09 febrero 2021

El peligro de la historia única (Chimamanda Ngozi Adichie)

Literatura Random House, 2019

 


Pero también tuve abuelos que murieron en campos de refugiados. Mi primo Polle falleció por no poder recibir el tratamiento médico adecuado. Uno de mis mejores amigos, Okoloma, murió en un accidente de avión porque nuestros camiones de bomberos no tenían agua. Crecí bajó regímenes militares represivos que menospreciaban la educación y, por tanto, a veces mis padres no recibían su salario. Así que, de niña, vi desaparecer la mermelada de la mesa del desayuno, luego la margarina, después el pan se encareció demasiado y racionaron la leche. Y, sobre todo, una especie de miedo político normalizado invadía nuestras vidas. Todas estas historias me convirtieron en quien soy. Pero insistir solo en las historias negativas supone simplificar mi experiencia y pasar por alto otras muchas historias que también me han formado. El relato único crea estereotipos, y el problema con los estereotipos no es que sean falsos, sino que son incompletos. Convierten un relato en el único relato.

Por supuesto, África es un continente plagado de catástrofes. Algunas inmensas, como las horripilantes violaciones del Congo, y otras deprimentes, como el hecho de que en Nigeria se presenten cinco mil candidatos a una sola vacante de trabajo. Pero también hay historias que no tratan de catástrofes y es muy importante, igual de importante, hablar de ellas.

Siempre he tenido la impresión de que es imposible conocer debidamente un lugar o a una persona sin conocer todas las historias de ese lugar o esa persona. La consecuencia del relato único es la siguiente: priva a las personas de su dignidad. Nos dificulta reconocer nuestra común humanidad. Enfatiza en qué nos diferenciamos en lugar de en qué nos parecemos.

Todos deberíamos ser feministas (Chimamanda Ngozi Adichie)

Literatura Random House, 2016

 


En Lagos hay muchos clubes y bares de buen tono donde no puedo entrar sola. Si eres una mujer sola no te dejan entrar. Te tiene que acompañar un hombre. De forma que tengo amigos que llegan a los clubes y acaban teniendo que entrar cogidos del brazo de una completa desconocida porque esa desconocida, que es una mujer sola, no ha tenido más remedio que pedir "ayuda)) para entrar en el club.

Cada vez que entro en un restaurante nigeriano con un hombre, el camarero da la bienvenida al hombre y a mi finge que no me ve. Los camareros son producto de una sociedad que les ha enseñado que los hombres son más importantes que las mujeres, y sé que no lo hacen con mala intención, pero una cosa es saber algo con el intelecto y otra distinta es sentirlo a nivel emocional. Cada vez que me pasan por alto, me siento invisible. Me enfado. Me dan ganas de decirles que yo soy igual de humana que el hombre e igual de merecedora de saludo. Son nimiedades, pero a veces son las cosas pequeñas las que más nos duelen.

Hace poco escribí un artículo sobre la experiencia de ser una mujer joven en Lagos. Pues un conocido me dijo que era un artículo rabioso y que no debería haberlo escrito con tanta rabia. Pero yo me mantuve en mis trece. Claro que era rabioso. La situación actual en materia de género es muy injusta. Estoy rabiosa. Todos tendríamos que estar rabiosos. La rabia tiene una larga historia de propiciar cambios positivos. Y además de rabia, también tengo esperanza, porque creo firmemente en la capacidad de los seres humanos para reformularse a sí mismos para mejor.

 

 

Si eres hombre y entras en un restaurante y el camarero te saluda solo a ti, ¿acaso se te ocurre preguntarle: «¿Por qué no la has saludado a ella»? Los hombres tienen que denunciar estas situaciones aparentemente poco importantes.

Y como el género puede resultar un tema incómodo, hay formas fáciles de terminar la conversación.

Hay quien saca a colación la evolución biológica y los simios, el hecho de que las hembras de los simios se inclinan ante los machos, y cosas parecidas. Pero la cuestión es que no somos simios. Los simios también viven en los árboles y comen lombrices. Nosotros no.

Hay quien dice: «Bueno, los hombres pobres también lo pasan mal». Y es verdad.

Pero esta conversación no trata de eso. El género y la clase social son cosas distintas. Los hombres pobres siguen disfrutando de los privilegios de ser hombres, por mucho que no disfruten de los privilegios de ser ricos. A base de hablar con hombres negros, he aprendido mucho sobre los sistemas de opresión y sobre cómo pueden ser ciegos los unos con respecto a los otros. Una vez yo estaba hablando de cuestiones de género y un hombre me dijo: «¿Por qué tienes que hablar como mujer? ¿Por qué no hablas como ser humano?». Este tipo de pregunta es una forma de silenciar las experiencias concretas de una persona. Por supuesto que soy un ser humano, pero hay cosas concretas que me pasan a mí en el mundo por el hecho de ser mujer. Y aquel mismo hombre, por cierto, hablaba a menudo de su experiencia como hombre negro. (Y yo tendría que haberle contestado: «¿Por qué no hablas de tus experiencias como hombre o como ser humano? ¿Por qué como hombre negro?».)

Así que no, esta conversación trata del género. Hay gente que dice: «Oh, pero es que las mujeres tienen el poder verdadero, el poder de abajo». (Esta es una expresión nigeriana para referirse a las mujeres que usan su sexualidad para conseguir cosas de los hombres.) Pero el poder de abajo no es poder en realidad, porque la mujer que tiene el poder de abajo no es poderosa por sí misma; simplemente tiene una vía de acceso para obtener poder de otra persona. Pero ¿qué pasa si el hombre está de mal humor o enfermo o temporalmente impotente?

Hay quien dice que las mujeres están subordinadas a los hombres porque es nuestra cultura. Pero la cultura nunca para de cambiar. Yo tengo unas preciosas sobrinas gemelas de quince años. Si hubieran nacido hace cien años, se las habrían llevado y las habrían matado, porque hace cien años la cultura igbo creía que era un mal presagio que nacieran gemelos. Hoy en día esa práctica resulta inimaginable para todo el pueblo igbo.

¿Qué sentido tiene la cultura? En última instancia, la cultura tiene como meta asegurar la preservación y la continuidad de un pueblo. En mi familia, yo soy la hija que más interés tiene por la historia de quiénes somos, por las tierras ancestrales y por nuestra tradición. Mis hermanos no tienen tanto interés en esas cosas. Y, sin embargo, yo estoy excluida de esas cuestiones, porque la cultura igbo privilegia a los hombres y únicamente los miembros masculinos del clan pueden asistir a las reuniones donde se toman las decisiones importantes de la familia. Así pues, aunque a quien más interesan esas cosas es a mí, yo no tengo voz ni voto. Porque soy mujer.

La cultura no hace a la gente. La gente hace la cultura. Si es verdad que no forma parte de nuestra cultura el hecho de que las mujeres sean seres humanos de pleno derecho, entonces podemos y debemos cambiar nuestra cultura.

El Arte de la Paz (Morehi Ueshiba)

Mandala Ediciones, 2012

  

8.

La vida es crecimiento. Si nosotros dejamos de crecer, técnica y espiritualmente, es como si estuviéramos muertos.

