27 octubre 2009

1940s

The Hulton Getty Picture Collection

1940s

Decades of the 20th Century

Ed. Könemann, 1998




A US Liberator bomber drops its load on Ploiesti in 1944. Ploiesti was in the heart of the Romanian oil fields, Hitler’s major source of supply.



500-pound bombs from a Flying Fortress hurtle toward the oil refinery at Livorno (Leghorn), Italy, towards the end of the war.


A huge campaign was mounted to save waste and recycle materials. It was partly a morale-boosting exercise, to persuade civilians that they could take an active part in the war. In this case, the message was directed at the citizens of Cheltenham.


London, October 1940. While firemen damp down the smouldering ruins behind him, a milkman picks his way through rubble to deliver the morning’s supply. Churchill’s words to Hitler voiced the feelings of many Londoners: ‘You do your worst – and we will do our best.’


Old Kent Road, London, September 1940. Business as usual for a postman collecting mail from a battered pillar box.


Dressed more for the camera than her surroundings, artist Ethel Gabain paints a scene of air raid damage for the Ministry of Information, November 1940. The Government believed that paintings often served better than photographs as propaganda.


‘Business as usual’ at its most absurd. Readers browse among the charred remains of the Earl of Ilchester’s library at Holland House in 1941. The house was so badly damaged that it was left derelict until 1952.


July 1945. Poles await distribution of bread and blankets by UNRRA (United Nations Relief and Rehabilitation Administration) workers at Weimar Station, Germany. The former occupants of a slave labour camp had opted not to return to Poland but to travel west to Bavaria to work on farms.


July 1947. A Dutch woman kisses her grandchild for the first time. The Barbed wire fence divided the mining town of Kerkrade in two – one half in Germany, the Other in the Netherlands. It took years before some families were reunited after the war.


May 1945. Frederick Ramage’s picture of French, Belgian, Dutch and Polish refugees crossing the Elbe over what is left of the bridge at Tangermünde. The bridge had been blown up by the retreating German army. The refugees are fleeing from the advancing Russians.


Dresden, March 1946. A human chain of women workers move bricks to be used in the rebuilding of their city. In the background are the remains of the Roman Catholic cathedral. Until the Allied raid, Dresden had been one of the Baroque centres of beauty in Europe.


November 1948. A Berlin park has become a wilderness. For the young, there is nowhere to play. For the elderly, there is nowhere to sit. The wood from the park benches has been torn off and taken away to be used for fuel.



25 septiembre 2009

John Fowles (El coleccionista, 1963)

Ediciones Selectas, 1967

Era una muchacha imprevisible. Siempre estaba criticando mi modo de hablar. Recuerdo que un día me dijo: - ¿Sabe lo que hace usted? ¿Sabe cómo la lluvia le arrebata el color a todo? Pues eso precisamente es lo que hace usted con el idioma inglés. Cada vez que abre la boca para decir una palabra, la esfuma, la borra, la emplasta.

… A mí me encantaba siempre verla dibujar: lo hacía rápidamente con enorme facilidad, y uno recibía la impresión de que no podía esperar para expresar con líneas lo que pensaba. Naturalmente, mis pensamientos de aquel día distaban mucho de ser alegres. Era típico de mi carácter no haber trazado plan alguno para la emergencia. No sé que pensaba que iba a suceder. No sé siquiera si no pensé en cumplir el convenio que teníamos, aunque el mismo me había sido impuesto, y las promesas forzadas no son promesas, según suele decirse.

Quiero decir que la belleza lo confunde a uno, hasta que llega el momento en que ya no sabe qué es lo que quiere hacer, ni lo que debe hacer.

- Por que no puedo casarme con un hombre al cual no me es posible pensar que pertenezco totalmente. Mi mente tiene que ser suya, mi cuerpo tiene que pertenecerle. De la misma manera que tengo que estar completamente segura de que él me pertenece. - Yo le pertenezco, Miranda – le dije. – Totalmente, en cuerpo y alma absolutamente. - ¡Pero no, no me pertenece! – dijo ella rotunda. – Pertenecer significa dos cosas, o en este caso dos personas: una que da y otra que acepta lo que se da. Usted no me pertenece porque yo no puedo aceptarlo, y porque no puedo darle nada a cambio. - Yo no pretendo nada, o muy poca cosa. - Ya lo sé, ya lo sé. Sólo las cosas que yo tengo para dar. La manera que tengo de mirar, de hablar, de moverme. Pero yo soy otras cosas además de eso. Tengo otras cosas que dar y no puedo dárselas a usted, porque no lo amo. - Entonces – respondí – me parece que eso cambia todo, ¿no es así? - Me puse de pie. Me latían dolorosamente las sienes. Ella comprendió de inmediato lo que quería decirle. Lo adiviné en su rostro. Pero fingió no comprenderme. - ¿Qué quiere decir? – preguntó. - Usted sabe muy bien lo que quiero decir - contesté. - Me casaré con usted… ¡Me casaré con usted en cuanto quiera! – exclamó ella con evidentes señales de miedo. - ¡Ja, ja, ja! – reí.

Me hace cambiar de ropa quiere que baile con él metafóricamente hablando, que le intrigue, le encandile, le asombre. ¡Es tan mentalmente lerdo tan falto de imaginación, tan carente de vida! Blanco como el zinc. Veo que lo que ejerce sobre mí es una especie de tiranía. Me obliga a mostrarme cambiable a obrar. A alardear. Es esa odiosa tiranía de las personas débiles…

Siempre he intentado ocurrirle yo a la vida, pero comprendo que ha llegado el momento de dejar que la vida, con todas sus cosas, me ocurra a mí.

Enrique Vila Matas (Recuerdos Inventados, Primera antología personal, 1994)



Anagrama, 2006

MAR DE FONDO

Yo tenía un amigo. En esos días únicamente tenía un amigo. Se llamaba Andrés y vivía en París, y a esa ciudad viajé para verle, y él se alegró de mi visita. La misma tarde en que llegué a París, me presentó a Marguerite Duras, que era amiga suya. Lástima que esa tarde había yo tomado dos o tres anfetaminas. Solía tomar esa ración a diario, convencido de que podían ayudarme a imaginar historias y a convertirme en un novelista. No sé por qué estaba tan convencido de una cosa así cuando en realidad no había escrito una sola línea en mi vida y las anfetaminas eran, en gran parte, culpables de eso. Además, a causa de ellas, había perdido todo mi dinero en salones clandestinos de juego, en Barcelona.

LA FUGA EN CAMISA

…Eran ingleses y estaban hablando de una mujer. Lo supe cuando uno de ellos arrojó su pipa al mar y, con voz susurrante y temblorosa, dijo: - La capacidad de amar de Jennie era sencillamente inmensa. La frase sonó tan cálida que, aun sin saber de quién hablaban, rocé literalmente la emoción. Recordé haber leído en alguna parte que las palabras eran las cosas convertidas en puro sonido, su fantasma. Y sentí que, en cierta forma, me había enamorado de una palabra, de un fantasma, me había enamorado de Jennie. Luego escuché una historia o, mejor dicho, la astilla de una historia. - Un día, Jennie se enamoró de una musulmana y olvidó que éstas tienen un concepto distinto del amor. Olvidó que desprecian a las cristianas y que muchas consideran que es totalmente lícita cualquier maldad que les hagan. La musulmana era la criada de Jennie. Era posesiva, dura, siempre a la espera de un regalo a cambio de su amor. Estaba enamorada de Jennie pero a su manera. Sabía hacer filtros de amor. Filtros infalibles a base de hierbas que se apoderaban de la voluntad de quien los tomaba. Filtros que eran una mezcla de hipnóticos, aditivos y otras hierbas como el beleño y la cantárida. Jennie tomó, durante un tiempo, esos filtros y fue envenenándose lentamente. Enfiló la senda irreversible que conduce a la locura y la muerte… En ese momento cruzó por mi mente la imagen de un narrador oral, de un encantador de serpientes que había yo visto en un anterior viaje a Marruecos. Presa de un irresistible y misterioso impulso, me abalancé sobre el inglés y, como si estuviera afilando un cuchillo que rasgara el aire imponiendo el filo del silencio, le dije: - ¡Alto ahí! Ya he oído bastante. Preferiría que dejara el resto a mi imaginación. Y andando lentamente hacia atrás me alejé de allí. No quería darle la espalda al siempre difícil horizonte.

LA ESPOSA SECRETA

- Perdona, Elena.
- Estás loco.
Me siento, de pronto, poseído por una fuerza extraña que me impulsa, ahora en gesto consciente, a apretarle la garganta. Ella saca fuerzas de flaqueza y dice:
- Me estás matando y no puedes evitarlo.
- Sí, puedo evitarlo
– contesto.
- ¿Cómo?
– pregunta con voz de asfixia.
- Despertándome.

