01 agosto 2007

Virginia Woolf (Un cuarto propio, 1929)



Ed. Cuarto Propio, 1993






Todo lo que puedo ofrecerles es una opinión sobre un tema menor: para escribir novelas, es necesario que una mujer cuente con dinero y con un cuarto propio; y eso, como ustedes verán, deja sin resolver el problema esencial de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la ficción.

Por un momento la conversación cesó. La constitución humana, siendo lo que es – cerebro, cuerpo y corazón, todos ligados y no circunscritos en compartimentos aislados, como sin duda lo estarán durante otro millón de años -, una buena comida es muy importante para una buena conversación. Si uno ha comido mal, no puede pensar bien, amar bien ni dormir bien.

Aquí recuperé el aliento y anoté al margen: ¿Por qué razón dirá Samuel Butler “Los hombres sabios nunca dicen lo que piensan de las mujeres”? Parece que los hombre sabios, aparentemente, no dicen otra cosa. Sin embargo, proseguí, recostada en mi asiento mirando la vasta cúpula de la que yo era un solo pensamiento, aunque uno bastante perplejo, lo penoso es que los hombres sabios nunca piensan lo mismo de las mujeres. He aquí a Pope: La mayoría de las mujeres carecen de todo carácter.
Y tenemos a Bruyere: Las mujeres son extremas: ellas son mejores o peores que los hombres – una contradicción flagrante de agudos observadores que eran contemporáneos. ¿Son capaces de educación o incapaces? Napoleón las creyó incapaces. El doctor Johnson opinó lo contrario: “Los hombres saben que las mujeres pueden más que ellos, y por eso eligen las más débiles o las más ignorantes. Si no fuera así, jamás temerían que las mujeres supieran tanto como ellos… ¿Tienen alma o no la tienen? Ciertos primitivos dicen que no. Otros, al contrario, sostienen que las mujeres son semidivinas y las veneran......

Y sin duda, pensé, mirando el anaquel donde no existen dramas escritos por mujeres, su obra hubiera aparecido sin su firma. Seguramente hubiera buscado ese refugio. Un resabio del sentido de castidad dictó el anónimo a las mujeres, aún en el siglo diecinueve. Currer Bell, George Eliot, George Sand, todas víctimas de la lucha interior, como lo prueban sus escritos, quisieron ocultarse inútilmente bajo un nombre masculino.

No hay comentarios.: