25 septiembre 2009

Donatien Alphonse François de Sade (Justine o los infortunios de la virtud, 1787)


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Por mi parte, convencida de que el instante en que la crisis que espera se produzca significará el cese de los tormentos de la condesa, pongo todo mi esfuerzo en precipitar esa crisis, y me vuelvo, como veis, señora, ramera por bene­ficencia y libertina por virtud.
Está fuera, y yo en la más violenta agitación. No os describo la noche que pasé; los tormentos de la imagi­nación unidos a los males físicos que las primeras crueldades de aquel monstruo acababan de hacerme pade­cer, la convirtieron en una de las más espantosas de mi vida. No es posible imaginar las angustias de un des­dichado que espera su suplicio en cualquier momento, a quien se le ha arrebatado la esperanza, y que no sabe si el minuto que respira será el último de sus días. In­seguro acerca de su suplicio, se lo imagina de mil ma­neras a cual más horrible; el más mínimo ruido que escucha le parece ser el de sus verdugos; su sangre se detiene, su corazón se apaga, y la espada que termina­rá con sus días es menos cruel que esos funestos ins­tantes en que la muerte le amenaza.
Por acostumbrado que esté al crimen, es raro que la noticia de su cumplimiento no asuste al que acaba de cometerlo. Este terror venga a la virtud: es el ins­tante en que recupera sus derechos.
Sólo los seres que conocen el corazón del hombre, que han estudiado sus doble­ces, que han desenredado los rincones más impenetra­bles de este dédalo oscuro, podrían explicarte esta es­pecie de extravío. ––¡Cómo, señor!, os había ofrecido dinero... acababa de haceros un favor... ser pagada por todo lo que había hecho por vos con una traición tan negra... ¿decís que es algo que puede entenderse, que puede justificarse?
Pero los descubri­mientos y las seducciones me dan trabajo; además, la clase de sujetos es extremadamente importante para mi lubricidad: quiero que todas ellas procedan de estos asi­los de la miseria en los que la necesidad de vivir y la imposibilidad de conseguirlo, absorbiendo el valor, el orgullo y la delicadeza, enervando finalmente el alma, determina, en la esperanza de una subsistencia indis­pensable, a todo lo que parece tener que asegurarla.
––¡Oh, señor! ––dije a aquel hombre deshonesto, es­tremeciéndome ante sus discursos––, ¿cómo es posible que podáis concebir tales voluptuosidades, y que os atreváis a proponerme servirlas? ¡Qué horrores acabáis de hacerme oír! Hombre cruel, bastaría con que fuerais desdichado sólo dos días y veríais como estos sistemas de inhumanidad no tardarían en aniquilarse en vuestro corazón: la prosperidad es lo que os ciega y os endure­ce; os aburrís con el espectáculo de los males de los que os creéis al amparo, y como confiáis en no sentir­los jamás, os suponéis en el derecho de infligirlos; ¡ojalá jamás me llegue la felicidad si es capaz de corromper­me hasta este punto! ¡Oh, cielo santo! ¡No contentarse con abusar del infortunio! ¡Llevar la audacia y la fero­cidad hasta incrementarlo, hasta prolongarlo, por la única satisfacción de vuestros deseos! ¡Qué crueldad, señor! Los animales más feroces no nos dan ejemplos de una barbarie semejante. ––Te equivocas, Thérèse, no hay astucias que el lobo no invente para atraer al cordero a sus trampas: estas tretas están en la naturaleza, y la beneficencia no cuenta entre ellas; sólo es una característica de la debilidad preconizada por el esclavo para enternecer a su amo y predisponerle a una mayor dulzura. Sólo se anuncia en el hombre en dos casos: si es el más débil, o si teme serlo. La prueba de que esta supuesta virtud no exis­te en la naturaleza es que es ignorada por el hombre más próximo a ella. El salvaje, despreciándola, mata sin piedad a su semejante, bien por venganza, bien por avidez... ¿Acaso no respetaría esa virtud si estuviera inscrita en su corazón? Pero jamás apareció, jamás se encontrará allí donde los hombres sean iguales. La ci­vilización, al depurar a los individuos, al distinguir los rangos, al ofrecer un pobre a los ojos de un rico, al hacer temer a éste una variación de estado que podía precipitarle en la nada del otro, colocó inmediatamente en su mente el deseo de aliviar al infortunado para ser aliviado a su vez, en el caso de que perdiera sus rique­zas. Entonces nació la beneficencia, fruto de la civiliza­ción y del temor: así pues, sólo es una virtud circuns­tancial, pero no, en absoluto, un sentimiento de la na­turaleza que jamás emplazó en nosotros otro deseo que el de satisfacernos, al precio que fuera. Sólo confun­diendo así todos los sentimientos, y sin analizar jamás nada, podemos cegarnos sobre todo y privarnos de todos los goces.
¡Oh, amigo mío! la prosperidad del cri­men sólo es una prueba a la que la Providencia quiere someter la virtud; es como el rayo cuyos fuegos falaces sólo embellecen un instante la atmósfera para precipitar en los abismos de la muerte al desdichado que han des­lumbrado.

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