Donatien Alphonse François de Sade (Justine o los infortunios de la virtud, 1787)


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Por mi parte, convencida de que el instante en que la crisis que espera se produzca significará el cese de los tormentos de la condesa, pongo todo mi esfuerzo en precipitar esa crisis, y me vuelvo, como veis, señora, ramera por bene­ficencia y libertina por virtud.
Está fuera, y yo en la más violenta agitación. No os describo la noche que pasé; los tormentos de la imagi­nación unidos a los males físicos que las primeras crueldades de aquel monstruo acababan de hacerme pade­cer, la convirtieron en una de las más espantosas de mi vida. No es posible imaginar las angustias de un des­dichado que espera su suplicio en cualquier momento, a quien se le ha arrebatado la esperanza, y que no sabe si el minuto que respira será el último de sus días. In­seguro acerca de su suplicio, se lo imagina de mil ma­neras a cual más horrible; el más mínimo ruido que escucha le parece ser el de sus verdugos; su sangre se detiene, su corazón se apaga, y la espada que termina­rá con sus días es menos cruel que esos funestos ins­tantes en que la muerte le amenaza.
Por acostumbrado que esté al crimen, es raro que la noticia de su cumplimiento no asuste al que acaba de cometerlo. Este terror venga a la virtud: es el ins­tante en que recupera sus derechos.
Sólo los seres que conocen el corazón del hombre, que han estudiado sus doble­ces, que han desenredado los rincones más impenetra­bles de este dédalo oscuro, podrían explicarte esta es­pecie de extravío. ––¡Cómo, señor!, os había ofrecido dinero... acababa de haceros un favor... ser pagada por todo lo que había hecho por vos con una traición tan negra... ¿decís que es algo que puede entenderse, que puede justificarse?
Pero los descubri­mientos y las seducciones me dan trabajo; además, la clase de sujetos es extremadamente importante para mi lubricidad: quiero que todas ellas procedan de estos asi­los de la miseria en los que la necesidad de vivir y la imposibilidad de conseguirlo, absorbiendo el valor, el orgullo y la delicadeza, enervando finalmente el alma, determina, en la esperanza de una subsistencia indis­pensable, a todo lo que parece tener que asegurarla.
––¡Oh, señor! ––dije a aquel hombre deshonesto, es­tremeciéndome ante sus discursos––, ¿cómo es posible que podáis concebir tales voluptuosidades, y que os atreváis a proponerme servirlas? ¡Qué horrores acabáis de hacerme oír! Hombre cruel, bastaría con que fuerais desdichado sólo dos días y veríais como estos sistemas de inhumanidad no tardarían en aniquilarse en vuestro corazón: la prosperidad es lo que os ciega y os endure­ce; os aburrís con el espectáculo de los males de los que os creéis al amparo, y como confiáis en no sentir­los jamás, os suponéis en el derecho de infligirlos; ¡ojalá jamás me llegue la felicidad si es capaz de corromper­me hasta este punto! ¡Oh, cielo santo! ¡No contentarse con abusar del infortunio! ¡Llevar la audacia y la fero­cidad hasta incrementarlo, hasta prolongarlo, por la única satisfacción de vuestros deseos! ¡Qué crueldad, señor! Los animales más feroces no nos dan ejemplos de una barbarie semejante. ––Te equivocas, Thérèse, no hay astucias que el lobo no invente para atraer al cordero a sus trampas: estas tretas están en la naturaleza, y la beneficencia no cuenta entre ellas; sólo es una característica de la debilidad preconizada por el esclavo para enternecer a su amo y predisponerle a una mayor dulzura. Sólo se anuncia en el hombre en dos casos: si es el más débil, o si teme serlo. La prueba de que esta supuesta virtud no exis­te en la naturaleza es que es ignorada por el hombre más próximo a ella. El salvaje, despreciándola, mata sin piedad a su semejante, bien por venganza, bien por avidez... ¿Acaso no respetaría esa virtud si estuviera inscrita en su corazón? Pero jamás apareció, jamás se encontrará allí donde los hombres sean iguales. La ci­vilización, al depurar a los individuos, al distinguir los rangos, al ofrecer un pobre a los ojos de un rico, al hacer temer a éste una variación de estado que podía precipitarle en la nada del otro, colocó inmediatamente en su mente el deseo de aliviar al infortunado para ser aliviado a su vez, en el caso de que perdiera sus rique­zas. Entonces nació la beneficencia, fruto de la civiliza­ción y del temor: así pues, sólo es una virtud circuns­tancial, pero no, en absoluto, un sentimiento de la na­turaleza que jamás emplazó en nosotros otro deseo que el de satisfacernos, al precio que fuera. Sólo confun­diendo así todos los sentimientos, y sin analizar jamás nada, podemos cegarnos sobre todo y privarnos de todos los goces.
¡Oh, amigo mío! la prosperidad del cri­men sólo es una prueba a la que la Providencia quiere someter la virtud; es como el rayo cuyos fuegos falaces sólo embellecen un instante la atmósfera para precipitar en los abismos de la muerte al desdichado que han des­lumbrado.

Jane Austen (Lady Susan)


posiblemente escrito en 1794, pero no publicado antes de 1871

Unidad Editorial, 1998


CARTA 35

Lady Susan al señor De Courcy

Calle Seymour

No intentaré describir el asombro que me ha causado la nota que acabo de recibir de ti. Estoy perpleja y me esfuerzo para llegar a una conjetura racional de qué te puede haber contado la señora Manwaring para causar un cambio tan radical en tus sentimientos. ¿No te he explicado todo lo que podría atribuirse a un comportamiento dudo­so por mi parte y que la predisposición malvada del mundo ha interpretado en mi contra? ¿Qué puedes haber oído ahora para cuestionar el apre­cio que sientes por mí? ¿Alguna vez te he ocultado algo? Reginald, me alteras más de lo que las pala­bras pueden expresar. No puedo creer que la vieja historia de los celos de la señora Manwaring pue­da haber reaparecido, ni tan sólo escuchada otra vez. Ven a verme inmediatamente y te explicaré lo que ahora te parece absolutamente incompren­sible. Créeme, la palabra Langford por sí sola no encierra un contenido tan inteligente como para hacer inútil una explicación. Si vamos a separar­nos, sería como mínimo educado por tu parte que te despidieras personalmente. No está mi corazón para bromas. Lo digo muy en serio. Perder tu esti­ma, aunque sólo sea durante una hora, es una hu­millación a la que no sé cómo enfrentarme. Voy a contar los minutos que tardes en venir.

S.V.

02 marzo 2009

Rodrigo Fica (Bajo la marca de la ira)


Editorial Universitaria, 2005

Este libro nace de una bitácora escrita para ella.
Cual símbolo de clamores relegados, el manojo pronto cayó en un rincón y hubo de esperar a que el gran invierno se fuera para recibir clemencia.



Se hace el silencio. Profundo, real.

Las horas sin dormir y la ansiedad me hacen pensar en forma extraña. Salto de un pensamiento a otro, rápidamente, dándoles tan sólo retazos de atención. Juego con el tiempo; el futuro, el pasado, mío, nuestro, ajeno. Sensaciones de pérdidas por los años que se fueron y que nunca volverán. Quizás pena, talvez dolor, pero inconfundiblemente melancolía.

Poco a poco surge el desafío de internarse en este océano de nieve, siendo el primer objetivo lógico cruzarlo de lado a lado. Lo intenta dos veces Héctor Gianolini y luego Bruno Guth en 1951. En el verano de 1952, Emiliano Huerta logró visualizar el Pacífico después de entrar a la meseta por Argentina, vía el paso Marconi, el paso Pío XI y la zona de alimentación del glaciar homónimo. Afirmaron ser los primeros en realizar el cruce transversal, pero se les censuró no haber arribado físicamente al otro lado.

Esta objeción no es menor, porque el mismo Agostini había visualizado los fiordos de la costa occidental desde la cumbre del monte Torino varios años antes y nunca pretendió adjudicarse tal logro.

No sería la última ocasión en que nacería la polémica al calor de la fiebre patagónica. Su historia no está exenta de ejemplos como éste, cuando las aristas de la ambición humana tocaron el límite de lo permitido y crearon conflictos que todavía perturban el alma de sus protagonistas.


Salimos del restaurante y damos un paseo. Natales todavía está lejos de su mejor momento en la temporada y sus calles están vacías. Son las tranquilas horas de la tarde y la existencia es simple.
- Suerte… -nos gritan por ahí.
- … la van a necesitar –agrega alguien más y surge una pesada risa general.
- Sí; lo sé –comento en voz baja y me alejo, preocupado de la enorme verdad que esconde mi respuesta.

Antes de acostarme, doy un último paseo por la Costanera. Un kilómetro más allá se alcanza a vislumbrar la silueta de la Alacalufe meciéndose en el muelle. Esta lista para el zarpe de mañana y me da un poco de orgullo saber que no estaría ahí de no ser por nuestras ideas.

Una prueba más de que sí es posible tener el control, que sí podemos cambiar las cosas, que no sólo somos seres a los cuales les ocurre, como si fuera una enfermedad.


Días más tarde, en Caleta Tortel, la policía le puso problemas a Algernón por no tener un permiso para ir al Hielo, pero mi amigo volvió al barco y no le dio mayor importancia al entredicho. Yo, con un cuestionable sentido del humor, desde la bodega de la Yagán prendí el walkie-talkie y simulé ser oficial de Carabineros, exigiendo la presencia de los expedicionarios en la comisaría bajo orden de arresto. En la cubierta se desató un lío fenomenal al recibir el llamado y tuve que subir rápidamente para tranquilizarlos y decirles que yo era el autor y que no, no era necesario bombardear el cuartel.

Hice lo que pude por evitar que el barco se hundiera: hablaba con uno, consolaba al otro, inventaba distracciones, cantaba, reía, animaba… Mas fue inútil, fracasé. No se puede apuntalar con saliva los cimientos de nuestras voluntades. La unidad de la expedición ya estaba fracturada irremediablemente y no había nada que yo pudiera hacer para reconstruirla.

Miré por azar hacia delante y vi que Navegante no se detenía, sino que seguí abriendo la huella, en medio del atronador ruido de la tormenta.
Y de repente ¡desapareció!
Limpiamente. Como si se hubiese producido una dislocación espacio-temporal y en la nueva realidad él nunca hubiese existido.
Estaba… ¡Chaz! Ya no estaba.
Sólo un hoyo en el suelo denotaba su paso. ¡Había caído en una grieta!

Quizás fue un caso de “depresión invernal”, coloquialmente conocida como winteritis. Ese trastorno afectivo que tiende a ocurrir cuando hay cantidades decrecientes de luz. Se experimentan síntomas como cansancio, fatiga, irritabilidad, pérdida de apetito sexual, mal dormir, angustia, depresión. Algunos calzaban con lo ocurrido; otros, no…

Pero si hubo algo que me quedó claro de todo este embrollo. No debí haber cedido tan fácil ante Navegante. Fui débil ante la tentación de terminar con aquellas penurias, ante la esperanza de un alivio que al final se reveló efímero.

