16 noviembre 2007

Raúl Ruiz (Poética del cine, 1995)

Ed. Sudamericana, 2000

Las películas de Ruiz producen un doble efecto de fascinación por la extrañeza de éstas y su disconformidad con los esquemas narrativos y visuales dominantes. Al respecto, Ruiz propone algunas soluciones, siempre provisionales, ante ciertas estructuras consideradas inamovibles, destacando la oposición entre linealidad y simultaneidad, unicidad y pluralidad, continuidad y discontinuidad. Aunque el pensamiento de Ruiz no constituye un sistema, el lector hallará en la lectura de estos ensayos, las preocupaciones propias de un cine de proyectos ambiciosos y claramente definidos.

Algunos fragmentos:

Nada cuesta discernir en esta descripción las tres etapas del aburrimiento: un sentimiento de aprisionamiento, la evasión por el sueño y finalmente la ansiedad, como si nos sintiésemos culpables de algún acto espantoso que no hemos cometido.

Tratemos de formular el problema tal como se nos presenta a comienzos de los años 60. A uno de nosotros, paseando un día por la calle San Diego, en Santiago de Chile, y al pasar ante una sala de cine, le vienen ganas de entrar en ella. No hay nadie en la boletería que le venda una entrada, ninguna cinta se anuncia en el afiche, pero desde afuera se escuchan los efectos sonoros de una película de guerra, así como los compases de una música familiar, índices claros de que al interior tiene lugar una proyección. Nuestro amigo entra para no salir nunca más de allí. Tan realista es la película, que nuestro camarada no tendrá jamás la certeza de haberla dejado. Hablo, se entiende, de un film total, el cual no estaría dirigido sólo a la vista y al oído, sino a todos los sentidos: olfato, tacto, gusto. Unas minúsculas contracciones musculares darían a pensar que corremos, saltamos o que acariciamos el cuerpo de una mujer que amamos, mientras que una vaga salivación bastaría para mimar el apetito. El paso del tiempo sería difícil de apreciar: los instantes serían eternos, los minutos prolongarían su duración, las horas transcurrirían laboriosamente, los días desfilarían, los meses correrían y los años volarían (cito, por supuesto, al poeta Nicanor Parra).

Volvamos a la idea de reconstrucción de secuencias ficticias a partir de las imágenes terminales estudiadas por Florenski. Si una serie de imágenes abstractas, poco diferentes entre sí, desencadenan una cascada de figuras en tercera dimensión, y esta cascada puede provocar a su vez memorias virtuales de cosas que pueden haber tenido lugar, entonces la posibilidad de abolir la distinción entre la vigilia y sueño, pasado y presente, y muy especialmente entre pasados concebibles, futuros concebibles y el presente, deja de ser impensable. Florenski evoca la situación siguiente: un hombre a punto de ser guillotinado se desmaya. Lo conducen inconsciente al cadalso en una camilla, y no se despierta sino en el momento de acercarse a la guillotina; pero, justo antes, el condenado ha vivido una secuencia ilusoria invertida en la cual ha visto desfilar toda su vida – con la salvedad de que no se trataba de su propia vida, sino de una inventada -, la que se termina con el episodio que había provocado el sueño: la decapitación.

Si digo que debemos desconfiar de la industria y de la manera, en cierto modo, demasiado perfecta con la cual la mercancía industrial apunta a producir inocencia en el público, es porque mi crítica va contra el riesgo que esta inocencia nos expone a sufrir. Porque la inocencia de que se trata no es otra que la de los corderos y, como se sabe, al final del sendero se disimula casi siempre un matadero, lo cual sería una manera un tanto ovina de operar el encuentro con el más allá.