El Arte de la Paz es una celebración de la unificación del cielo, la tierra, y la humanidad. Es todo lo que es verdad, bondad y belleza.

 

9.

Ahora y de nuevo, es necesario que te apartes a los adentros de las montañas profundas y valles escondidos para restaurar tu vínculo con la fuente vital.

Inhala y déjate remontar hacia el fin del universo; exhala y conduce el cosmos de nuevo adentro.

Finalmente combina el aliento del cielo y el aliento de la tierra con el tuyo, convirtiéndose en el aliento de la vida misma.

Nocturno de Chile (Roberto Bolaño)

Editorial Anagrama, 2012


 

Y yo cada vez me sentía más impaciente, pues en la casa principal me esperaban y tal vez alguien, Farewell u otro, se estaría preguntando por las razones de mi ya prolongada ausencia. Y las mujeres sólo sonreían o adoptaban gestos de adustez o de fingida sorpresa, sus rostros antes inexpresivos iban del misterio a la iluminación, se contraían en interrogantes mudas o se expandían en exclamaciones sin palabras, mientras los dos hombres que habían quedado atrás procedían a marcharse, pero no en línea recta, no enfilando hacia las montañas, sino en zigzag, hablando entre sí, señalando de tanto en tanto indiscernibles puntos de la campiña, como si también en ellos la naturaleza activara observaciones singulares dignas de ser expresadas en voz alta.

 

Yo me hice la siguiente pregunta: ¿por qué María Canales, sabiendo lo que su marido hacía en el sótano, llevaba invitados a su casa? La respuesta era sencilla: porque durante las soirées, por regla general, no había huéspedes en el sótano. Yo me hice la siguiente pregunta: ¿por qué aquella noche uno de los invitados al extraviarse encontró a ese pobre hombre? La respuesta era sencilla: porque la costumbre distiende toda precaución, porque la rutina matiza todo horror. Yo me hice la siguiente pregunta: ¿por qué nadie, en su momento, dijo nada? La respuesta era sencilla: porque tuvo miedo, porque tuvieron miedo.

Ho’oponopono Antigua práctica hawaiana de la gratitud y el perdón (Carole Berger)

Editorial Sirio, 2019

 

Aloha: Saludo en ti la energía universal; reconozco en ti más de lo que veo; reconozco en ti lo que también está en mi: la energía universal que fluye a través de nosotros y nos conecta. Vivir Aloha es tender un puente entre lo que veo (el cuerpo) y lo que no veo (la energía de la cual está compuesto). Seguir las enseñanzas de ho’oponopono es vivir cada momento en el mundo de las energías, aprovechándolas al máximo para estar en paz y avanzar en la senda vital; es comprender las leyes que rigen el mundo energético y sacar partido de ellas; es mostrar en cada pensamiento y acto una profunda reverencia por la vida en todas sus formas.

Ser pono es vivir en armonía con ellas. Es ser consciente en cada momento de estas leyes que gobiernan el reino invisible: leyes que nos arropan, nos nutren y nos permiten llenar, al fin, el vacío interior que nos causa tanto dolor.

La ley de la aceptación nos permite reconocer y aceptar que no vemos el “panorama general”, y por lo tanto somos incapaces de entender y controlar todo.

 

 

Practicar la transmutación de los pensamientos

Si dices “estoy harto”, la energía universal recibe una vibración particular que está ligada a esta emoción negativa. De hecho, al decir esto, estás atrayedo una gran cantidad de situaciones que te harán experimentar esta resonancia que has “solicitado”. (Según las leyes de las energías, cuando piensas algo es como si lo hubieras pedido).

Por lo tanto, se te presentarán otras oportunidades para decir “estoy harto” en tu vida diaria. El círculo vicioso solo cesará cuando “pidas” otra cosa: en cuanto tus pensamientos se dirijan a otro objetivo, se producirá otro resultado. ¡Tu realidad cambiará! Es como si te dijeran que para ganar, tienes que empezar por jugar. Para ver cambios en tu vida, debes comenzar por pensar y vivir “como si”; es decir, como si lo que quieres para tu vida ya estuviera allí.

La ley de la atracción hace real lo que piensas; da igual que hayas dicho “quiero” o hayas dicho “no quiero”. Por ejemplo, si piensas “quiero superar mis dificultades financieras”, estás pensando en “dificultades” y la ley de la atracción manifestará “dificultades” y el círculo vicioso continuará. En lugar de pensar en “dificultades”, piensa en “prosperidad”. Al principio, este ejercicio mental no es fácil, porque la mente nos lleva constantemente de vuelta a lo negativo, a lo que sea que esté arruinando nuestra vida.

La idea central es eliminar el “no” de tu pensamiento para pasar al otro lado y expresar el “sí”. Es posible invertir la tendencia de cada palabra negativa y convertirla en su contraparte positiva.

Vale la pena señalar que persistir en la lucha “contra” algo es un desperdicio de energía. Esta actitud nos lleva a prestar aún más atención a lo que queremos evitar. Nuestra forma de pensar, en ese momento, contribuye a “alimentar” lo que nos queremos, por lo que se produce el efecto contrario. Así que, en lugar de pensar o de decirte a ti mismo “estoy en contra de la guerra”, piensa “quiero la paz”. La clave es pensar en lo que deseas.

 

 

La sabiduría de los ancianos

Si, en lugar de enfadarte por lo que está sucediendo, decides callar cuando hubiera sido fácil dar una opinión, estarás empleando nuevas energías que conducirán a otros resultados. Y si el cambio no conduce a los resultados que esperabas, puedes cambiar las veces que sea necesario, hasta que las consecuencias de tus acciones, pensamientos o creencias te den el resultado “correcto”. No dejes que el pasado dicte cómo vivirás en el presente.

 

 

Purgar los recuerdos profundos con la ley del perdón

¿Qué hay de los “nudos” más grandes? Los nudos grandes son los que no se pueden deshacer solos: los mecanismos inconscientes muy profundos que originan un cierto malestar, un sentimiento de abandono, un miedo a afirmarse, una falta de confianza en sí mismo, pero también amargura, remordimiento y traumas pasados.

También pueden corresponder a recuerdos aún más antiguos, heredados de nuestros antepasados. Es aquí donde la benevolente energía del perdón puede hacer la limpieza por ti, ayudándote a liberarte de las más profundas impresiones de negatividad. Los sabios nos aseguran que “es suficiente” con confiar en el universo. ¡Pero aun así tenemos que hacerlo!

El perdón solo se produce cuando decimos “perdono”. ¡Esta palabra tiene fuertes connotaciones religiosas que a algunos podrían rechinarles! Pero la hemos usado tanto que hemos olvidado su verdadero significado. Tan pronto como se menciona la palabra perdón, la gente se pone a la defensiva: “¿Perdonar…? Qué fácil, ¿no?; ¿por qué debería perdonar a quien me ha hecho daño?”.

“¿Por qué hacer el esfuerzo de perdonar a alguien que ni siquiera acepta su responsabilidad por haberme herido? ¿Cómo puedo perdonar lo imperdonable? Es demasiado difícil, no quiero, no puedo…”. Inmediatamente pensamos que hemos sufrido; los acontecimientos pasados salen a la superficie y la memoria así reactivada va acompañada de sentimientos de tristeza, ira, amargura y un sentido de injusticia.