Impotentes, vimos cómo la pulka pasó por varias lomas de nieve, acelerando y frenando en ciclos, acercándose inexorablemente a las grietas, que a ese momento ya se me parecían bocas hambrientas deleitándose anticipadamente por el inesperado bocado.

Se hizo el silencio y el frío comenzó a morder con su rostro indiferente.
La noche tardó en llegar.

La atmósfera tiende a mantenerse estable dentro de la mediocridad.

Vamos encontrando grietas bien definidas que cruzamos saltándolas en sentido perpendicular, pensando en lo simple que es vivir así. Compenetración, equilibrio, ¡salto! Armonía física, poder contenido, control de tu destino. Cada grieta que paso se lleva una parte de mí.

¡Salí! Ya estoy en la playa y corro al depósito. Mis amigos han llegado hace rato y me miran.

Los toneles están bien. Parece que hubiera sido ayer cuando los abandonamos, pero ¡fue hace dos meses!

Estoico, fiel a su rúbrica, permanece sentado en el pasto soportando con dignidad la voracidad que le corroe por dentro. Es que Navegante no lo ha dejado comer nada porque quiere repartir las cosas en partes iguales. Pero, “con permiso…”, llego yo y empiezo a abrir los contenedores, sacando las bolsas y tirándolas al aire buscando algo digno del momento. Salen tarros de fruta, galletas, atún, bebidas, patés…

Para empezar, escojo el símbolo supremo del consumismo, una Coca-Cola, y luego tomo una bolsa de papas fritas y otra de mayonesa.

Mientras me los echo a la boca, de reojo veo que Navegante intenta objetar, pero se ve superado y no le queda más opción que sumarse a la más sublime de las orgías culinarias en las que yo alguna vez haya participado.


Pero, inesperadamente, lo que empieza a embargarme es una sensación media culposa, porque el estómago hinchado inicia una cadena de pensamientos asociados que desembocan en el recuerdo de quienes tienen hambre. A aquellos que todavía hoy, en este preciso instante, luchan por sobrevivir. Caras sucias que merecen respuestas.
¿No habría sido mejor emplear esta comida en una causa noble?
Buena pregunta.
Es más. Podríamos haber empleado tanto esfuerzo, sacrificios y dinero en luchar por un mundo mejor, ¿cierto?
Toda vez que hay que reconocer que para llegar hasta aquí, para que un abotagado expedicionario se cuestione su proceder a la hora de la siesta, haya sido necesario emplear cincuenta y cinco mil dólares americanos. Sí. Tal cual. Cincuenta y cinco mil.
Nada más que el costo de tomar a cuatro personas desnudas, vestirlas apropiadamente, comprar su comida, trasladarles la carga, llevarles al Hielo Patagónico Sur y dejarles allí con lo necesario para sobrevivir cuatro meses. Sin pagarles nada, debo agregar.
Puedo entender el cuestionamiento. Claro que sí. Es mucho dinero y soy el primero en avergonzarse por haberlo usado en esto.
Pero…
También es cierto que nuestra sociedad debe ser entendida como un ente complejo, inorgánico, donde el verdadero avance se da en base a la suma de iniciativas individuales, las cuales son las que realmente contribuyen a la riqueza global de la comunidad.

“-¿Cómo lo hiciste?, ¿cómo es posible?
-Porque jamás guardé nada para volver”
(Vincent, Gattaca)


Aquí estoy ahora. Tendido a lo ancho de la carpa, usando cuatro colchonetas. Estoico todavía no entra; hay espacio suficiente y entra luz. Está lindo.
Pero no va a durar. Poco a poco, inexorablemente, la nieve nos cubrirá y tendré que salir yo.
Mendigando horas de tranquilidad, que en otras partes son gratis.

Y voy más allá. El verdadero subdesarrollo, individual o de una comunidad, está dado por su incapacidad para crear. Por lo tanto, si se desea surgir, como colectividad, como nación, como especie, se hace necesario una educación centrada en motivar estas almas inquietas y en forjar su espíritu, ya que los obstáculos a vencer pondrán a prueba sus creencias y, si no están preparadas, terminarán por doblegar su confianza.

En un descanso, Poeta y Navegante discuten qué harían si apareciera un helicóptero en ese instante. Poeta lo tomaría, Navegante no. Estoico dice: “¡qué helicóptero, hueón!” y fin de la discusión.

Herbert George Wells (La guerra de los mundos, 1898)


The War of the Worlds
Ed. Tor, 1938

A medida que pasaban los días, su completa falta de cuidado y de consideraciones para conmigo acrecentó tanto nuestro malestar y peligro que, a pesar de no agradarme el método, tuve que apelar a las amenazas y, al fin, a los golpes. Esto le hizo recobrar la cordura por un tiempo. Pero era una de esas personas débiles y llenas de estulticia furtiva, que no hacen frente ni a Dios ni al hombre y ni siquiera a sí mismos, carentes de orgullo, timoratas y con almas anémicas y odiosas.

Me resulta desagradable recordar y escribir estas cosas; pero las menciono a fin de que no falte nada a mi relato. Los que han escapado a los momentos malos de la vida no vacilarán en condenar mi brutalidad y mi estallido de cólera de nuestra tragedia final, pues conocen tan bien como yo la diferencia entre el bien y el mal, mas no saben hasta qué límites puede llegar una persona torturada. Pero aquellos que han sufrido y han llegado hasta las cosas elementales serán más comprensivos conmigo.

01 marzo 2009

Julius Fucik (Reportaje al pie del patíbulo, 1945)


Quimantú, 1972

Escrito en la prisión de la Gestapo, en Pankrác, durante la primavera de 1943


Estar sentado en posición de firme, el cuerpo tenso, inmóvil, las manos pegadas a las rodillas, los ojos fijos hasta la ceguera sobre la pared ama­rillenta del depósito, en el Palacio Petschek, de Praga; no es seguramente la postura más favora­ble para reflexionar. ¿Quién podría, entonces, for­zar a una idea a permanecer, así, sentada, en posición de firme?
Tal vez nunca sabremos a quién, y cuándo, se le ocurrió denominar el “cine” a este depósito del Palacio Petschek; he ahí una idea genial. Una sala espaciosa, seis largos bancos en filas apretadas, ocupados por los cuerpos inmóviles de los reos y frente a ellos la pared limpia como una pantalla de cinematógrafo. Ni las productoras de todo el mundo han podido rodar tantos filmes como los proyectados por los ojos de los reos sobre el mu­ro, mientras esperaban un nuevo interrogatorio, o la tortura, o la muerte. Los filmes de la vida entera y no los de los pequeños detalles de la vi­da; los de la madre, de la mujer, de los hijos, del hogar destruido, de la existencia perdida; el filme de un camarada valiente y de la traición; el filme de ese a quien yo di aquel volante, de la sangre que correrá aún, de un fuerte apretón de manos, garantía de fidelidad. Filmes colmados de terror y de resolución, de odio y de amor, de angustia y de esperanza. Cada uno de espaldas a la vida, muere aquí ante sus propios ojos. Pero no todos renacen.
He visto cien veces mi propio filme, mil veces sus detalles. Ahora trataré de contarlo. Si el nu­do corredizo aprieta mi cuello antes de llegar al final, aún quedarán millones para terminar este filme con un happy end.

-¿Lo conoce?
Me trago la sangre para que ella no la vea...Lo que seguramente es bastante tonto, porque la sangre corre de cada poro de mi cara y hasta de la punta de mis dedos.
-¿Lo conoce?
-No lo conozco.
Dijo eso sin que siquiera su mirada traiciona­se su horror. Ha respetado nuestro acuerdo, de no confesar nunca que me conoce, por más que ahora eso ya sea inútil. ¿Quién, pues, les habrá dado mi nombre? Se la llevaron; le dije adiós con la mirada más alegre de que aún era capaz; quizá no fuera alegre, no lo sé.


Estoy cansado. He concentrado todas mis fuer­zas para esquivar sus preguntas, pero ahora mi conciencia huye rápidamente, como la sangre que mana de una herida honda. Siento todavía que me dan la mano, quizá leen el signo de la muerte sobre mi frente.. Parece que en algunos países el verdugo tiene la costumbre de besar al condenado antes de ejecutarlo.
La noche. Dos hombres, inclinados, con las ma­nos juntas, vuelven a caminar en círculo, uno de­trás del otro, cantando con voz alargada y discor­dante una salmodia triste:
Cuando la luz del sol y el brillo de las estre­llas se apagan para nosotros....
¡Oh, deténganse, amigos míos! Quizá sea una hermosa canción, pero hoy estamos en vísperas del 1º de Mayo, la más bella y alegre fiesta del hombre...
Trato de cantar algo alegre, pero debe sonar aún más tristemente, porque Carlos vuelve la ca­beza y el Padre se enjuga los ojos. No importa, no me amilano, sigo cantando, y poco a poco jun­tan sus voces a la mía. Me duermo contento.
Al alba del 1o de Mayo. El reloj de la peque­ña torre de la prisión da tres campanadas. Es la primera vez que las oigo claramente. Por primera vez desde que me apresaron tengo todo mi cono­cimiento. Siento la frescura del aire que pasa por la abierta ventana y se cuela bajo la manta; sien­to las pajitas que se incrustan en mi pecho y mi vientre; cada pequeña partícula de mi cuerpo me duele con mil dolores, y respiro con dificultad. Y de golpe, como si abriera una ventana, veo claramente: es el fin. Estoy en agonía.
Has tardado mucho en llegar, muerte. Y pese a todo, yo tenía la esperanza de conocerte más tarde, de aquí a muchos años. Había esperado po­der vivir aún la vida de un hombre libre, poder trabajar mucho, y amar mucho y cantar y reco­rrer el mundo. Justamente estaba en mi madurez y todavía tenía muchas fuerzas. Ya no las tengo, se están extinguiendo en mí. Amaba la vida por su belleza, y he ido al campo de batalla. Os he querido, hombres, y era feliz cuando sentíais mi amor, y sufría cuando no me comprendíais. Aquel a quien hice daño que me perdone, y al que con­solé que me olvide. Que la tristeza no sea unida nunca a mi nombre. Este es mi testamento para ustedes, padre, madre y hermanas; para ti, mi Gus­ta, y para ustedes, camaradas, para todos aquellos que he querido. Si creen que las lágrimas borra­rán el triste torbellino de la pena, lloren un momento. Pero no se lamenten. He vivido por la ale­gría, y por la alegría muero, y sería un agravio poner sobre mi tumba el ángel de la tristeza.