Algunos años más tarde, comprendí que la irrupción abrupta de un film en otro film no era suficiente para impregnarlo de magia; sin embargo, creo haber entendido que todo film conlleva siempre otro film secreto, y que para descubrirlo bastaba con desarrollar el don de la doble visión que cada uno posee. Este don, que Dalí podría haber llamado “método crítico paranoico”, consiste sencillamente en ver en una cinta no ya la secuencia narrativa que se da a ver efectivamente, sino el potencial simbólico y narrativo de las imágenes y de los sonidos aislados del contexto. Una película secreta no aparecerá casi nunca en la primera visión, y aunque es evidente que un pésimo film (pero, ¿qué es un pésimo film?) conlleva demasiados films clandestinos, no es menos cierto que no basta con que éste sea del todo malo para que llegue a ser apasionante. Una película mala carece de un sistema de vigilancia eficaz, o sea no llega a controlar la narración ni la coherencia en la actuación de los comediantes; o digamos mejor que se puede entrar y salir de ella con facilidad extrema, de manera que una verdadera multitud de pasajeros clandestinos circulan allí incansablemente. En tanto que una cinta bien vigilada, por ejemplo A Touch of Evil (Sed de mal), estimula nuestra capacidad de ardid.

Todos nosotros somos poseedores de verdaderos tesoros de obsesiones en nuestra cabeza y en nuestro cuerpo: una manía, un juego numérico, una amante invisible, un acto heroico por realizar, un crimen deleitable cometido o por cometer, un deporte, un instante eterno.

En el tercer caso, Julio César, aficionado a la astrología, descubre, aún joven, su destino en las estrellas. Sabe que será víctima fatal de una conspiración; sabe que el número de sus asesinos será catorce, pero no ve sino trece. Cuando por fin, en el momento mismo del crimen, descubre que la estrella que faltaba era Bruto, exclama: Entonces eras tú. Puede ahora morir con la satisfacción de un lector de novelas policiales que, habiendo descubierto al asesino, cierra el libro y se duerme.