Con frecuencia, lo primero que viene a la mente es la dificultad de perdonar al otro. A menudo necesitamos más tiempo para centrar la atención en nuestras propias acciones.

El perdón, sin embargo, implica ambas caras de la moneda: perdonarse a uno mismo y perdonar a los demás. En ambos casos, el objetivo es el mismo; no se trata de negar la responsabilidad de ninguna de las partes, ni de olvidar el hecho, sino de eliminar las impresiones energéticas que dejan huellas imperceptibles y que se adhieren de manera negativa a nuestras vidas.

 

 

Perdonar es darse permiso para dejar atrás el pasado

El perdón no significa que lo aceptes todo, ni que niegues la responsabilidad de quien te hirió, tampoco significa justificar o minimizar el daño que se ha hecho. Lo que pasó, pasó, y nadie puede borrar esa acción que te perjudicó. Por otro lado, todas las emociones que aún te hacen sufrir han de ser tratadas. Hay que eliminar la huella que dejaron en tu cuerpo, tus emociones y tu energía.

El perdón tiene un poder liberador tan grande que no usarlo es como decidir que queremos seguir estancados en la culpa, la amargura o incluso la depresión. ¿Te sirven de algo estos sentimientos?¡Por supuesto que no! Lo que hacen la mayoría de las veces es atormentarte e impedirte seguir adelante. Deshaciéndote de ellos podrás liberarte del pasado y arrojar luz sobre el presente, que es el único momento sobre el que realmente tenemos poder. A cada instante estamos rediseñando nuestro presente y definiendo nuestra realidad.

Si en este preciso momento, aquí y ahora, decidimos liberarnos de recuerdos del pasado que se han vuelto demasiado dolorosos, o de un patrón de comportamiento que ya no nos sirve, tenemos el poder de hacerlo recurriendo a las energías de la ley del perdón.

La práctica del “cuenco de luz”

Los hawaianos tienen una ventaja sobre nosotros: han aprendido desde la infancia a despejar los pensamientos y acciones de cada día que podrían bloquear el fluir de a vida. Para asegurarse de educar a los niños en este espíritu desde una edad temprana, sus mayores les cuentan una historia que ha sido transmitida de generación en generación durante siglos: el cuenco de luz.

Cada niño nace con un cuenco de luz perfecto. Si aprende a apreciar esta luz en el amor y el respeto por la vida, crecerá y llegará a ser fuerte y poderoso y a estar en comunión con el universo. Será capaz de nadar con los tiburones, cantar con los pájaros y tener una buena comprensión de todas las cosas. Pero cada vez que un niño se deja arrastrar por el miedo, las preocupaciones, las dudas o los pensamientos negativos, tiene que colocar una piedra en su cuenco de luz. Y al hacerlo, pierde un poco de la luz, porque la luz y la piedra no pueden ocupar el mismo espacio.

Con el tiempo, si sigue añadiendo piedras al cuenco, este se llenará, dejará de contener luz y el niño se convertirá en piedra.

Como una piedra, el niño ya no podrá crecer ni salir a flote, ya no podrá hacer ningún movimiento, se cortará el fluir de la vida. Pero si se cansa de ser una piedra, solo tiene que perdonar a esa parte de sí mismo que llenó el cuenco con piedras. Al hacerlo, da la vuelta al cuenco para que las piedras caigan al suelo. La luz podrá entonces volver y brillar una vez más.

 


Los sabios de las islas nos susurran al oído: “Solo cuando alcanzas ese estado puede comenzar el proceso de limpieza. Por ahora, toda tu energía está concentrada en un solo punto de vista. Nada más puede ocupar su lugar”.

La mayoría de las veces, avanzamos sin tener las respuestas a nuestras preguntas, por muy legítimas que sean. El consejo de los maestros hawaianos es entonces: “Olvídate y deja que el universo se encargue”. Libérate de esta carga para poder avanzar con un corazón ligero.

Cuando la carga se vuelve muy pesada y no sabemos realmente por qué o cómo hemos llegado a ese lugar, tenemos que perdonar a todos. Dejarlo en manos de los poderes que están más allá de nuestra comprensión.

Sin entender realmente como ocurrió, nos encontraremos un día enfrentados a la misma situación, o cara a cara con quien nos hizo daño, y nos sorprenderá lo diferente que vemos las cosas ahora.

El dolor y la ira se habrán ido. Seremos capaces de “ver” la situación como un mero observador, y ya no provocará emociones negativas en nosotros. Nos liberaremos de ellas. Algo más positivo podrá ahora reemplazarlas.

En entrevistas con Nancy Kahalewai, el tío Robert Keliihoomalu, un anciano de la Isla Grande, declaró que le hacía gracia esta necesidad que tienen los occidentales de entenderlo y analizarlo todo. Repitió que, para perdonar, para dejar ir realmente lo que nos ha herido, simplemente tenemos que confiar esta carga al universo.

Para dejar que las leyes del mundo de las energías funcionen, suele decirles a quienes conoce: “Si he hecho o dicho algo que te haya herido de alguna manera, lo siento mucho”. No sabe si es el caso, pero hace una limpieza sistemática. Quizá uno de sus antepasados hirió una vez a un antepasado de la persona a la que se dirige; quizá perturbó su campo de energía. Como no lo sabe, repite con regularidad esta limpieza para apaciguar lo que necesite ser apaciguado.

Para él, como para muchos ancianos, entender el porqué y el cómo no tiene importancia. Lo que es fundamental es decidir, de corazón, confiar al universo todas las cosas que ha dicho o hecho y que puedan haber herido a quienes conoció ese día o incluso a lo largo de toda su vida. Observa las estrellas del cielo, se deja bañar por el aire de la noche, y luego “evoca” el perdón para sí mismo y los demás. Cree que repetir esta práctica diariamente es indispensable para mantener el corazón alegre.

También entiende que a veces las cosas que la gente hace pueden parecer completamente injustificadas. Así que está de acuerdo en mantener una mente abierta y aceptar que probablemente nunca entenderá lo que suele llamar “el gran misterio”. Al aceptar su falta de comprensión, también toma la decisión de perdonar, sin estancarse en tratar de descubrir las razones que podrían haber llevado a alguien a hacerle daño. Ya que ha llegado el momento de seguir adelante.

 

 

Si el corazón se alinea con el pensamiento, si educamos toda nuestra voluntad para que elija avanzar, entonces, dicen los sabios, el peso de nuestra carga desaparecerá sin que ni siquiera podamos explicarnos cómo. ¡Es “el gran misterio”! Sencillamente, veremos los efectos en nuestras vidas; puede que no entendamos por qué la vida se ha vuelto más agradable, pero el hecho es que nos sentiremos mejor con nosotros mismos, como si nos hubiéramos liberado de una pesada carga de la que puede que ni siquiera fuésemos conscientes.