-No quiere guiso -se lamenta Carlos, y menea con pena la cabeza por encima de mí.
Y luego, con glotonería, empieza a comer mi ración, que comparte honradamente con el Padre.
¡Ah, vosotros que no habéis vivido durante el año 1942 en la prisión de Pankrác, no sabéis; no podéis saber todo lo que es un guiso! Regular­mente, aun en los peores tiempos, cuando el es­tómago mugía de hambre, cuando bajo las duchas aparecían esqueletos cubiertos de piel humana, cuando un camarada robaba a otro, al menos con la mirada, los bocados de su ración; cuando hasta la asquerosa sopa de legumbres secas diluidas en una cucharada de extracto de tomate aparecía co­mo una delicia largo tiempo esperada; aún en los tiempos más duros, dos veces por semana, con to­da regularidad, los jueves y los domingos, los pri­sioneros de servicio vertieron en mi escudilla un cucharón de papas, regándola con una cucharada de jugo en el que flotaban algunos hilos de carne.


Y el “cine” del Palacio Petschek no tiene ver­daderamente nada de alegre. Es la antecámara de una sala de torturas, de donde te llegan los gemi­dos y los gritos de terror de los otros; y donde no sabes lo que te espera. Ves partir personas sanas y llenas de vida y luego de dos o tres horas de interrogatorio las ves volver mutiladas, aniquila­das. Oyes una voz sonora que se despide para ir al interrogatorio y a la hora una voz rota, ahoga­da por el dolor y la fiebre, te anuncia su vuelta. y algo aun peor: aquí ves también algunos que parten con una mirada clara, sincera y que cuan­do vuelven no pueden mirarte a la cara. Posible­mente un segundo de debilidad, en algún momen­to, allí arriba, en el escritorio del que interroga; quizá sólo un instante de hesitación, sólo un re­lámpago de miedo, o de deseo de salvar la propia vida; y hoy mismo, o mañana, llegarán nuevos prisioneros que volverán a vivir todos estos horrores, nuevas víctimas que algún camarada de lucha ha entregado al enemigo.
El espectáculo de la gente de conciencia sucia es más terrible que el espectáculo de los tortura­dos físicamente. Y si tienes los ojos agrandados por la muerte que marcha a tu lado, si tus senti­dos están afinados por la resurrección, distingues, sin necesidad de oír ni una palabra, al que ha va­cilado, al que quizá ya haya traicionado o al que piensa justamente en ese momento, en un peque­ño rinconcito de su alma, que no estaría tan te­rriblemente mal aliviarse un poco “entregando”, al menos, al más insignificante de sus compañeros de lucha. ¡Oh! ¡Flojos miserables! ¡Cómo si fuera vida la que se paga con la de un camarada!

Los prisioneros y la soledad: estas dos palabras parecen inseparables. Pero es un gran error. El prisionero no está solo. La prisión es una gran co­lectividad, de la que ni la más severa incomunica­ción puede separarlo si él mismo no se ha excluido. La fraternidad de los oprimidos está aquí so­metida a una presión que la condensa, la robus­tece y la hace también más sensible. Atraviesa los muros, que viven, que hablan o transmiten los mensajes. Abarca las celdas de un mismo corre­dor, que están unidas por idénticas preocupacio­nes, por guardianes comunes, por las comunes me­dias horas de aire puro, cuando basta una palabra o un gesto para transmitir un mensaje o salvar vi­das humanas. Liga toda la prisión por las partidas en común al interrogatorio y las comunes perma­nencias en el "cine", sentados durante horas, y por el regreso en común. Es una fraternidad de pocas palabras y grandes servicios, puesto que un simple apretón de manos o un cigarrillo pasado a hurtadillas abren la jaula en que te han arroja­do y te libra de la soledad que debiera quebran­tarte. Las celdas tienen manos, tú sientes que te sostienen para que no caigas cuando llegas tras las torturas del interrogatorio; de esas celdas recibes el alimento cuando los otros te quieren matar de hambre. Las celdas tienen ojos: te miran cuando partes para la ejecución, y tú sabes que debes ir con la frente alta porque eres su hermano y no debes debilitarlos ni siquiera ante un paso vaci­lante. Es una fraternidad sangrienta e irresistible. Sin su ayuda no podrías soportar siquiera la dé­cima parte de lo que soportas.

Allí, durante el interrogatorio, cada palabra puede servir de protección o de arma. Pero en el 400 es imposible ocultarse tras las palabras. Aquí no se pesa lo que has dicho, sino lo que está en el fondo de ti. Allí, en lo mas profundo de tu ser, sólo ha quedado lo esencial; todo lo secundario que ennoblece, afea o embellece el fondo de tu ca­rácter, ha caído, como arrancado de un tirón por el ciclón que precede a la muerte. No ha quedado más que el simple sujeto y su atributo; el fiel re­siste, el traidor traiciona, el burgués desespera, el héroe pelea. En cada ser hay fuerza y noble­za, audacia y miedo, firmeza e indecisión, sucie­dad y limpieza. Aquí sólo ha podido quedar una u otra cosa. Esto o aquello. Y si alguien trató de navegar entre dos aguas, ha sido advertido más rápido que un bailarín que, con el platillo en la mano y la pluma amarilla en el sombrero, apare­ciese durante una ceremonia fúnebre.

Una mujer fue arrestada hace seis meses bajo sospecha de distribuir volantes ilegales. Ella lo niega. Arrestan entonces a sus hermanas y hermanos, a los maridos dé sus hermanas y a las mujeres de sus hermanos, y se los ejecuta a todos, porque la consigna de este es­tado de sitio es la exterminación de familias en­teras. Un empleado de Correos, detenido por error, espera abajo, junto al muro, que lo pongan en li­bertad. Oye su nombre, y responde al llamado. Se lo coloca en la fila de condenados a muerte, lo llevan, lo fusilan, y sólo dos días después se cons­tata que sólo se trata de una confusión y que era otro del mismo nombre el que debió ser ejecuta­do. Se fusila entonces al otro, y todo queda en or­den. ¿Verificar cuidadosamente la identidad de aquellos a quienes se piensa quitar la vida?.... ¿A quién se le ocurriría perder su tiempo en eso? ¿Acaso no es superfluo cuando se trata de qui­tarle la vida a la nación entera?

“ESO”


Una mañana esperábamos abajo, de pie en el corredor principal de Pankrác, que nos llevaran al Palado Petschek para los interrogatorios. Ha­bitualmente nos quedábamos de cara a la pared, para no mirar lo que ocurría a espaldas nuestras. Pero ese día resonaba detrás una voz desconocida para mí:
-¡No quiero ver nada ni escuchar nada! Uste­des no me conocen, ¡van a aprender a conocerme!
Me reí. En esta escuela de doma esa cita del pobre cretino del teniente Dub, de Svejk, era realmente oportuna. Y nadie había tenido aún el valor de decir aquí esa broma en voz alta. Pero un vivo golpe de mi vecino, más fogueado, me ad­virtió que no era el caso de reír, que tal vez yo me equivocaba y eso no era una broma. Y no lo era.
“Eso”, que hablaba así detrás de nosotros, era un hombrecito con uniforme SS que visiblemente no tenía ninguna idea de Svejk. “Eso” hablaba como el teniente Dub porque intelectualmente es­taba a su altura. “Eso” respondía al nombre de Withan, y como Withan había sido sargento jefe en el Ejército checoslovaco. “Eso” tenía razón. Lle­gamos a conocerlo perfectamente, y jamás fue pa­ra nosotros más que el neutro “Eso”. Porque, a decir verdad, nuestra inventiva se sentía débil al tratar de dar un apodo adecuado a esa rica mez­cla de cretinismo, imbecilidad, arribismo y mal­dad, que era uno de los sostenes principales del régimen de Pankrác.
"Eso" no llega ni a las rodillas del cerdo, dice el dicho popular para designar a ese tipo de pe­queño arribista vanidoso a fin de herirlo en el lu­gar más sensible. ¡Qué pequeñez intelectual debe tener un hombre para sufrir por su pequeñez corporal! Y Withan sufre por ella, y se venga en to­do lo que es más grande física e intelectualmente, es decir, en todo.
No con golpes. No tiene suficiente audacia pa­ra ello. Pero sí con la denuncia. Muchos prisione­ros perdieron la vida por esa razón, pues no es lo mismo salir de Pankrác para el campo de con­centración con una u otra nota, en el supuesto ca­so de que se salga.
Es infinitamente ridículo. Vaga con mucha dig­nidad por los corredores, solo, soñando con su gran importancia. Cada vez que se cruza con un hom­bre siente necesidad de treparse en cualquier par­te. Si interroga, se sienta en la balaustrada de la escalera, y se queda hasta una hora en esa incó­moda posición, porque así sobrepasa al otro en una cabeza. Si vigila el arreglo de la barba, se sube a una escalerita o se pasea sobre un banco, repitiendo sus ingeniosas sentencias:
¡No quiero ver nada, ni escuchar nada! Uste­des no me conocen...
Durante la media hora de gimnasia de la ma­ñana se pasea sobre el césped, que lo eleva diez centímetros sobre lo que lo rodea. Entra a la celda con la dignidad de una majestad real para subirse de inmediato a una silla, a fin de observar y re­visar desde la altura.
Es infinitamente ridículo, pero -como todos los imbéciles que ocupan puestos con poder sobre la vida de la gente- es también infinitamente peligroso. En el fondo de su imbecilidad se esconde un talento: hacer de una mosca un elefante. No entiende de otra cosa que de su tarea de perro guardián, y por esta razón la más mínima desvia­ción del orden prescrito le parece algo grande, que corresponde a la importancia de su misión. Inven­ta y fabrica delitos y crímenes contra el regla­mento de la prisión para poder dormir tranquilo sintiéndose alguien.
¿ Y quién trata de saber aquí cuánto hay de verdad en sus denuncias?