El violín de cristal

Amadeo se levantó temprano aquel día. Hacía buen tiempo, un cielo azul como los ojos de su malvada madrastra. El color azul siempre le había inspirado temor: un miedo tan intenso que parecía más bien fascinación. Fue así como viendo que el mar, de ordinario negro en invierno y verde en verano, se había vuelto más azul que la mirada de Leticia cuando esta era presa de una de sus crisis de locura y se paseaba alrededor de la casita frente al mar gritando: “¿Adónde está la fusta de tu abuelo?”, Amadeo no pudo dejar de acercarse a la playa. Cuál no sería su sorpresa cuando divisó en el horizonte algo que daba la impresión de ser un botecito a bordo del cual remaba un náufrago. Al acercarse la embarcación, descubrió que lo que él había tomado por un bote era en realidad un violín en el cual se agitaba febrilmente un niñito no más grande que una manzana. Cuando el niño descubrió a Amadeo, sonrió con malicia diciéndole:
Azul como el mar.
Azul como el cielo.
Azul como la risa del diablo.
(Blau ter oek.
Blau ter hiev.
Blau ter laghen lucifekh).
Y enseguida el niño agregó:
-Dame una gota de tu saliva.
Amadeo era bueno, y sobre todo le gustaba prestar servicio, de modo que hizo lo que le pedía.
Inmediatamente se sumió en un sueño profundo. Al despertar, se encontró en una prisión oscura. Todo era negro. Divisó los barrotes de la única ventana de la celda. Amadeo era vivaz y rápido, y no tardó en darse cuenta de que lo que él tomaba por una celda era en realidad la caja del violín que, en la mañana, le había parecido ser un bote.
-Bueno, exclamó Amadeo, todo esto no está tan mal para mí: por lo menos me salvé de los latigazos de mi madrastra.
No tuvo mucho tiempo para distraerse en ese tipo de lucubraciones porque pronto descubrió en el negro del cielo una luz que, describiendo círculos, se aproximaba a su embarcación. Cuando estuvo muy cerca. Amadeo descubrió que provenía de un pájaro luminoso.
-Por lo que veo, dijo el pájaro, vengo adelantado.
-¿Quién eres?, preguntó el niño.
-Pero, ¡cómo te atreves a hacerme semejante pregunta! Tú me conoces, yo soy Boek Dark, el pájaro-ampolla más melómano de Groenlandia.
-¡Y te llamas “libro oscuro”!
-Me llaman Boek Dark porque siempre respondo con enigmas. Pero hay que decir que lo que hay que descifrar no son los enigmas sino la música que los anima.
-Me gustaría mucho que me cantaras una canción-enigma.
-Si es lo que quieres, pero entonces me acompañas con tu violín.
-Pero, ¡yo no sé tocar!
-¡No me digas! Apenas ayer nos diste un concierto.
-No fui yo, fue el otro. Él tomó mi lugar y a cambio me dio este barco-violín.
-¡Muy cómico, cómico, cómico!, exclamó Boek Dark. Vas a tener que aprender a servirte de tu barco-violín, ¡y rápido! En pocos minutos más llegarán mis compañeros de la hermandad de los pájaros eléctricos. Han cruzado el mar-océano para asistir a tu concierto. ¡Si llegan a descubrir que han hecho el viaje en vano! Pero, ¡vamos, seamos positivos! Hay que hallar una solución. ¡Ya está! Tengo una idea: vamos a enseñarte a tocar el violín.
-¡En pocos minutos! ¡Imposible!
-Desengáñate, los años pasan rápidos. Pero los instantes son eternos. Yo voy a encontrarte un instante. Entrarás en él sin hacer ruido y, una vez adentro, tendrás todo el tiempo para estudiar violín. Dicho y hecho, el pájaro desapareció y reapareció un instante después en compañía de un oscuro personaje.
-¡Ya está!, dijo el pájaro; esto es una almeja. Pero no cualquier almeja; sabe música y se llama hiperhepatón.
-Encantado de conocerla, exclamó Amadeo.
-Huup, dijo la almeja, avara de palabras como era, y abrió acto seguido la boca.
-Entra ahí, dijo el pájaro-ampolla.
Amadeo obedeció. Caminó con dificultad porque debía cargar el violín. Una luz iluminó el salón, que era el instante de la almeja.
-Bienvenido, dijo una voz angélica.
-¿Quién eres?, preguntó Amadeo.
-Mi nombre es Khranki, dijo la voz que venía del fondo del salón.
-¿Qué haces aquí?
-Enseño música a los niños perdidos en el mar.
-Enséñame el violín, porque tengo que dar un concierto de aquí a pocos instantes.
-Bien, pero antes que nada, este violín es demasiado grande para ti, toma este otro.
Y Khranki le dio un violín de cristal.
-¡Anda, toca!
-Pero, es que…
-¡Toca!
Amadeo tomó el violín entre sus manos y le arrancó una nota. ¡Cuál no fue su sorpresa cuando el violín de cristal le mostró una casa, su casa, frente a la playa. Vio al niño que le había robado su tamaño, vio a su madrastra que, irreconocible, acariciaba la cabeza del niño y lo cubría de ternuras!
-Qué impostor!, exclamó Amadeo.
-¡Toca!, dijo Khranki.
Y Amadeo tocó su violín de cristal. Poco a poco el violín tocó solo. Y a medida que la música ocupaba el instante que era el vientre de la almeja, el violín mostraba la vida dichosa del niño impostor.
-Khranki, dijo él, esta música es terrible; hace ver cosas injustas.
-Estás demasiado ocupado en mirar tu pequeño mundo, y no ves lo que tienes al alcance de la mano.
-¿Qué cosa, pues?, preguntó Amadeo.
-Yo, dijo Khranki.
En ese momento, Amadeo vio delante de él una espléndida joven que lo observaba con amor y con pena. Él se miró en sus ojos y descubrió que ya no era un niñito sino un hombre joven.
-Ese impostor te ha hecho un gran favor, dijo Khranki. Sin él no habrías llegado nunca hasta mí.
-Es triste porque ahora tengo que partir a cumplir con mi compromiso de tocar ante los pájaros más exigentes del mundo.
-Olvídate de eso, dijo Khranki. Quédate aquí. Olvida el tiempo. Olvida el mundo. Sobre todo, olvida.
¡Quédate conmigo!
-Según ustedes, ¿qué hizo Amadeo?
-Si, él está todavía en el fondo del mar.
-¡Y es feliz!