En la práctica hawaiana, los ejercicios de respiración (ha) forman una parte integral del proceso. Respirar profundamente calma la mente, y a continuación, esta calma impregna nuestro cuerpo y nuestros pensamientos, ya que el aire entra y sale de los pulmones. Cuando la mente está más calmada es el momento de pronunciar algunas palabras elegidas, por ejemplo: “Aquí y ahora, elijo perdonarme por lo que he dicho y hecho y por lo que no he dicho ni hecho. Este perdón lo extiendo a mí, mis antepasados y mi futuro linaje. Elijo perdonar y liberar todos los lazos invisibles que me mantenían atado al pasado y a la gente que me hizo daño. No me guardo nada y libero todos los lazos que puedan haber sido creados”.

Cada uno tiene que encontrar las palabras que mejor se adapten a sí mismo. Una vez que elijas tus propias palabras para invocar las energías del perdón, es importante que las utilices tan a menudo como sea posible. Esta frase se convertirá entonces en una especie de leitmotiv.

25 mayo 2018

Juan José Millás (La mujer loca, 2014)


Editorial Seix Barral


-¿Y tú no podrías arreglarme lo de la falta de existencia?
La chica observó detenidamente a Pobrema. Luego sonrió malignamente, como si se le hubiera ocurrido algo divertido o perverso, y dijo:
-Tal vez sí. Desnúdate y túmbate en este folio.
Interrogada por Millás acerca del modo en el que se desnudó la palabra, Julia respondió que con normalidad, quitándose la ropa. Así que eso es lo que hizo Pobrema, quitarse la ropa y echarse sobre el folio en blanco. Dice que parecía asustada, como cuando te bajas los pantalones o te desabrochas la blusa delante del médico. Tras examinarla de arriba abajo, la joven advirtió que amputándole la última sílaba (ma), se quedaría en Pobre.
-¿Y “pobre” quiere decir algo? – preguntó Pobrema.
-Sí _dijo Julia.
-Qué.
-“Pobre” quiere decir pobre.
Como Pobrema no abandonara su expresión interrogativa, Julia abrió una vez más el diccionario y leyó:
-Que carece de recursos.
Pobrema, que no parecía muy convencida de las ventajas de existir al precio de carecer de recursos y de ser mutilada, preguntó si le dolería que le quitara esa extremidad.
-Si te opero con anestesia -dijo la joven por seguir la broma-, no notarás nada.
Tras dudar un poco, Pobrema accedió a que Julia le amputara la sílaba sobrante con la punta de un bolígrafo. Resultó sencillo e indoloro, porque la tinta, inadvertidamente, poseía virtudes analgésicas. Cuando se le pasó el efecto de la anestesia, Pobrema, ahora convertida en Pobre, se levantó, se miró, se tocó el cuerpo con gestos de aprobación y se marchó contenta de significar algo, de ser alguien, de pertenecer a un vocabulario. 

Esa noche, cuando Julia estudiaba gramática en si habitación, entró por la ventana la palabra Pobre. Se notaba que era la antigua Pobrema porque no le había cicatrizado del todo la herida provocada por la amputación de la sílaba ma. Ahora dijo que se sentía coja sin esa sílaba.
-Pues tendrás que elegir entre sentirte coja y significar algo o estar completa y no significar nada – le dijo Julia algo molesta.
La palabra, tras unos instantes de duda, decidió que si significar algo implicaba aceptar aquella minusvalía, prefería no significar nada. Julia se ofreció a implantarle de nuevo la sílaba, que había guardado para analizarla, dice, por si se tratara de un tumor maligno, y Pobre volvió a desnudarse y a tumbarse en la camilla para dejarse operar, o desoperar, según se mirara, por Julia, que le restituyó con un par de puntos de sutura la sílaba perdida. Transformada de nuevo en Pobrema, se levantó, se observó a sí misma, se palpó el cuerpo con expresión de alivio, como el que encuentra en uno de los bolsillos de la ropa la cartera que creía perdida, y dijo que aquello era otra cosa. Luego abandonó la habitación sin dar las gracias.

No le ha contado a nadie, excepto a su terapeuta, Micaela, lo que va a ocurrir esa noche en el mismo piso del barrio de la Concepción en el que él, de joven, estrenó la independencia sobre la que se fundaría su fragilidad. 

Millás no ha tenido valor aún para entrar en la habitación de Emérita. Ha visto salir de ella a Carlos Lobón y entrar en ella a Serafín y luego al cura Camilo. Millás dice que ha ido de acá para allá tropezando con Julia en la periferia de los hechos, como si la chica y él fueran las dos únicas personas prescindibles, o las más improductivas. Finalmente, para sentirse útil, decide retirar a Julia de la circulación llevándosela a su cuarto, donde, sentada ella en el borde de la cama y él en la silla de las alucinaciones verbales, la chica le habla:
-¿Te has dado cuenta de que la frase “Emérita se va a suicidar” es minusválida?
Millás observa a Julia con el gesto de aprensión con el que nos asomamos al vacío, intentando resistirnos a su atractivo.

08 diciembre 2016

Alessandro Baricco (Océano mar, 1993)

Título original: Oceano mare
Editorial Anagrama, 2015

—Os lo ruego, no os mováis —dice.
Después acerca el pincel al rostro de la mujer, vacila un instante, lo apoya sobre sus labios y lentamente hace que se deslice de un extremo al otro de la boca. Las cerdas se tiñen de rojo carmín. Él las mira, las sumerge levemente en el agua y levanta de nuevo la mirada hacia el mar. Sobre los labios de la mujer queda la sombra de un sabor que la obliga a pensar «agua de mar, este hombre pinta el mar con el mar» —y es un pensamiento que provoca escalofríos.
Ella hace un rato que se ha dado la vuelta, y está ya midiendo de nuevo la inmensa playa con el matemático rosario de sus pasos, cuando el viento pasa por la tela para secar una bocanada de luz rosácea, flotando desnuda sobre el blanco. Uno podría pasarse horas mirando ese mar, y ese cielo, y todo lo demás, pero no podría encontrar nada de ese color. Nada que se pueda ver.

Deja la pluma, dobla la hoja, la mete en un sobre. Se levanta, coge de su baúl una caja de caoba, levanta la tapa, deja caer la carta en su interior, abierta y sin señas. En la caja hay centenares de sobres iguales. Abiertos y sin señas.
Bartleboom tiene treinta y ocho años. Él cree que en alguna parte, por el mundo, encontrará algún día a una mujer que, desde siempre, es su mujer. De vez en cuando lamenta que el destino se obstine en hacerle esperar con obstinación tan descortés, pero con el tiempo ha aprendido a pensar en el asunto con gran serenidad. Casi cada día, desde hace ya años, toma la pluma y le escribe. No tiene nombre y no tiene señas para poner en los sobres, pero tiene una vida que contar. Y ¿a quién sino a ella? Él cree que cuando se encuentren será hermoso depositar en su regazo una caja de caoba repleta de cartas y decirle
—Te esperaba.
Ella abrirá la caja y lentamente, cuando quiera, leerá las cartas una a una y retrocediendo por un kilométrico hilo de tinta azul recobrará los años —los días, los instantes— que ese hombre, incluso antes de conocerla, ya le había regalado. O tal vez, más sencillamente, volcará la caja y, atónita ante aquella divertida nevada de cartas, sonreirá diciéndole a ese hombre
—Tú estás loco.
Y lo amará para siempre.

