanos, a los maridos dé sus hermanas y a las mujeres de sus hermanos, y se los ejecuta a todos, porque la consigna de este es­tado de sitio es la exterminación de familias en­teras. Un empleado de Correos, detenido por error, espera abajo, junto al muro, que lo pongan en li­bertad. Oye su nombre, y responde al llamado. Se lo coloca en la fila de condenados a muerte, lo llevan, lo fusilan, y sólo dos días después se cons­tata que sólo se trata de una confusión y que era otro del mismo nombre el que debió ser ejecuta­do. Se fusila entonces al otro, y todo queda en or­den. ¿Verificar cuidadosamente la identidad de aquellos a quienes se piensa quitar la vida?.... ¿A quién se le ocurriría perder su tiempo en eso? ¿Acaso no es superfluo cuando se trata de qui­tarle la vida a la nación entera?

“ESO”


Una mañana esperábamos abajo, de pie en el corredor principal de Pankrác, que nos llevaran al Palado Petschek para los interrogatorios. Ha­bitualmente nos quedábamos de cara a la pared, para no mirar lo que ocurría a espaldas nuestras. Pero ese día resonaba detrás una voz desconocida para mí:
-¡No quiero ver nada ni escuchar nada! Uste­des no me conocen, ¡van a aprender a conocerme!
Me reí. En esta escuela de doma esa cita del pobre cretino del teniente Dub, de Svejk, era realmente oportuna. Y nadie había tenido aún el valor de decir aquí esa broma en voz alta. Pero un vivo golpe de mi vecino, más fogueado, me ad­virtió que no era el caso de reír, que tal vez yo me equivocaba y eso no era una broma. Y no lo era.
“Eso”, que hablaba así detrás de nosotros, era un hombrecito con uniforme SS que visiblemente no tenía ninguna idea de Svejk. “Eso” hablaba como el teniente Dub porque intelectualmente es­taba a su altura. “Eso” respondía al nombre de Withan, y como Withan había sido sargento jefe en el Ejército checoslovaco. “Eso” tenía razón. Lle­gamos a conocerlo perfectamente, y jamás fue pa­ra nosotros más que el neutro “Eso”. Porque, a decir verdad, nuestra inventiva se sentía débil al tratar de dar un apodo adecuado a esa rica mez­cla de cretinismo, imbecilidad, arribismo y mal­dad, que era uno de los sostenes principales del régimen de Pankrác.
"Eso" no llega ni a las rodillas del cerdo, dice el dicho popular para designar a ese tipo de pe­queño arribista vanidoso a fin de herirlo en el lu­gar más sensible. ¡Qué pequeñez intelectual debe tener un hombre para sufrir por su pequeñez corporal! Y Withan sufre por ella, y se venga en to­do lo que es más grande física e intelectualmente, es decir, en todo.
No con golpes. No tiene suficiente audacia pa­ra ello. Pero sí con la denuncia. Muchos prisione­ros perdieron la vida por esa razón, pues no es lo mismo salir de Pankrác para el campo de con­centración con una u otra nota, en el supuesto ca­so de que se salga.
Es infinitamente ridículo. Vaga con mucha dig­nidad por los corredores, solo, soñando con su gran importancia. Cada vez que se cruza con un hom­bre siente necesidad de treparse en cualquier par­te. Si interroga, se sienta en la balaustrada de la escalera, y se queda hasta una hora en esa incó­moda posición, porque así sobrepasa al otro en una cabeza. Si vigila el arreglo de la barba, se sube a una escalerita o se pasea sobre un banco, repitiendo sus ingeniosas sentencias:
¡No quiero ver nada, ni escuchar nada! Uste­des no me conocen...
Durante la media hora de gimnasia de la ma­ñana se pasea sobre el césped, que lo eleva diez centímetros sobre lo que lo rodea. Entra a la celda con la dignidad de una majestad real para subirse de inmediato a una silla, a fin de observar y re­visar desde la altura.
Es infinitamente ridículo, pero -como todos los imbéciles que ocupan puestos con poder sobre la vida de la gente- es también infinitamente peligroso. En el fondo de su imbecilidad se esconde un talento: hacer de una mosca un elefante. No entiende de otra cosa que de su tarea de perro guardián, y por esta razón la más mínima desvia­ción del orden prescrito le parece algo grande, que corresponde a la importancia de su misión. Inven­ta y fabrica delitos y crímenes contra el regla­mento de la prisión para poder dormir tranquilo sintiéndose alguien.
¿ Y quién trata de saber aquí cuánto hay de verdad en sus denuncias?