Cuentos póstumos de H.C. Andersen, En: Poética del cine (Raúl Ruiz)

Historia del lagarto que tenía la costumbre de cenar a sus mujeres

Historia del lagarto que tenía la costumbre de cenar a sus mujeres

A la orilla del río, oculta por el pajonal, una mujer está leyendo. Érase que se era, cuenta el libro, un señor de vasto señorío. Todo le pertenecía: el pueblo de Lucanamarca y lo de más acá y lo de más allá, las bestias señaladas y las cimarronas, las gentes mansas y las alzadas, todo: lo medido y lo baldío, lo seco y lo mojado, lo que tenía memoria y lo que tenía olvido. Pero aquel dueño de todo no tenía heredero. Cada día su mujer rezaba mil oraciones, suplicando la gracia de un hijo, y cada noche encendía mil velas. Dios estaba harto de los ruegos de aquella pesada, que pedía lo que Él no había querido dar. Y al fin, por no escucharla más o por divina misericordia, hizo el milagro. Y llegó la alegría del hogar. El niño tenía cara de gente y cuerpo de lagarto. Con el tiempo el niño habló, pero caminaba arrastrándose sobre la barriga. Los mejores maestros de Ayacucho le enseñaron a leer, pero sus pezuñas no podían escribir. A los dieciocho años pidió mujer. Su opulento padre le consiguió una; y con gran pompa se celebró la boda en la casa del cura. En la primera noche, el lagarto se lanzó sobre su esposa y la devoró. Cuando el sol despuntó, en el lecho nupcial no había más que un viudo durmiendo, rodeado de huesitos. Y después el lagarto exigió otra mujer. Y hubo nueva boda, y nueva devoración. Y el glotón necesitó otra más. Y así. Novias, no faltaban. En las casas pobres, siempre había alguna hija sobrando. Con la barriga acariciada por el agua del río, Dulcidio duerme la siesta. Cuando abre un ojo, la ve. Ella está leyendo. Él nunca en su vida ha visto una mujer con anteojos. Dulcidio arrima la nariz -¿Qué lees? Ella aparta el libro y lo mira, sin asombro, y dice: -Leyendas. -¿Leyendas? -Voces viejas. -¿Y para qué sirven? Ella se encoge de hombros: -Acompañan -dice. Esta mujer no parece de la sierra, ni de la selva, ni de la costa. -Yo también sé leer - dice Dulcidio. Ella cierra el libro y da vuelta la cara. Cuando Dulcidio le pregunta quién es y de dónde, la mujer desaparece. El domingo siguiente, cuando Dulcidio despierta de la siesta, ella está allí. Sin libro, pero con anteojos. Sentada en la arenita, los pies guardados bajo las muchas polleras de colores, ella está muy estando, desde siempre estando; y así mira al intruso ése que lagartea al sol. Dulcidio pone las cosas en su lugar. Alza una pata uñuda y la pasea sobre el horizonte de montañas azules: -Hasta donde llegan los ojos, hasta donde llegan los pies. Todo. Dueño soy. Ella ni echa una ojeada al vasto reino y calla. Un silencio muy. El heredero insiste. Las ovejitas y los indios están a su mandar. Él es amo de todas estas leguas de tierra y agua y aire, y también del pedazo de arena donde ella está sentada: - Te doy permiso -concede. Ella echa a bailar su larga trenza de pelo negro, como quien oye llover, y el muy saurio aclara que él es rico pero humilde, estudioso y trabajador, y ante todo un caballero con intenciones de formar un hogar, pero el destino cruel quiere que enviude. Inclinando la cabeza, ella medita ese misterio. Dulcidio vacila. Susurra: -¿Puedo pedirte un favor? Y se le arrima de costadito, ofreciendo el lomo. -Ráscame la espalda -suplica- que yo no llego. Ella extiende la mano, acaricia la ferruginosa coraza y elogia -es una seda. Dulcidio se estremece y cierra los ojos y abre la boca y alza la cola y siente lo que nunca. Pero cuando da vuelta la cabeza, ella ya no está. Arrastrándose a toda velocidad a través del pajonal, la busca al derecho y al revés y por los cuatro costados. No hay rastros Y el domingo siguiente, ella no viene a la orilla del río. Y tampoco viene el otro domingo, ni el otro. Desde que la vio, la ve .Y nada más ve. El dormilón no duerme, el tragón no come. La alcoba de Dulcidio ya no es el feliz santuario donde él reposaba amparado por sus difuntas esposas. Las fotos de ellas siguen allí, tapizando las paredes de arriba a abajo, con sus marcos en forma de corazón y sus guirnaldas de azahares; pero Dulcidio, condenado a la soledad, yace hundido en las cobijas y en la melancolía. Médicos y curanderos acuden desde lejos, y ninguno puede nada ante el vuelo de la fiebre y el derrumbe de todo lo demás. Prendido a la radio a pilas, que le ha vendido un turco de paso, Dulcidio pena sus noches y sus días suspirando y escuchando melodías pasadas de moda. Los padres desesperados, lo miran marchitarse. Él ya no exige mujer como antes exigía: -Tengo hambre. Ahora suplica: -Yo soy un pordiosero del amor, y con voz rota, y alarmante tendencia a la rima, musita homenajes de agonía a la dama que le ha robado la calma y el alma. Toda la servidumbre se lanza a buscarla. Los perseguidores revuelven el cielo y la tierra, pero ni siquiera se sabe el nombre de la evaporada, y nadie ha visto jamás a ninguna mujer de anteojos en estos valles, ni más allá. En la tarde de un domingo, Dulcidio tiene una corazonada. Se levanta, a duras penas, y de mala manera se arrastra hasta la orilla del río. Y allí está ella. Bañado en lágrimas, Dulcidio declara su amor a la niñacha desdeñosa y esquiva, confiesa que de sed perezco por las mieles de tu boca, proclama que ni tu olvido merezco, palomita que me aloca, y la abruma de lindezas y arrumacos. Y se viene la boda. Todo el mundo agradecido, porque ya el pueblo lleva largo tiempo sin fiesta y allí Dulcidio es el único que se casa. El cura hace precio, por tratarse de un cliente tan especial. Gira el charango alrededor de los novios y suenan a gloria el arpa y los violines. Se brinda por el amor eterno de la feliz pareja, y ríos de ponche corren bajo las ramadas de flores. Dulcidio estrena piel nueva, rojiza en el lomo y verdiazul en la cola prodigiosa. Y cuando los dos quedan al fin solos, y llega la hora de la verdad, él ofrece: -Te doy mi corazón. Písalo sin compasión. Ella apaga la vela de un soplido, deja caer su vestido de novia, esponjoso de encajes, se saca lentamente los anteojos y le dice: -No seas huevón. Déjate de pendejadas. De un tirón lo desenvaina y arroja la piel al suelo. Y abraza su cuerpo desnudo, y lo arde. Después, Dulcidio se duerme profundamente, acurrucado contra esta mujer, y sueña por primera vez en la vida. Ella se lo come dormido. Lo va tragando de a poquito, desde la cola hasta la cabeza, sin hacer ruido ni mascar fuerte, cuidadosa de no despertarlo, para que él no vaya a llevarse una fea impresión.