—Son estudios fatigosos, y también difíciles, no puede negarse, pero es importante comprender.
Describir. La última voz que he escrito ha sido Crepúsculos. ¿Sabéis?, es genial eso de que los días acaben. Es un sistema genial. Los días y después las noches. Y de nuevo los días. Parece banal, pero detrás hay talento. Y ahí donde la naturaleza decide colocar sus propios límites, estalla el espectáculo. Los crepúsculos. Los he estudiado durante semanas. No es fácil comprender un crepúsculo. Posee sus tiempos, sus medidas, sus colores. Y puesto que no hay un crepúsculo, ni uno, insisto, que sea idéntico a otro, el científico debe saber discernir entonces los detalles y aislar la esencia hasta poder decir esto es un crepúsculo, el crepúsculo. ¿Os aburro?
Ann Deverià no se aburría. Es decir: no más de lo habitual.
—De este modo he llegado al mar. El mar. Él también acaba, como todo lo demás, pero veréis, aquí también ocurre en parte como con los crepúsculos, lo difícil es aislar la idea, o sea, resumir kilómetros y kilómetros de acantilados, orillas, playas, en una única imagen, en un concepto que sea el final del mar, algo que se pueda escribir en pocas líneas, que pueda estar en una enciclopedia, para que después la gente, al leerla, pueda comprender que el mar acaba, y cómo, independientemente de todo lo que pueda suceder a su alrededor, independientemente de…

Suspendida sobre la última comisa del mundo, a un paso del fin del mar, la posada Almayer dejaba que la oscuridad, una noche más, enmudeciera poco a poco los colores de sus muros, y de la tierra toda y del océano entero. Parecía —allí, tan solitaria— como olvidada. Casi como si una procesión de posadas, de todo tipo, hubiera pasado un día por allí, bordeando el mar, y de entre todas se hubiera separado una, por cansancio, y, dejando que pasaran a su lado las compañeras de viaje, hubiera decidido pararse sobre aquel barrunto de colina, rindiéndose a su propia debilidad, reclinando la cabeza y esperando el final. Así era la posada Almayer. Tenía esa belleza de la que sólo los vencidos son capaces. Y la limpidez de las cosas débiles. Y la soledad, perfecta, de lo que se ha perdido.

Mi adorada:
Dios sabe cuánto echo en falta, en esta hora melancólica, el consuelo de vuestra presencia y el alivio de vuestras sonrisas. El trabajo me cansa y el mar se rebela a mis obstinados intentos por comprenderlo. No me había imaginado lo difícil que podía ser estar delante de él. Y vago, dando vueltas con mis instrumentos y mis cuadernos, sin hallar el principio de lo que busco, la entrada a una respuesta cualquiera. ¿Dónde empieza el final del mar? O más aún: ¿a qué nos referimos cuando decimos mar? ¿Nos referimos al inmenso monstruo capaz de devorar cualquier cosa o esa ola que espuma en tomo a nuestros pies? ¿Al agua que te cabe en el cuenco de la mano o al abismo que nadie puede ver? ¿Lo decimos todo con una sola palabra o con una sola palabra lo ocultamos todo? Estoy aquí, a un paso del mar, y ni siquiera soy capaz de comprender dónde está él El mar. El mar.
Hoy he conocido a una mujer bellísima. Pero no debéis estar celosa. Yo vivo sólo para vos.
Ismael A. Ismael Bartleboom

Un día, seis años antes, trajeron ante el almirante Langlais a un hombre que, decían, se llamaba Adams. Alto, robusto, pelo largo que le caía sobre los hombros, piel quemada por el sol. Habría podido parecer un marinero como muchos otros. Pero para que se mantuviera en pie tenían que sostenerlo, ni siquiera era capaz de caminar. Una repugnante herida ulcerosa le marcaba el cuello.
Estaba absurdamente inmóvil, como paralizado, ausente. Lo único que traslucía algún resto de conciencia era la mirada. Parecía la mirada de un animal en agonía.
«Tiene la mirada del animal al acecho», pensó Langlais.
Dijeron que lo habían encontrado en una aldea en el corazón de África. Había otros blancos por allí, esclavos, Pero él era algo distinto. Él era el animal predilecto del jefe de la tribu. Permanecía a cuatro patas, grotescamente decorado con plumas y piedras de colores, atado con una cuerda al trono de aquella especie de rey. Comía los restos que él le arrojaba. Tema el cuerpo martirizado por las heridas y los golpes. Había aprendido a ladrar de un modo que divertía mucho al soberano. Si seguía vivo era, probablemente, sólo por eso.
—¿Qué tiene que contarme? —preguntó Langlais.
—Él, nada. No habla. No quiere hablar. Pero los que estaban con él…, los demás esclavos… y también otros que lo han reconocido, en el puerto…, en fin, que cuentan de él cosas extraordinarias, es como si este hombre hubiera estado en todas partes, es un misterio… si uno creyera en todo lo que se dice…
—¿Qué es lo que se dice?
Él, Adams inmóvil y ausente, en medio de la habitación. Y a su alrededor la bacanal de la memoria y de la fantasía que explota para pintar el aire con las aventuras de una vida que, dicen, es la suya / trescientos kilómetros a pie en el desierto / jura que lo ha visto transformarse en un negro y después volverse de nuevo blanco / porque tenía tratos con el chamán local, ahí es donde aprendió a hacer el polvillo rojo que / cuando los capturaron, los ataron a todos a un único árbol enorme y esperaron a que los insectos los cubrieran completamente, pero él empezó a hablar en una lengua incomprensible y fue entonces cuando aquellos salvajes, de repente / jurando que él había estado en aquellas montañas, donde no desaparece nunca la luz, y por eso nadie ha vuelto nunca sano de mente, excepto él, que, al volver, dijo solamente / en la corte del sultán, donde había sido aceptado por su voz, que era bellísima, y él, cubierto de oro, tenía la misión de permanecer en la sala de torturas y de cantar mientras los otros hacían su trabajo, todo para que el sultán no tuviera que oír el fastidioso eco de los lamentos, sino la belleza de aquel canto que / en el lago de Kabalaki, que es tan grande como el mar, y allí creían que era el mar, hasta que construyeron una barca hecha de hojas enormes, hojas de árbol, y con ella navegaron de una costa a la otra, y en aquella barca estaba él, podría jurarlo / recogiendo diamantes en la arena, con las manos, encadenados y desnudos, para que no pudieran huir, y él estaba justo allí en medio, tan cierto como / todos decían que había muerto, la tempestad se lo había llevado consigo, pero un día a uno le cortan las manos, delante de la puerta Tesfa, a un ladrón de agua, y yo me fijo bien, y era él, él sin duda / por eso se llama Adams, pero ha tenido miles de nombres, y uno, una vez, se lo encontró cuando se llamaba Ra Me Nivar, que en la lengua local quería decir el hombre que vuela, y otra vez, en las costas africanas / en la ciudad de los muertos, donde nadie osaba entrar, porque había una maldición, desde hacía siglos, que hacía que le explotaran los ojos a todos los que
—Es suficiente.