KOLIN

Era una noche durante el estado de sitio. El guardián con uniforme SS que me hacía entrar en la celda, hizo como que revisaba mis bolsillos.
-¿Que le pasa? -me preguntó despacito.
No sé. Me han dicho que seré fusilado mañana.
-¿Y eso lo ha asustado?
-Lo doy por descontado.
Mecánicamente, con un ademán fugitivo, rozó el revés de mi saco.
-Es posible que 1o hagan, Si no mañana, qui­zá más tarde y quizá nunca. Pero en estos tiempos..... es mejor estar preparado....
Y se calló nuevamente.
-Si usted quisiera de todos modos....
-¿Quiere dejar un encargo para alguien? ¿O escribir? No para ahora, ¿comprende?, sino para el futuro; cómo llegó aquí, si alguien lo traicionó, qué conducta observaron éste o aquel.... para que lo que usted sabe no desaparezca junto con usted.
¿Si quería escribir? ¡Como si hubiera adivinado mi más ferviente deseo!
Al rato me trajo un papel y un lápiz. Los he ocultado cuidadosamente para que ninguna revi­sión pudiera encontrarlos.
Y no los toqué jamás.
Era demasiado hermoso, no podía tener confianza. Demasiado hermoso: aquí, en la casa de las sombras, poco después de mi arresto, encon­trar -vistiendo el uniforme de aquellos que pa­ra ti sólo tienen golpes y gritos- un hombre, un amigo que te tiende la mano para que no perezcas sin dejar rastros, para que puedas dejar un men­saje a los hombres del futuro, para que al menos puedas hablar un instante a los que sobrevivirán y verán la liberación.... ¡Y justamente ahora! En los corredores llaman a los que van a ser ejecuta­dos; la sangre embriaga a los brutos que gritan como bestias y el espanto aprieta la garganta de los que no pueden gritar. ¡Justamente ahora, en semejante momento, es increíble, no puede ser! Acaso sea una trampa. ¡Qué fuerte deberá ser un hombre para tenderte espontáneamente la mano en una situación semejante! ¡Qué fuerte y qué audaz!
Ha pasado un mes, más o menos. Ha terminado el estado de sitio, los gritos son más débiles y los momentos crueles casi son recuerdos. Es otra vez durante una noche, al volver del interrogatorio; de nuevo el mismo guardián frente a mi celda.
-Según parece, usted se ha escapado. ¿Por qué? -y mirándome con ojo escrutador-: ¿Todo estaba en orden?
Comprendí bien la pregunta. Me emocionó profundamente. Y más que ninguna otra cosa me persuadió de su honradez. Esa pregunta sólo podía hacerla un hombre con derecho a hacerla. Desde ese momento tuve confianza en él. Era uno de los nuestros.
A primera vista: un personaje enigmático. Re­corría los pasillos solo, tranquilo, reservado, aler­ta, observando todo. Nunca se lo oyó gritar. Nunca tampoco golpeó a nadie.
-Por favor -le decían los camaradas de la celda vecina-, cachetéeme cuando Smetonz mire hacia aquí, es necesario que lo vea en servicio activo alguna vez.
Sacudía negativamente la cabeza. -No es necesario.
Nunca se le escuchó hablar sino en checo. To­do en él te indicaba que era diferente a los demás y uno no se explicaba por qué, aunque ellos lo advertían, nunca pudieron atraparlo.
Está siempre donde hace falta, lleva la calma donde reina confusión, da valor a los deprimidos, anuda los hilos arrancados que amenazan a otras personas de afuera. No se pierde en detalles. Tra­baja sistemáticamente y en gran escala. Y no de ahora. Desde el principio. Ha entrado al servicio del nazismo con esa tarea.
Adolf Kolinsky, guardián checo de Moravia, un hombre checo de antigua familia checa, se declara alemán para poder vigilar a los prisioneros checos en Hradec Králové y después en Pankrác. ¡Qué indignación entre los que lo conocen! Pero cuatro años después, -al pasar lista, el director ale­mán de la prisión, poniéndole el puño frente a la nariz, furioso -por cierto que un poco tarde- lo amenaza diciéndole:
-¡Yo voy a expulsarte del cuerpo tu “chequismo”!
Se equivocaba. No era solo “chequismo”. Hubiera sido necesario expulsarle también al hom­bre que había en él. Un hombre que consciente y voluntariamente elige un determinado puesto pa­ra luchar y ayudar a que otros luchen. Y a quien el peligro constante sólo ha endurecido.

28 febrero 2009

Stephen King (El resplandor, 1977)


The shining
Debolsillo, 2004

—Ahí tiene usted todos los planos de fontanería —explicó—. No creo que tenga ningún problema de filtraciones, porque nunca las hubo, pero a veces las cañerías se congelan. La única manera de evitarlo es dejar correr un poco los grifos durante la noche, pero en este jodido palacio hay más de cuatrocientos grifos. El gordo maricón ese de arriba iría chillando todo el camino hasta Denver cuando viera el recibo del agua. ¿No tengo razón?
—Yo diría que es un análisis notablemente agudo.

Era poco más de medianoche. Jack y Al entraban en Barre por la carretera 31, Al sentado al volante de su «Jaguar», tomando sin precaución alguna de las curvas, pasándose a veces de la doble línea amarilla. Los dos iban muy borrachos; esa noche los marcianos habían aterrizado en gran número. Tomaron la última curva antes del puente a más de 110. En el camino había una bicicleta de niño, y hubo un chillido doloroso y agudo de la goma arrancada de los neumáticos del «Jag». Jack recordaba haber visto la cara de Al suspendida sobre el volante como una luna blanca y redonda. Después, el ruido de metal que se aplasta al chocar con la bicicleta aún a sesenta y cinco, el vuelo de ésta como un pájaro doblado y retorcido, el manillar que golpea el parabrisas y vuelve a salir por el aire, dejando ante los ojos desorbitados de Jack la telaraña astillada del cristal de seguridad. Un momento después, el golpe final, espantoso, al estrellarse en el camino a espaldas de ellos. Y algo que los sacudía desde abajo mientras los neumáticos lo aplastaban. El «Jag» patinó de costado, con Al aún aferrado al volante, y desde muy lejos Jack se oyó decir:
—Por Dios, Al, le hemos pasado por encima. Lo he sentido.


En alguna parte, en algún suplemento dominical o en un artículo de revista, Jack había leído que el siete por ciento de los accidentes automovilísticos queda sin explicar. No hay fallos mecánicos ni exceso de velocidad, ni alcohol ni mal tiempo. Simplemente un coche que se estrella en alguna parte desierta del camino, y el único ocupante, el conductor, muere, incapaz de explicar qué le sucedió. El artículo incluía una entrevista a un agente de Policía que pensaba que muchos de esos choques inexplicables se debían a la presencia de insectos en el coche. Avispas, una abeja, tal vez una araña o una polilla. El conductor se asusta y trata de aplastar el insecto o de bajar una ventanilla para dejarlo salir.
Tal vez el insecto lo pica; o simplemente, el conductor pierde el control. De cualquiera de las dos maneras... ¡bang!, y se acabó. Y el insecto, por lo general ileso, se va zumbando alegremente de entre el montón de restos humeantes, en busca de más tiernos pastos. El agente pensaba que al hacer la autopsia de esas víctimas, los forenses debían investigar la presencia de veneno de insectos, recordaba Jack.

Ahora, las cosas estaban peor en el «Overlook».
La nieve estaba próxima, y cuando llegara, las escasas opciones que tenían quedarían suprimidas. Y después de la nieve, ¿qué? ¿Qué entonces, cuando estuvieran encerrados allí, a merced de cualquier cosa que hasta ahora estuviera apenas jugando con ellos?


La puerta no se abría, no, no, no se abría.
Y entonces le llegó la voz de Dick Hallorann, tan de pronto e inesperadamente, tan calmada, que sus atenazadas cuerdas vocales se distendieron y el chico empezó a llorar débilmente, no de miedo sino de bendito alivio.
(No creo que puedan hacerte daño... son como las figuras de un libro... cierra los ojos y desaparecerán.)
Los párpados se le cerraron. Las manos se le contrajeron en puños. El esfuerzo de la concentración le encorvó los hombros:
(Nada ahí nada ahí ahí nada en absoluto NADA AHÍ ¡NO HAY NADA!)
El tiempo pasó. Y cuando empezaba a relajarse, a entender que la puerta no debía tener llave y que podía irse, entonces las manos sumergidas durante años, hinchadas, hediondas, se le cerraron suavemente en torno del cuello y lo obligaron implacablemente a darse la vuelta para mirar el rostro morado de la muerte.

27 febrero 2009

Jane Austen (Persuasión, 1817)


Persuasion
Plaza & Janés Ed., 1999

Al acabar la velada Anne no podía por menos de sonreír ante la idea de haber ido a Lyme a predicar resignación y paciencia a un hombre a quien nunca había visto; pero le sugería más serias reflexiones el hecho de que ella, como tantos otros moralistas y predicadores, desplegara su elocuencia sobre un punto en el que su propia conducta no podía resistir un examen demasiado severo.