y otro cuento más de Galeano...


1976, en una cárcel del Uruguay: Pájaros prohibidos.


Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar rápido ni saludar a otro preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas, ni pájaros.

Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores se lo rompen a la entrada de la cárcel. Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas: - ¿Son naranjas? ¿Qué frutas son? La niña lo hace callar: -Ssshhhh. Y en secreto le explica: - Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.

El último encuentro

Un pequeño aporte para su blog Sandor Marai y su libro El Último Encuentro. Mónica Hinrichsen.

“Uno está convencido, y mi padre todavía lo enten­día así, de que la amistad es un servicio. Al igual que el ena­morado, el amigo no espera ninguna recompensa por sus sentimientos. No espera ningún galardón, no idealiza a la persona que ha escogido como amiga, ya que conoce sus defectos y la acepta así, con todas sus consecuencias. Esto sería el ideal. Ahora hace falta saber si vale la pena vivir, si vale la pena ser hombre sin un ideal así. Y si un amigo nues­tro se equivoca, si resulta que no es un amigo de verdad, ¿podemos echarle la culpa por ello, por su carácter, por sus debilidades? ¿Qué valor tiene una amistad si sólo amamos en la otra persona sus virtudes, su fidelidad, su firmeza? ¿Qué valor tiene cualquier amor que busca una recompen­sa? ¿No sería obligatorio aceptar al amigo desleal de la mis­ma manera que aceptamos al abnegado y fiel? ¿No sería justamente la abnegación la verdadera esencia de cada rela­ción humana, una abnegación que no pretende nada, que no espera nada del otro? ¿Una abnegación que cuanto más da, menos espera a cambio? Y si uno entrega a alguien toda la confianza de su juventud, toda la disposición al sacrificio de su edad madura y finalmente le regala lo máximo que un ser humano puede dar a otro, si le regala toda su confianza ciega, sin condiciones, su confianza apasionada, y después se da cuenta de que el otro le es infiel y se comporta como un canalla, ¿tiene derecho a enfadarse, a exigir venganza? Y si se enfada y pide venganza, ¿ha sido un amigo él mismo, el engañado y abandonado? ¿Ves?, este tipo de cuestiones teóricas me han ocupado desde que me quedé solo.”