KOLIN

Era una noche durante el estado de sitio. El guardián con uniforme SS que me hacía entrar en la celda, hizo como que revisaba mis bolsillos.
-¿Que le pasa? -me preguntó despacito.
No sé. Me han dicho que seré fusilado mañana.
-¿Y eso lo ha asustado?
-Lo doy por descontado.
Mecánicamente, con un ademán fugitivo, rozó el revés de mi saco.
-Es posible que 1o hagan, Si no mañana, qui­zá más tarde y quizá nunca. Pero en estos tiempos..... es mejor estar preparado....
Y se calló nuevamente.
-Si usted quisiera de todos modos....
-¿Quiere dejar un encargo para alguien? ¿O escribir? No para ahora, ¿comprende?, sino para el futuro; cómo llegó aquí, si alguien lo traicionó, qué conducta observaron éste o aquel.... para que lo que usted sabe no desaparezca junto con usted.
¿Si quería escribir? ¡Como si hubiera adivinado mi más ferviente deseo!
Al rato me trajo un papel y un lápiz. Los he ocultado cuidadosamente para que ninguna revi­sión pudiera encontrarlos.
Y no los toqué jamás.
Era demasiado hermoso, no podía tener confianza. Demasiado hermoso: aquí, en la casa de las sombras, poco después de mi arresto, encon­trar -vistiendo el uniforme de aquellos que pa­ra ti sólo tienen golpes y gritos- un hombre, un amigo que te tiende la mano para que no perezcas sin dejar rastros, para que puedas dejar un men­saje a los hombres del futuro, para que al menos puedas hablar un instante a los que sobrevivirán y verán la liberación.... ¡Y justamente ahora! En los corredores llaman a los que van a ser ejecuta­dos; la sangre embriaga a los brutos que gritan como bestias y el espanto aprieta la garganta de los que no pueden gritar. ¡Justamente ahora, en semejante momento, es increíble, no puede ser! Acaso sea una trampa. ¡Qué fuerte deberá ser un hombre para tenderte espontáneamente la mano en una situación semejante! ¡Qué fuerte y qué audaz!
Ha pasado un mes, más o menos. Ha terminado el estado de sitio, los gritos son más débiles y los momentos crueles casi son recuerdos. Es otra vez durante una noche, al volver del interrogatorio; de nuevo el mismo guardián frente a mi celda.
-Según parece, usted se ha escapado. ¿Por qué? -y mirándome con ojo escrutador-: ¿Todo estaba en orden?
Comprendí bien la pregunta. Me emocionó profundamente. Y más que ninguna otra cosa me persuadió de su honradez. Esa pregunta sólo podía hacerla un hombre con derecho a hacerla. Desde ese momento tuve confianza en él. Era uno de los nuestros.
A primera vista: un personaje enigmático. Re­corría los pasillos solo, tranquilo, reservado, aler­ta, observando todo. Nunca se lo oyó gritar. Nunca tampoco golpeó a nadie.
-Por favor -le decían los camaradas de la celda vecina-, cachetéeme cuando Smetonz mire hacia aquí, es necesario que lo vea en servicio activo alguna vez.
Sacudía negativamente la cabeza. -No es necesario.
Nunca se le escuchó hablar sino en checo. To­do en él te indicaba que era diferente a los demás y uno no se explicaba por qué, aunque ellos lo advertían, nunca pudieron atraparlo.
Está siempre donde hace falta, lleva la calma donde reina confusión, da valor a los deprimidos, anuda los hilos arrancados que amenazan a otras personas de afuera. No se pierde en detalles. Tra­baja sistemáticamente y en gran escala. Y no de ahora. Desde el principio. Ha entrado al servicio del nazismo con esa tarea.
Adolf Kolinsky, guardián checo de Moravia, un hombre checo de antigua familia checa, se declara alemán para poder vigilar a los prisioneros checos en Hradec Králové y después en Pankrác. ¡Qué indignación entre los que lo conocen! Pero cuatro años después, -al pasar lista, el director ale­mán de la prisión, poniéndole el puño frente a la nariz, furioso -por cierto que un poco tarde- lo amenaza diciéndole:
-¡Yo voy a expulsarte del cuerpo tu “chequismo”!
Se equivocaba. No era solo “chequismo”. Hubiera sido necesario expulsarle también al hom­bre que había en él. Un hombre que consciente y voluntariamente elige un determinado puesto pa­ra luchar y ayudar a que otros luchen. Y a quien el peligro constante sólo ha endurecido.