Langlais sabía todo eso. Y sin embargo tomó a Adams consigo. Se lo robó a la miseria y lo llevó a su palacio. Fuera cual fuere el mundo adonde había ido a refugiarse su mente, hasta allí iría a buscarlo. Y se lo traería de regreso. No quería salvarlo. No era exactamente eso. Quería salvar las historias que estaban escondidas en él. No importaba el tiempo que necesitara: quería aquellas historias y las obtendría.
Sabía que Adams era un hombre deshecho por su propia vida. Imaginaba su alma como una tranquila aldea saqueada y dispersa por la invasión salvaje de una vertiginosa cantidad de imágenes, sensaciones, olores, sonidos, dolores, palabras. La muerte que aparentaba, cuando uno lo veía, era el resultado paradójico del estallido de una vida. Un caos irrefrenable era lo que crepitaba bajo su mutismo y su inmovilidad.

… mientras Langlais dejaba que mi mente huyera siguiendo el rumbo de un navío bajel que voló, literalmente, sobre las aguas de Malagar, y Adam calibraba la posibilidad de detenerse ante una rosa de Borneo para observar los esfuerzos de un insecto absorto en escalar un pétalo hasta el momento de renunciar a la empresa y volar lejos, en esto semejante y conforme al navío, que el mismo instinto había tenido al remontar las aguas de Malagar, hermanos ambos en el implícito rechazo de lo real y en la elección de aquella fuga aérea, y unidos, en aquel instante, por ser imágenes simultáneamente posadas en las retinas y en las memorias de dos hombres a los que ya nada podría separar y que precisamente a aquellos dos vuelos, el del insecto y el del velero, confiaban en el mismo instante igual zozobra por el áspero sabor del final, y el desconcertante descubrimiento de lo silencioso que es el destino cuando, de repente, estalla.

Lo primero es mi nombre, Savigny.
Lo primero es mi nombre, lo segundo es la mirada de los que nos abandonaron —sus ojos, en aquel momento —los mantenían clavados en la balsa, no lograban mirar hacia otra parte, pero no había nada en el interior de aquella mirada, la nada absoluta, ni odio ni piedad, remordimiento, miedo, nada. Sus ojos.
Lo primero es mi nombre, lo segundo esos ojos, lo tercero un pensamiento: voy a morir, no moriré. Voy a morir no moriré voy a morir no moriré voy —el agua llega hasta las rodillas, la balsa se desliza bajo la superficie del mar, aplastada por el peso de demasiados hombres— a morir no moriré voy a morir no moriré —el olor, olor de miedo, de mar y de cuerpos, la madera que cruje bajo los pies, las voces, las cuerdas a las que agarrarse, mi ropa, mis armas, la cara del hombre que— voy a morir no moriré voy a morir no moriré voy a morir —las olas por todas partes, no hay que pensar ¿dónde está la tierra?, ¿quién nos lleva?, ¿quién tiene el mando?, el viento, la corriente, las plegarias como lamentos, las plegarias de rabia, el mar que grita, el miedo que
Lo primero es mi nombre, lo segundo esos ojos, lo tercero un pensamiento y lo cuarto es la noche que se acerca, nubes sobre la luz de la luna, horrible oscuridad, ruidos solamente, es decir, gritos y lamentos y plegarias y blasfemias, y el mar que se levanta y empieza a barrer por todas partes aquel amasijo de cuerpos —sólo queda sujetarse a lo que se pueda, una cuerda, los tablones, el brazo de alguien, toda la noche, dentro del agua, bajo el agua, si hubiera una luz, una luz cualquiera, esta oscuridad es eterna, e insoportable el lamento que acompaña a cada instante —pero un momento, recuerdo, bajo el golpe de una ola imprevista, muro de agua, recuerdo, de repente, el silencio, un silencio escalofriante, un instante, y yo que grito, y que grito, y que grito,
Lo primero es mi nombre, ….

He comprendido lo que es verdaderamente el odio sobre estos tablones ensangrentados, con el agua del mar encima, pudriendo las heridas. Y no sabía lo que es la piedad antes de haber visto nuestras manos de asesinos acariciando durante horas los cabellos de un compañero que no acababa de morir.
He visto la fiereza en los moribundos arrojados a patadas de la balsa, he visto la dulzura en los ojos de Gilbert mientras besaba a su pequeño Léon, he visto la inteligencia en los gestos con que Savigny bordaba su masacre, y he visto la locura en aquellos dos hombres que una mañana abrieron sus alas y se marcharon volando, por el cielo. Aunque viviera mil años más, amor sería el nombre del leve peso de Thérèse, entre mis brazos, antes de deslizarse entre las olas. Y destino sería el nombre de este océano mar, infinito y hermoso. No me equivocaba allá en la orilla, en aquellos inviernos, al pensar que aquí se encontraba la verdad. He tardado años en descender hasta el fondo del vientre del mar, pero he hallado lo que buscaba. Las cosas ciertas. Incluso la más insoportable y atrozmente cierta entre todas. Esta mar es un espejo. Aquí, en su vientre, me he visto a mí mismo. He visto de verdad.

—Bastaría con que tú lo quisieras para salvarte.
Cómo decírselo a una mujer así, que tú querrías salvarte, y todavía más, querrías salvarla a ella contigo, y no hacer otra cosa que salvarla y salvarte, toda una vida, pero no es posible, cada uno tiene un viaje que realizar, y entre los brazos de una mujer se termina recorriendo caminos enrevesados, que ni siquiera comprendes tú, y en el momento preciso no puedes contarlos, no tienes palabras para hacerlo, palabras que estén bien, ahí, entre esos besos y sobre la piel, palabras apropiadas no las hay, puedes pasarte una vida buscándolas en lo que eres y lo que has sentido, pero no las encuentras, tienen siempre una música errónea, es la música lo que les falta, ahí, entre los besos y sobre la piel, es cuestión de música. Así que al final dices algo, pero resulta poca cosa.

De Langlais aprendió que de entre todas las vidas posibles hay que anclarse a una para poder contemplar, serenamente, todas las otras. A Langlais le regaló, una a una, las mil historias que un hombre y una noche habían sembrado en ella, Dios sabe cómo, pero de una forma indeleble y definitiva. Él la escuchaba, en silencio. Ella contaba. Terciopelo.
De Adams no hablaron nunca. Sólo en una ocasión Langlais, levantando la vista de sus libros, dijo con lentitud
—Yo amaba a aquel hombre. Si sabéis lo que quiere decir, yo lo amaba.
Langlais murió una mañana de verano, devorado por un dolor infame y acompañado por una voz — terciopelo— que le hablaba del perfume de un jardín, el más pequeño y bello de Tombuctú.
Al día siguiente, Elisewin se marchó. Era a Carewall adonde quería regresar, lardaría un mes, o toda una vida, pero allí regresaría. De lo que la esperaba no conseguía imaginarse gran cosa. Solo sabía que todas aquellas historias, custodiadas en su interior, las tendría consigo, y para siempre. Sabía que en cualquier hombre que amara buscaría el sabor de Thomas. Y sabía que ninguna tierra escondería, en ella, la huella del mar.
Todo lo demás no era nada todavía. Inventarlo —eso sería lo maravilloso.