“—Porque en la vida de un hombre no solamente ocurren las cosas. (…) Uno también construye lo que le ocurre. Lo construye, lo invoca, no deja escapar lo que le tiene que ocurrir. Así es el hombre. Obra así incluso sabiendo o sintiendo desde el principio, desde el primer instante, que lo que hace es algo fatal. Es como si se mantu­viera unido a su destino, como si se llamaran y se crearan mutuamente. No es verdad que la fatalidad llegue ciega a nuestra vida, no. La fatalidad entra por la puerta que noso­tros mismos hemos abierto, invitándola a pasar. No existe ningún ser humano lo bastante fuerte e inteligente para evitar mediante palabras o acciones el destino fatal que le deparan las leyes inevitables de su propia naturaleza y ca­rácter.”


“¿Qué significa la fidelidad, qué esperamos de la persona a quien amamos? Yo ya soy viejo, y he reflexiona­do mucho sobre esto. ¿Exigir fidelidad no sería acaso un grado extremo de la egolatría, del egoísmo y de la vanidad, como la mayoría de las cosas y de los deseos de los seres humanos? Cuando exigimos a alguien fidelidad, ¿es acaso nuestro propósito que la otra persona sea feliz? Y si la otra persona no es feliz en la sutil esclavitud de la fidelidad, ¿amamos a la persona a quien se la exigimos? Y si no ama­mos a esa persona ni la hacemos feliz, ¿tenemos derecho a exigirle fidelidad y sacrificio? Ahora, al final de mi vida, ya no me atrevería a responder a estas preguntas, si alguien me las formulase (…). Pero, en fin, así es el hombre, que incluso siendo inteligente y experimenta­do puede hacer muy poco en contra de su naturaleza y de sus obsesiones.”


“Sobrevivir a al­guien a quien se quiere tanto como para llegar al homici­dio, sobrevivir a alguien por quien nos habríamos dejado matar por amor es uno de los crímenes más misteriosos e incalificables de la vida. Los códigos penales no reconocen este delito. Pero nosotros dos sí que lo hacemos (…). He visto la paz y la guerra, he visto la miseria y la grandeza, te he visto cobarde y me he visto a mí mismo vani­doso, he visto la confrontación y el acuerdo. Pero en el fondo, quizás el último significado de nuestra vida haya sido esto: el lazo que nos mantuvo unidos a alguien, el lazo o la pasión, llámalo como quieras. ¿Es ésta la pregunta? Sí, ésta es. Qui­siera que me dijeras —continúa, tan bajo como si temiera que alguien estuviera a sus espaldas, escuchando sus pala­bras— qué piensas de esto. ¿Crees tú también que el sentido de la vida no es otro que la pasión, que un día colma nuestro corazón, nuestra alma y nuestro cuerpo, y que después arde para siempre, hasta la muerte, pase lo que pase? ¿Y que si he­mos vivido esa pasión, quizás no hayamos vivido en vano? ¿Que así de profunda, así de malvada, así de grandiosa, así de inhumana es una pasión?… ¿Y que quizás no se concentre en una persona en concreto, sino en el deseo mismo?… Tal es la pregunta. O puede ser que se concentre en una persona en concreto, la misma siempre, desde siempre y para siempre, en una misma persona misteriosa que puede ser buena o mala, pero que no por ello, ni por sus acciones ni por su ma­nera de ser, influye en la intensidad de la pasión que nos ata a ella. Respóndeme, si sabes responder —dice elevando la voz, casi exigiendo.— ¿Por qué me lo preguntas? —dice el otro con cal­ma—. Sabes que es así.”