28 febrero 2009

Stephen King (El resplandor, 1977)


The shining
Debolsillo, 2004

—Ahí tiene usted todos los planos de fontanería —explicó—. No creo que tenga ningún problema de filtraciones, porque nunca las hubo, pero a veces las cañerías se congelan. La única manera de evitarlo es dejar correr un poco los grifos durante la noche, pero en este jodido palacio hay más de cuatrocientos grifos. El gordo maricón ese de arriba iría chillando todo el camino hasta Denver cuando viera el recibo del agua. ¿No tengo razón?
—Yo diría que es un análisis notablemente agudo.

Era poco más de medianoche. Jack y Al entraban en Barre por la carretera 31, Al sentado al volante de su «Jaguar», tomando sin precaución alguna de las curvas, pasándose a veces de la doble línea amarilla. Los dos iban muy borrachos; esa noche los marcianos habían aterrizado en gran número. Tomaron la última curva antes del puente a más de 110. En el camino había una bicicleta de niño, y hubo un chillido doloroso y agudo de la goma arrancada de los neumáticos del «Jag». Jack recordaba haber visto la cara de Al suspendida sobre el volante como una luna blanca y redonda. Después, el ruido de metal que se aplasta al chocar con la bicicleta aún a sesenta y cinco, el vuelo de ésta como un pájaro doblado y retorcido, el manillar que golpea el parabrisas y vuelve a salir por el aire, dejando ante los ojos desorbitados de Jack la telaraña astillada del cristal de seguridad. Un momento después, el golpe final, espantoso, al estrellarse en el camino a espaldas de ellos. Y algo que los sacudía desde abajo mientras los neumáticos lo aplastaban. El «Jag» patinó de costado, con Al aún aferrado al volante, y desde muy lejos Jack se oyó decir:
—Por Dios, Al, le hemos pasado por encima. Lo he sentido.


En alguna parte, en algún suplemento dominical o en un artículo de revista, Jack había leído que el siete por ciento de los accidentes automovilísticos queda sin explicar. No hay fallos mecánicos ni exceso de velocidad, ni alcohol ni mal tiempo. Simplemente un coche que se estrella en alguna parte desierta del camino, y el único ocupante, el conductor, muere, incapaz de explicar qué le sucedió. El artículo incluía una entrevista a un agente de Policía que pensaba que muchos de esos choques inexplicables se debían a la presencia de insectos en el coche. Avispas, una abeja, tal vez una araña o una polilla. El conductor se asusta y trata de aplastar el insecto o de bajar una ventanilla para dejarlo salir.
Tal vez el insecto lo pica; o simplemente, el conductor pierde el control. De cualquiera de las dos maneras... ¡bang!, y se acabó. Y el insecto, por lo general ileso, se va zumbando alegremente de entre el montón de restos humeantes, en busca de más tiernos pastos. El agente pensaba que al hacer la autopsia de esas víctimas, los forenses debían investigar la presencia de veneno de insectos, recordaba Jack.

Ahora, las cosas estaban peor en el «Overlook».
La nieve estaba próxima, y cuando llegara, las escasas opciones que tenían quedarían suprimidas. Y después de la nieve, ¿qué? ¿Qué entonces, cuando estuvieran encerrados allí, a merced de cualquier cosa que hasta ahora estuviera apenas jugando con ellos?


La puerta no se abría, no, no, no se abría.
Y entonces le llegó la voz de Dick Hallorann, tan de pronto e inesperadamente, tan calmada, que sus atenazadas cuerdas vocales se distendieron y el chico empezó a llorar débilmente, no de miedo sino de bendito alivio.
(No creo que puedan hacerte daño... son como las figuras de un libro... cierra los ojos y desaparecerán.)
Los párpados se le cerraron. Las manos se le contrajeron en puños. El esfuerzo de la concentración le encorvó los hombros:
(Nada ahí nada ahí ahí nada en absoluto NADA AHÍ ¡NO HAY NADA!)
El tiempo pasó. Y cuando empezaba a relajarse, a entender que la puerta no debía tener llave y que podía irse, entonces las manos sumergidas durante años, hinchadas, hediondas, se le cerraron suavemente en torno del cuello y lo obligaron implacablemente a darse la vuelta para mirar el rostro morado de la muerte.