Ahora pensaba Anne si a él se le ocurriría meditar acerca de sus propias opiniones respecto de las ventajas que reportan a la felicidad humana las personalidades firmes y resueltas, y si no sería un signo de discreción el que la tenacidad, como cualquier otra cualidad del alma, debe tener ciertos límites. Por un instante pensó que tal vez Frederick considerara que un temperamento hasta cierto punto dócil a la influencia ajena contribuye en ocasiones a la dicha más que otro inflexible y rígido.

Cierto que no debía considerarse imposible el que hubiera cambiado de forma de pensar; pero ¿quién se atrevería a garantizar los sentimientos de un hombre listo y cauteloso, ya bastante maduro para apreciar las ventajas de fingir un carácter agradable? ¿Cómo podría uno cerciorarse de la claridad y limpieza de su espíritu?

Nadie más que ella percibió el estremecimiento que conmovió todo su ser; pero se repuso de inmediato, persuadida de que aquello había sido una tontería incomprensible y absurda.

26 febrero 2009

Roberto Arlt (El juguete rabioso, 1926)


Gz Editores, 2005

Jubilosos de abochornar el peligro a bofetadas de coraje, hubiéramos querido secundarlo con la claridad de una fanfarria y la estrepitosa alegría de un pandero, despertar a los hombres, para demostrar qué regocijo nos engrandece las almas cuando quebrantamos la ley y entramos sonriendo en el pecado.

Lucio respondió con el codo.
Ahora le escuchábamos más próximo, y sus pasos retumbaban en mis oídos, comunicando la angustia del tímpano atentísimo al temblor de la vena.
Erguido, con ambas manos sostenía la palanca encima de mi cabeza, presto para todo, dispuesto a descargar el golpe... y en tanto escuchaba, mis sentidos discernían con prontitud maravillosa el cariz de los sonidos, persiguiéndolos en su origen, definiendo por sus estructuras el estado psicológico del que los provocaba
Con vértigo inconsciente analizaba:
"Se acerca... no piensa... si pensara no pisaría así... arrastra los pies... si sospechara no tocaría el suelo con el taco... acompañaría el cuerpo en la actitud... siguiendo el impulso de las orejas que buscan el ruido y de los ojos que buscan el cuerpo, andaría en punta de pies... y él lo sabe... está tranquilo."


Creía verla fuera del tiempo y del espacio, en un paisaje sequizo, la llanura parda y el cielo metálico de tan azul. Yo era tan pequeño que ni caminar podía, y ella flagelada por las sombras, angustiadísima, caminaba a la orilla de los caminos, llevándome en sus brazos, calentándome las rodillas con el pecho, estrechando todo mi cuerpecito contra su cuerpo mezquino, y pedía a las gentes para mí, y mientras me daba el pecho, un calor de sollozo le secaba la boca, y de su boca hambrienta se quitaba el pan para mi boca, y de sus noches el sueño para atender a mis quejas, y con los ojos resplandecientes, con su cuerpo vestido de míseras ropas, tan pequeña y tan triste, se abría como un velo para cobijar mi sueño.

Despacio consideraba sus encantos avergonzados de ser tan adorables, su boca hecha tan sólo para los grandes besos; veía su cuerpo sumiso pegarse a la carne llamadora de su desengaño e insistiendo en la delicia de su abandono, en la magnífica pequeñez de sus partes destrozables, la vista ocupada por el semblante, por el cuerpo joven para el tormento y para una maternidad, alargaba un brazo hacia mi pobre carne; hostigándola, la dejaba acercarse al deleite.

Para vender hay que empaparse de una sutilidad "mercurial", escoger las palabras y cuidar los conceptos, adular con circunspección, conversando de lo que no se piensa ni cree, entusiasmarse con una bagatela, acertar con un gesto compungido, interesarse vivamente por lo que maldito si nos interesa, ser múltiple, flexible y gracioso, agradecer con donaire una insignificancia, no desconcertarse ni darse por aludido al escuchar una grosería, y sufrir, sufrir pacientemente el tiempo, los semblantes agrios y malhumorados, las respuestas rudas e irritantes, sufrir para poder ganar algunos centavos, porque "así es la vida".

Allí bebimos, pero la vida giraba en torno nuestro como el paisaje en los ojos de un ebrio.

24 febrero 2009

Allen Ginsberg (La caída de América. Poemas de estos Estados 1965-1971)


The fall of America
Visor Madrid 1980
Traducción de Antonio Resines


Flash de los años treinta en Manhattan (1968, fragmento)

-las largas calles de piedra inanimadas,
multitudes de secretarios ejecutivos saliendo del metro
8:30 AM
Flujo sanguíneo en células a través de las arterias ascensor
y las glándulas de las escaleras
hacia una conciencia de máquina de escribir.

Choque de automóviles (1968, fragmento)

Los cigarros quemaron la juventud de mis papilas gustativas.

Universos imaginarios (1969, íntegro)

Bajo órdenes de disparar contra el espía, descargué
mi pistola contra su boca.
Cayó de bruces desde la posición de vida
dejó su cuerpo arrodillado y con los ojos vendados.

No, yo jamás hice eso. Lo imaginé en la nieve del aeropuerto,
mientras descargaba pasajeros un avión de Albany.

Sí, el muchacho con cara de mexicano, diecinueve años,
con ropa de Marine, en el asiento junto al mío
Que descendía en Salt Lake, acompañó el cadáver
de su hermano desde Vietnam.
“El Gook* estaba arrodillado frente a mí
llorando y suplicando. Había dos;
Tenía una tarjeta que habíamos regado sobre ellos.”
La tarjeta otorgaba inmunidad a aquellos del V.C.
que se rindieran.
“En recuerdo de mi mejor amigo y
de mi hermano maté a los dos Gooks.”
Eso era verdad, desde luego.

* Gook: término despectivo aplicado a los guerrilleros comunistas en Vietnam por las tropas americanas.

Ecologue (1970, fragmento)

¡Piernas rotas en Vietnam!
Ojos clavados en el cielo,
Ojos llorando a la tierra.
¡Millones de cuerpos doloridos!
¿Quién puede vivir con esta Conciencia
y no despertarse asustado al alba?

23 febrero 2009

Julio R. Ribeyro (Demetrio)

(gracias Juan Carlos)

Dentro de un cuarto de hora serán las doce de la noche. Esto no tendría ninguna importancia si es que hoy no fuera el 10 de noviembre de 1953. En su diario íntimo Demetrio von Hagen anota: "El 10 de noviembre de 1953 visité a mi amigo Marius Carlen". Debo advertir que Marius Carlen soy yo y que Demetrio von Hagen murió hace exactamente ocho años y nueve meses. Pocas semanas después de su muerte se publicó en un periódico local una nota mal intencionada que decía: "Como saben nuestros lectores, el novelista Demetrio von Hagen murió el 2 de enero de 1945. En su diario íntimo aún inédito se encontraron anotaciones correspondientes a los ocho años próximos. Se descubrió que lo escribía por adelantado". Únicamente la amistad que me unía a Demetrio me incitó a emprender investigaciones para las que no encuentro otro adjetivo que el clásico de minuciosas. Si bien no lo veía desde la última guerra, conservaba de él un recuerdo simpático y siempre me pareció un hombre probo, serio, sin mucha fantasía e incapaz de cualquier mixtificación. El hecho pues de que escribiera su diario por adelantado sólo sugería dos hipótesis: o era una broma de los periodistas, que habían cotejado mal las fechas de su diario inédito o se trataba más bien del principio de un interesante enigma. Cuando su cadáver fue trasladado a Utrecht -Demetrio murió misteriosamente en una taberna de Amberes- hice un viaje especial a dicha ciudad y extraje de la Biblioteca Municipal el manuscrito de su diario. Revisado superficialmente por los periodistas, quienes habían comprobado sólo la incongruencia de las fechas, el manuscrito se hallaba en un estado lamentable, lleno de quemaduras de cigarrillo y manchas de café. Con una paciencia de paleógrafo logré poco a poco ir descifrando sus páginas, esencialmente aquellas que se referían a los años subsiguientes a su muerte y que la presunción general tomaba por inventadas. En efecto, una lectura de primera mano podía robustecer esta opinión. Se hablaba allí de viajes prodigiosos, de amores ardientes y generalmente desesperados y de hechos también anodinos, como lo que comió en un restaurante o conversó con un taxista. Pero pronto un detalle me hizo prestar atención. En la página correspondiente al 28 de julio de 1948 decía: "Hoy asistí al sepelio de Ernesto Panclós". El nombre de Ernesto Panclós me era vagamente familiar. Recapacitando pude precisar que tal nombre correspondía al de un amigo común que tuvimos en la infancia. Inmediatamente traté de ubicar a sus familiares, lo que no pude lograr, pero revisando los periódicos de la época comprobé que efectivamente el 28 de julio de 1948 había sido inhumado el cadáver de Ernesto Panclós. Este aserto me intrigó un poco, pero no me curó de cierto escepticismo. Pensé que podría tratarse de una simple coincidencia o de un caso de adivinación no ajeno al temperamento de los artistas. Pero de todos modos quedé preocupado y sólo por el afán de tranquilizarme decidí llevar mis indagaciones hasta sus últimas consecuencias. En la página correspondiente al 14 de abril de 1949 decía: "Esta tarde tomaré el avión para Oslo y visitaré el Museo Nacional de la ciudad". Tuve que hacer una inquisición en todos los registros de las compañías aéreas, hasta que al fin descubrí que en la lista de viajeros de una de ellas figuraba el nombre de Demetrio von Hagen. Incitada mi curiosidad me traslade a Oslo y en el libro de visitantes ilustres del Museo Nacional aparecía registrada la firma de mi amigo. Fue entonces cuando comencé a sospechar que algo extraño había ocurrido. Varias veces acudí al cementerio de Utrecht a fin de mirar la lápida mortuoria y verificar el nombre y la fecha de deceso de Demetrio. Pero como esto no me satisfacía inicié un enojoso trámite burocrático a fin de obtener el permiso para una exhumación. Cuando lo obtuve hice examinar los despojos por los médicos legistas, quienes me certificaron que los restos correspondían efectivamente a Demetrio von Hagen.