Uno tiene sus sueños, cosas suyas, íntimas, y después la vida no quiere seguir jugando contigo, y te lo desmonta, un instante, una frase, y todo se desvanece. Suele ocurrir. Por esa razón y no otra vivir es una tarea dolorosa. Hay que resignarse. La vida no resulta grata, no sé si me explico.
Grata.

Pero en fin.

04 diciembre 2016

Jon Krakauer (Hacia rutas salvajes, 1996)

Into the wild
Ediciones B., S.A., 2008

  
Quería movimiento, no una existencia sosegada. Quería emoción y peligro, así como la oportunidad de sacrificarme por amor. Me sentía henchido de tanta energía que no podía canalizarla a través de la vida tranquila que llevábamos.
Leon Tolstoi, Felicidad Familiar. 

Nadie podría negar (…) que el nomadismo siempre nos ha estimulado y llenado de júbilo. En nuestro pensamiento, la condición de nómada está asociada a escapar de la historia, la opresión, la ley y las obligaciones agobiantes, a un sentimiento de libertad absoluta, y el camino del nómada siempre conduce hacia el oeste.
Wallace Stegner, The American West as Living Space. 

Antes de partir, regaló a Westerberg su preciada edición de 1942 de Guerra y paz de Tolstoi y escribió en la primera página: “Transferido a Wayne Westerberg por Alexander. Octubre de 1990. Haz caso a Pierre.” Esta última frase era una referencia al protagonista de la novela y alter ego de Tolstoi, Pierre Bezujov, hijo ilegítimo, generoso, altruista, siempre en busca de aventuras. 

Estaba solo, despreocupado, feliz, cerca del corazón salvaje de la vida. Estaba solo con su juventud, terquedad y valor, solo en medio de una inmensidad de aire libre y agua amarga, de una cosecha marina de algas y conchas, de la luz velada y gris del sol. 

Es en las experiencias y recuerdos, en el inconmensurable gozo de vivir en el sentido más pleno de la palabra, donde puede descubrirse el significado auténtico de la existencia. ¡Dios, qué fantástico es estar vivo! Gracias, gracias. 

La poderosa bestia primitiva se hacía fuerte en el interior de Buck y, bajo las terribles condiciones de vida de la traílla del trineo, no dejaba de crecer. Pero crecía en secreto, pues su recién adquirida astucia le proporcionaba equilibrio y control de sí mismo.
JACK LONDON,
La llamada de la selva.
¡Saludos a la poderosa bestia primitiva! ¡Y también al capitán Akab!
Alexander Supertramp Mayo de 1992
[Inscripción hallada en el interior del autobús abandonado en la Senda de la Estampida.]
Akab: El protagonista de Moby Dick, de Herman Melville 

Ningún hombre se guió jamás por su genio hasta el punto de equivocarse. Aunque el resultado fuera la postración física, o incluso en el caso de que nadie pudiera afirmar que las consecuencias habían sido lamentables, para tales hombres existía una vida conforme a unos principios más elevados. Si recibes con alegría el día y la noche, si la vida despide la fragancia de las flores y las plantas aromáticas, si es más flexible, estrellada e inmortal, el mérito es tuyo. La naturaleza entera es tu recompensa, y has provocado por un instante que sea a ti mismo a quien bendiga. Los grandes logros y principios son muy difíciles de apreciar. Dudamos de su existencia con facilidad. Pronto los olvidamos. Pero son la más elevada de las realidades […]. La auténtica cosecha de la vida cotidiana es tan intangible e indescriptible como los matices de la mañana o la noche. Es como atrapar un poco de polvo de las estrellas o asir el fragmento de un arco iris.
HENRY DAVID THOREAU,
Walden o la vida en los bosques
[Pasaje subrayado en uno de los libros que se encontraron junto al cadáver de Chris McCandless.] 

Franz se atrevió entonces a plantearle una singular petición: «Mi madre era hija única, como mi padre, y no tengo hermanos. Ahora que mi hijo ha muerto, sólo quedo yo. Cuando me vaya de este mundo, mi familia habrá desaparecido para siempre. Así que le pregunté si podía adoptarlo, si quería ser mi hijo.»
La petición incomodó a McCandless, que eludió dar una respuesta.
—Hablaremos de ello cuando vuelva de Alaska, Ron —dijo.
El 14 de marzo llegaron a las afueras de Grand Junction. Franz lo dejó en el arcén de la interestatal 70 y regresó a California. McCandless se sentía lleno de ilusión por encontrarse ya camino del norte, pero también aliviado; aliviado por haber vuelto a sortear la amenaza inminente de establecer unos lazos de amistad demasiado estrechos, demasiado íntimos, con toda la complicada carga emocional que ello conlleva. Había huido de los claustrofóbicos límites de su familia. Había conseguido guardar las distancias con Jan Burres y Wayne Westerberg, alejándose de sus vidas sin darles tiempo a esperar nada de él. Y en ese momento también acababa de salir sin mayores problemas de la vida de Ron Franz.
Sin mayores problemas desde su perspectiva, pero no desde la del anciano, claro está. 

En lo que respecta a mi regreso a la civilización, no creo que se produzca pronto. Todavía no me he cansado de los espacios salvajes; al contrario, cada vez estoy más entusiasmado con su belleza y la vida de vagabundo que llevo.
Prefiero una silla de montar antes que un tranvía, el cielo estrellado antes que un techo, la senda oscura y difícil que conduce a lo desconocido antes que una carretera de asfalto, y la profunda paz de la naturaleza antes que el descontento que alimentan las ciudades. ¿Me culpas de que siga aquí, en el lugar al que siento que pertenezco y donde yo y el mundo que me rodea somos uno? Es cierto que añoro la compañía inteligente, pero hay tan pocas personas con quienes compartirlas cosas que tanto significan para mí que he aprendido a contenerme. Me basta con estar rodeado de belleza […].
Incluso por lo que deduzco de tus breves comentarios, sé que no podría soportar ni la rutina ni el ajetreo de la vida que estás obligado a llevar. Creo que nunca podré echar raíces. A estas alturas he buceado tanto en las profundidades de la vida, que preferiría cualquier cosa antes que tener que conformarme con una existencia sin emociones.
[Pasaje de la última carta que Everett Ruess envió a su hermano Waldo, fechada el 11 de noviembre de 1934.] 

He decidido que voy a dejarme arrastrar por la corriente de la vida durante un tiempo. La libertad y la simple belleza de la vida son algo demasiado valioso como para desperdiciarlo.