Continuando la lectura del diario hube de hacer una nueva y definitiva comprobación. En la página escrita el 31 de agosto de 1951 decía: "Acabo de regresar de Alemania. No olvidaré nunca a Marion y a la pequeña comuna de Freimann. Mis relaciones con ella han sido breves pero alucinantes". Consideré que si lograba ubicar a Marion podría obtener una información directa e indubitable. No me fue fácil -Freimann no figuraba en los mapas y el nombre de Marion parecía ser atributo de la mayoría de las mujeres de esta comuna- y sólo al cabo de una agobiadora pesquisa pude dar con esta mujer. La descripción que me hizo de su antiguo amante coincidía con el aspecto de Demetrio y, aún más, tenía un hijo de sus relaciones con él. Cuando vi al vástago quedé pasmado. A pesar de ser una criatura, sus rasgos recordaban evidentemente a los de Demetrio. Completamente convencido, pero al mismo tiempo desconcertado por esta última comprobación, regresé a mi país y durante largo tiempo reflexioné, no sin temor de estar hollando un terreno prohibido, sobre estos singulares fenómenos. Incluso consulté la opinión de entendidos en la materia, pero todos acogieron mi solicitud con chanzas, se negaron a revisar mis pruebas y dijeron que alguno de los dos -el difunto o yo- debía estar loco. Los más corteses me hablaron en términos indiferentes de "prospección de la conciencia" o disimularon su ignorancia bajo la palabra azar.

Lo cierto es que en este momento mi confusión prevalece y pocas son las conclusiones que puedo sacar. Es evidente que Demetrio murió el 2 de enero de 1945, pero también es cierto que en 1948 asistió al entierro de Ernesto Panclós, que en 1949 estuvo en el Museo Nacional de Oslo y que en 1951 conoció en Freimann a Marion y tuvo con ella un hijo. Todo ello está debidamente verificado. Esto no quiere decir, sin embargo, que dichas fechas coincidieran con las del calendario oficial. El calendario oficial me ha llegado a parecer, después de lo ocurrido, una medida convencional del tiempo, útil solamente como referencia a hechos contingentes -vencimiento de letras de cambio, efemérides nacionales- pero completamente ineficaz para medir el tiempo interior de cada persona, que es en definitiva el único tiempo que interesa. Nuestra duración interior no se puede comunicar, ni medir, ni transferir. Es factible vivir días en minutos e inversamente minutos en semanas. Los casos son frecuentes, como es sabido, en los fenómenos de hipnotismo o en los estados de sobreexcitación o de éxtasis producidos por el amor, el miedo, la música, la fiebre, la droga, o la santidad. Lo que no me explico es cómo puede trasladarse esta duración subjetiva al campo de la acción, cómo se concilia el tiempo de cada cual con el tiempo solar. Es muy corriente pensar muchas cosas en un segundo, pero ya es más complicado hacerlas en ese lapso. Y lo cierto es que Demetrio von Hagen hizo muchísimas cosas en su tiempo personal, cosas que se cumplieron sólo después en el tiempo real. Y hay muchísimas cosas que hizo y que están aún por realizarse. Por ejemplo, para el año 1954 describe un viaje al Himalaya en el cual pierde por congelación la oreja izquierda. O, sin ir tan lejos, para hoy 10 de noviembre de 1953 señala una visita a mi casa. Esto sin embargo no me ha ocurrido a mí, no ha sucedido en mi tiempo, ni en el tiempo solar. Pero aún no ha terminado el día y todo puede ocurrir. En su diario no se precisa la hora y aún no son las doce de la noche. Puede, por otra parte, haber aplazado esta visita, sin haberlo anotado en su diario. Falta solamente un minuto y confieso sentir cierta impaciencia. El cuarto de hora solar en que he escrito estas páginas me ha parecido infinitamente largo. Sin embargo, no puedo equivocarme, alguien sube las escaleras. Unos pasos se aproximan. Mi reloj marca las doce de la noche. Tocan la puerta. Demetrio ya está aquí...

París, noviembre de 1953

04 septiembre 2008

Joe Simpson (Touching the Void, 1988)

Tocando el vacío
Desnivel ediciones, 2005


Se puede encontrar en tiendas de montañismo.

Un libro fascinante, de esos que se leen en una noche, porque no lo puedes dejar de lado hasta terminar.

Simpson describe la travesía que hizo, junto a su compañero Simon Yates, para alcanzar la cara occidental del Siula Grande, en Los Andes peruanos, su accidente y la lucha por tratar de llegar con vida al campamento base.

Este libro está catalogado como una de las obras maestras del montañismo. Tiene el plus de que su autor es un escalador experimentado, que además escribe bien, y no es sólo un buen escritor que ve externamente la historia vivida por otros. Además, otro punto muy a favor es que su lectura se hace más objetiva cuando, en aquellos momentos de paroxismo absoluto, se tiene la visión de su compañero (Yates).

Algunos fragmentos:

Sólo nosotros y las montañas… La vida aquí parece mucho más simple y más real. Es fácil dejar que los acontecimientos y las emociones fluyan sin pararse a mirar…

Envidié esa actitud de Simon de tomar las cosas tal y como venían. Tenía la fuerza suficiente para encajar los acontecimientos por el lado bueno, y la libertad de espíritu para disfrutarlos sin andar rumiando dudas y preocupaciones. Era más fácil verle riendo que enfadado, burlándose de sus propias desgracias tanto como de las de los demás. Alto y de complexión fuerte, poseía la mayoría de las ventajas de la vida y pocos de sus inconvenientes. Era un buen amigo: fiable, sincero, siempre dispuesto a ver la vida como algo divertido. Tenía el pelo rubio, ojos muy azules y risueños, y ese toque de locura que hace tan especiales a tan pocas personas. Yo estaba contento de haber decidido venir aquí como un equipo de dos. No había mucha más gente con la cual hubiera podido convivir tanto tiempo. Simon era todo lo que yo no era, todo lo que a mi me hubiera gustado ser.

Cuando de nuevo miró al frente y vino hacia mí descubrí la tensión en su rostro. El día no había sido agradable ni divertido, y cuando llegó a mi lado el miedo fue contagioso. Nuestra alarma se expresó en parloteos de voces trémulas, rápidas cascadas de maldiciones y frases repetidas una y otra vez hasta que nos calmamos.

En aquel momento, acuclillado junto al hoyo del que acababa de salir, y tratando de recobrar el aliento, miré hacia atrás y quedé atónito al darme cuenta que, a través de la arista, podía ver el bostezo del abismo que se abría por debajo de ella.

No lloraba de dolor: me compadecía a mí mismo, puerilmente, y ante aquel pensamiento no podía evitar las lágrimas. La muerte me había parecido tan lejana, y sin embargo ahora todo estaba teñido de ella.

Me miró. Tal vez su mirada fue demasiado larga y dura, porque volvió el rostro con rapidez. No con la suficiente rapidez, no obstante: tuve tiempo de ver su cara fugazmente, pero en aquel instante supe lo que estaba pensando. Tenía un curioso aire de desapego. Me sentí acobardado al verlo, súbitamente me sentí extraño, muy distinto a él. Sus ojos estaban llenos de pensamientos. Pena. Pena y algo más: esa distancia que se concede a un animal herido al que no se puede ayudar. Simon había tratado de ocultarlo, pero yo lo vi, y retiré la vista lleno de miedo y preocupación.

Encantado y asombrado, sentí ganas de reír. En un pequeño intervalo de tiempo mi ánimo oscilo de la desesperación a un confuso optimismo, y la muerte pareció quedar relegada a una vaga posibilidad en lugar de un hecho inevitable.

Grité en la oscuridad y oí una voz lejana e ininteligible. No supe bien si había sido Simon o el eco de mi propio grito.

Cada vez que pensaba en la muerte, la suya o la mía, la idea llegaba desprovista de toda emoción, cuajada de realismo. Estaba demasiado cansado para preocuparme.

Las palabras se deshicieron en medio de la nieve y el viento, dirigidas a nadie en particular, con el furor estremecido de la amargura y el agravio. Palabras estúpidas, tan exentas de significado como el viento vacío y sibilante que me rodeaba. La cólera crecía en mí. Me reconfortaba, me agitaba, expulsando el frío en una diatriba de obscenidades y lágrimas de frustración.

El golpe me aturdió. Durante un lapso de tiempo el dolor desapareció. Mientras tanto mi cerebro navegaba mareado y enfermo, a medio camino entre la conciencia y el olvido.

Por encima de mí volaron luces brillantes, y la habitación comenzó a navegar ante mis ojos. Tenía que decir algo… Tenía que detenerles. La oscuridad se filtró bajo las luces y lentamente todos los sonidos se ahogaron en el silencio.

Karel Čapek (La guerra con las salamandras, 1936)

Vàlka s Mloky
Zig-Zag, 1944

Comentarios en:
http://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op00450.htm

Algunos fragmentos:

- ¿Dónde están las islas Gilbert?
- Resp: En Inglaterra. Inglaterra no se atará las manos en el continente. Inglaterra necesita diez mil aviones. Visiten la costa Sur de Inglaterra.
- ¿podríamos ver su lengua, Andy?
- Resp: Sí, señor. Limpien sus dientes con pasta Flit. Es económica, es la mejor; es inglesa. ¿Quiere tener un aliento agradable? Use pastillas Flit.
- Gracias, con eso basta. Y ahora díganos, Andy…
Etcétera. El acta de la conversación con Andrias Scheuchzeri constaba de dieciséis páginas cabales y se publicó en “The Natural Science”.

Poseían sus ciudades submarinas y subterráneas, sus metrópolis acuáticas, sus Essen y sus Birmingham en el fondo del mar, a una profundidad de veinte a treinta metros; tenían sus barrios de comunicaciones y aglomeraciones urbanas que ascendían a millones de individuos; en una palabra, tenían su mundo, más o menos desconocido para nosotros, pero, al parecer, técnicamente muy avanzado. No poseían, ciertamente, altos hornos ni fundiciones, pero los hombres les suministraban metales a cambio de su trabajo. No tenían explosivos, pero estos también se los vendían los hombres. Su carburante era el mar con su flujo y reflujo, con sus corrientes submarinas y diferencias de temperatura; las turbinas las recibían, claro está, de los hombres, pero supieron emplearlas; pues, ¿qué es la civilización sino la facultad de aprovechar cosas inventadas por otros?

Pocos años después de quedar establecidas las primeras colonias de molges en el Mar del Norte y el Báltico, comprobó el investigador alemán doctor Hans Thüring que la salamandra báltica mostraba – seguramente por la influencia del ambiente – ciertas diferencias morfológicas; parecía, entre otros síntomas, más rubia, andaba más erguida y su índice frenológico mostraba un cráneo más largo y estrecho que el de otras salamandras. Esta variedad recibió el nombre de SALAMANDRA NÓRDICA o SALAMANDRA SUPERIOR (Andrias Scheuchzeri var. Nobilis erecta Thüring).
Con este motivo también la prensa alemana comenzó a ocuparse fervorosamente de la salamandra báltica. Se recalcaba con particular énfasis que precisamente gracias a la influencia del ambiente alemán pudo este molge producir un tipo racial diferente y superior, que aventajaban sin discusión a todas las demás salamandras. Los diarios escribían con desdén acerca de los molges mediterráneos, degenerados física y moralmente; de las salvajes salamandras tropicales y, en general, acerca de los molges bajos, primitivos y bárbaros de otras naciones. De la salamandra gigante a la supersalamandra alemana, fue la alada consigna del día. ¿No era acaso la tierra alemana la protopatria de todas las salamandras de la época? ¿No está su cuna en Oeningen, donde el sabio alemán, doctor Juan Jacobo Scheuchzer había descubierto su magnífica huella ya en el mioceno? No puede existir duda alguna de que el primitivo Andrias Scheuchzeri haya nacido antes de las edades geológicas en la tierra germana; al dispersarse más tarde por otros mares y zonas, tuvo que expiarlo con el retroceso de su desarrollo y la degeneración; pero al establecerse de nuevo en la tierra de sus ancestros, vuelve otra vez a ser lo que fue: el noble molge nórdico Scheuchzer, el rubio, erguido y dolicocéfalo. Pues sólo en el suelo alemán pueden las salamandras volver a su tipo más puro y superior, tal como lo descubrió el gran Juan Jacobo Scheuchzer en la huella fósil de las canteras de Oeningen. Por eso necesita Alemania costas nuevas y más largas, necesita colonias, necesita los océanos, para que en todas partes, en las aguas territoriales alemanas, pueda desarrollarse la nueva generación de salamandras alemanas genuinas y racialmente puras. Necesitamos espacio vital para nuestras salamandras, escribían los periódicos alemanes; y para que el pueblo alemán no perdiese de vista este hecho, se erigió en Berlín un espléndido monumento a Juan Jacobo Scheuchzer. En él podía verse al gran doctor con un grueso libro en la mano; a sus pies descansaba, erguido, el noble molge nórdico mirando las inmensas costas del mar océano, perdidas en lontananza.

Después sólo se oyó el rumor oscuro e infinito de las aguas subiendo.

Kurt Vonnegut (Dios le bendiga Mr. Rosewater o “echando margaritas a los puercos”, 1965)


(God bless you, Mr. Rosewater)
Ed. Bruguera, 1977

Acuñó una palabra nueva para la enfermedad de Silvia: “Samaritrofia”, que significaba, en su opinión: “indiferencia histérica ante el dolor de los que son menos afortunados que uno mismo”.

Entonces me propuse, como meta de mis tratamientos, mantener prisionera a la conciencia, pero alzar un poco la tapa de la mazmorra de modo que sus gritos se oyeran a penas, cosa que conseguí con algunas pruebas y errores, mediante la quimioterapia y el shock. No me sentí orgulloso, pues había transformado a una mujer muy profunda en un ser anodino, había bloqueado los ríos subterráneos que podían conectarla con los océanos Atlántico, Pacífico e Índico, dejándola muy satisfecha de ser una piscinita de un metro de largo por diez centímetros de profundidad, pintadita de azul y con agua purificada con cloro.

Nosotros no meamos en sus ceniceros.
Así que, por favor, no tire cigarrillos en nuestros retretes.

Una de sus obras favoritas de Kilgore Trout trataba únicamente de la ingratitud. Se titulaba “El primer Tribunal Federal de Gracias”, y era un tribunal ante el que se podía llevar a los que no se hubieran mostrado suficientemente agradecidos por algo que uno les había hecho. Si el acusado perdía el caso, el tribunal le daba a elegir entre dar las gracias al demandante en público o ir a prisión, incomunicado a pan y agua, durante un mes. Según Trout, el ochenta por ciento de los convictos elegían la celda.

Jack Kerouac (Los Subterráneos, 1958)



The Subterraneans
Ed. Anagrama, 2006


Los hombres son tan locos, desean la esencia, la mujer es la esencia, ahí la tienen directamente entre las manos, pero ellos se precipitan en todas direcciones erigiendo inmensas construcciones abstractas.

El sol suave, las flores y yo que me alejaba por la calle y pensaba: “por qué me habré permitido alguna vez aburrirme en el pasado?”, y como compensación me emborrachaba o tomaba esas cosas o me daban ataques o todas esas artimañas que usan las personas porque desean algo, cualquier cosa, salvo la serena comprensión de lo que realmente existe, que después de todo es tanto, y las cavilaciones provocadas por las odiosas convenciones sociales, las rabias, el hacerse mala sangre por los problemas sociales y por mi problema racial, todo eso importaba tan poco; aunque ahora podía sentir esa gran seguridad y el oro de la mañana terminaría alguna vez por desvanecerse, y ya había empezado a hacerlo; hubiera podido construir toda mi vida como esa mañana solamente sobre la base de la pura comprensión y el deseo de vivir y seguir adelante, dios, todo era la cosa más hermosa que jamás me había sucedido, a su manera; pero todo era también siniestro.

Heinrich Mann (El ángel azul, 1905)

(Professor Unrat)
Quimantú, 1973

- Señor profesor: yo no dije que olía a basura. Dije que Lohmann no paraba de decir…
- Cállese – tronó basura, tembloroso. Movió la cabeza de un lado a otro; logró serenarse, y continuó, con voz ahogada -: El destino se cierne sobre ustedes rozando sus cabezas. Pueden retirarse.
Los tres se fueron a almorzar; cada uno con su destino cerniéndose sobre su cabeza.
Parecía rejuvenecido. Con la corbata de través, varios botones desabrochados y el peinado revuelto, mostraba un aspecto inhabitual de hombre extraviado lejos del camino recto, vencedor en lamentables victorias, triste juguete de una pasión inconfesable.

"Este miserable lo sabe todo. Ahora doy media vuelta, voy a casa, subo al desván y apoyo el cañón de la escopeta contra mi pecho. Y abajo, en el salón, Dora canta al piano. Su canción sube hasta mí como una mariposa, y el polvillo dorado de sus alas brilla ante mis ojos hasta que la muerte los cierra… "

Hasta aquel día, hasta aquel terrible momento, había sido un trozo de su propia carne y, de repente, se desprendía de él, desgarrándolo. Basura veía sangrar la herida y no comprendía.

Y también porque Basura, viejo niño ingenuo, avivaba torpemente aquel sentimiento con sus continuas sospechas y porque la vida se negaba a ofrecerle a ella esa tranquilidad que tanto ansiaba.

Una cosa es indudable: que aquel que ha conseguido alcanzar las cúspides más luminosas, conoce también los más profundos e intrincados abismos.

Y esta desmoralización de toda una ciudad, que nadie podía impedir por ser muchos los que se hallaban complicados en ella, era obra de Basura y constituía su triunfo. La pasión que le dominaba en secreto, aquella pasión que su cuerpo reseco, sólo muy raras veces delataba con una mirada de venenoso brillo verde gris, desafiaba y se imponía a toda una ciudad. Basura era fuerte; podía ser feliz.

Aquella mujer había recibido de él, sin darse cuenta, lo mejor de su alma. Y ahora que estaba ya exhausto lo pretendía. Lohmann amaba las cosas por el eco que dejaban. El amor de las mujeres, sólo por la amarga soledad que le sucedía. Y la felicidad, todo lo más, por el anhelo angustiado que tras de sí dejaba.

En todo aquello prefería prescindir de Von Ertzum, el cual, al ver a Rosa, había empezado a manejar nerviosamente el sable, enronqueciendo de repente. Era muy capaz de volver a su pasión de antaño. Para él todo era presente. En cambio Lohmann, a solas con Rosa en la confitería, saboreaba únicamente el lejano regusto de las emociones pasadas.

Bayer, Osvaldo (Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia)


Galerna, 1970.

No es un delito sacrificar una fruslería de prejuicio y convencionalismo anarquista por un amor inmenso, más cuando en el amor grande e infinito está basada la anarquía misma.

Vivir en monotonía las horas mohosas de lo adocenado, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir la vida, es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa informe de carne y de huesos. A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita de la rebelión del brazo y de la mente.