A poca distancia de la costa del sureste de Islandia hay una pequeña isla rocosa, sin árboles y barrida por los fuertes vientos del Atlántico Norte. Se llama Papós y toma su nombre de los primeros pobladores, unos monjes irlandeses conocidos como papar que la abandonaron hace siglos. Una tarde de verano, mientras paseaba por la accidentada costa, topé con unas piedras rectangulares apenas visibles, incrustadas en la turba y dispuestas regularmente, que resultaron ser los vestigios de una antigua morada de estos monjes, más antigua incluso que las ruinas de las construcciones Anasazi de la garganta de Davis.
Los monjes llegaron a la isla hacia el siglo V o VI d. de C. navegando desde la costa occidental de Irlanda. Se hicieron a la mar con unas embarcaciones conocidas en gaélico como currachs, hechas con piel de vaca tensada sobre unas ligeras cuadernas de mimbre e impulsadas a remo, y con ellas atravesaron uno de los mares más traicioneros del mundo sin saber qué encontrarían al otro lado, en el supuesto de que encontrasen algo. Los papar no arriesgaron sus vidas —y las perdieron, en el caso de muchos de ellos— para conseguir riquezas y honores o para reclamar nuevos territorios en nombre de algún monarca. Tal como señaló Fridtjof Nansen, el gran explorador del Ártico galardonado con el premio Nobel, «emprendían estas extraordinarias travesías […] movidos por el deseo de encontrar lugares solitarios en los que vivir en paz como anacoretas, lejos del ruido y las tentaciones del mundo». Cuando hacia el siglo IX los primeros grupos de vikingos aparecieron en las costas de Islandia, los papar decidieron que había demasiada gente en el lugar, pese a que Islandia continuaba prácticamente deshabitada. Se hicieron de nuevo a la mar con sus currachs y pusieron rumbo a Groenlandia. Las corrientes y tempestades los arrastraron hacia el oeste y los papar fueron más allá del límite del mundo conocido, movidos sólo por su sed de espiritualidad, por una esperanza de una intensidad tan extraordinaria que supera la imaginación moderna. 

Todo había cambiado de repente: el tono, el clima moral. No sabías qué pensar, a quién escuchar. Era como si durante toda tu vida te hubieran llevado de la mano como a un niño pequeño y, de pronto, te encontraras solo y tuvieras que aprender a andar. Ya no quedaba nadie, ni la familia ni las personas cuya opinión merecía tu respeto. En aquel tiempo sentías la necesidad de comprometerte con algo absoluto —la vida, la verdad o la belleza— que gobernara tu vida y reemplazara unas leyes del hombre que habían sido descartadas. Sentías la necesidad de entregarte a una meta última con todas tus fuerzas, sin reservas, como no habías hecho nunca en los apacibles viejos tiempos, en la antigua vida que ahora estaba abolida y había desaparecido para siempre.
BORIS PASTERNAK,
Doctor Zivago
[Pasaje subrayado en uno de los libros que se encontraron junto al cadáver de Chris McCandless. En el margen superior, McCandless había escrito de su puño y letra: «Necesidad de una meta.»] 

La influencia física del paisaje tenía su equivalente dentro de mí. Los senderos que recorría no sólo me conducían hacia colinas y ciénagas, sino también hacia mi interior. A partir del estudio de lo que descubría andando, la lectura y mis pensamientos, llegué a una especie de exploración compartida de mí mismo y de la tierra. Al cabo de un tiempo, ambas cosas se identificaron en mi mente. Con la creciente fuerza de algo esencial que se crea a sí mismo a partir de un sustrato ancestral, me vi frente a un apasionado y firme anhelo interior: abandonar para siempre el pensamiento y todas las dificultades que comporta, todas menos los deseos más inmediatos, más directos e inquisitivos.
Tomar la senda y no mirar atrás; a pie, en raquetas de nieve o en trineo, hacia las colinas estivales y sus tardías sombras heladas. Una hoguera en el horizonte, un rastro en la nieve, mostrarían hacia dónde había ido. Dejad que el resto de la humanidad me encuentre si puede.
JOHN HAINES, The Stars, the Snow, the Fire
Twenty-Five Years in the Northern Wilderness 

Al concentrar mis expectativas en una cumbre tras otra, conseguí no desorientarme en medio de la espesa niebla que envuelve el paso de la adolescencia a la juventud. La escalada significaba mucho para mí. En una ascensión, el peligro bañaba el mundo con un resplandor difuso que hacía que todo resaltase: la curva de la roca, los líquenes anaranjados y amarillos, la textura de las nubes. La vida latía con una intensidad absoluta. El mundo se volvía real. 

Durante dos días subí trabajosamente, pero sin contratiempos, por la lengua de hielo. Hacía buen tiempo, la ruta era fácil de reconocer y no había grandes obstáculos que salvar. Sin embargo, a causa de la soledad todo lo que me rodeaba, incluso lo más simple y corriente, aparentaba tener un mayor significado. El hielo parecía más frío y misterioso, y el azul del cielo más nítido.
Los picos sin nombre que se alzaban sobre el glaciar se veían más altos y hermosos, pero también infinitamente más amenazadores, y ello porque no estaba acompañado. Del mismo modo, mis emociones parecían más intensas: los momentos de euforia eran más exultantes, los de desesperación, más sombríos. Para un joven que era dueño de su destino y estaba embriagado con el desarrollo del drama de su propia existencia, todo aquello poseía un atractivo irresistible. 

La naturaleza atraía a todos aquellos que se sentían asqueados o estaban hartos del hombre y sus obras. No sólo ofrecía una escapatoria de la sociedad, sino que representaba el escenario ideal para que el individuo romántico practicara el culto a la propia alma que con frecuencia lo caracterizaba.
La soledad y la libertad absoluta de la naturaleza constituían un entorno perfecto para la melancolía y la exultación.
RODERICK NASH,
Wilderness and the American Mind 

—Apenas escribía sobre otra cosa que no fuese su alimentación.
Andrew no exagera. El diario es poco más que un recuento de las piezas de caza menor que logró abatir y las plantas comestibles que encontró. Pese a todo, inferir de ello que McCandless no llegó a apreciar la belleza del entorno natural, que permaneció impasible ante la fuerza del paisaje, sería un error.
Como ha observado el ecologista cultural Paul Shepard, El beduino nómada no reverencia lo que le rodea, la representación pictórica del paisaje, ni se dedica a compilar una historia natural inservible […]. Su vida está tan íntimamente ligada a la naturaleza que en ella no hay lugar para un pensamiento abstracto, una estética o una «filosofía de la naturaleza» aislados del resto de su existencia […]. La naturaleza y su relación con ella es un asunto muy serio, en el que intervienen la convención, el misterio y el peligro. Su tiempo de ocio está concebido lejos de la contemplación frívola o la manipulación despreocupada de los procesos de la naturaleza. Pero la conciencia de ésta, del terreno, del clima impredecible, del estrecho margen que le permite sobrevivir, es inseparable de su vida. 

Dormimos con la música del tiempo; despertamos, si alguna vez lo hacemos, con el silencio de Dios. Y entonces, cuando abrimos los ojos a orillas del tiempo increado, cuando la deslumbrante oscuridad se abre paso a través de las lejanas colinas del tiempo, llega la hora de apartar cosas como nuestra razón o nuestra voluntad; llega la hora de regresar a casa.
No existen los hechos, sino los pensamientos y el complicado vaivén del corazón, el lento aprendizaje sobre dónde, cuándo y a quién amar. El resto sólo son habladurías e historias para los tiempos venideros.
ANNIE DILLARD,

Holy the Firm